Los libros que nunca leeremos, por Gustavo Melo Czekster

[Fuente: Fontenac]

Algunos meses atrás, durante una conversación delirante como las que estamos acostumbrados a tener, la escritora Daniela Langer -autora de El infierno es siempre así y otras historias lejos del cielo, lanzado por la editorial Dublinense- contó sobre un extraño hábito: cuando se encontraba fuera de Porto Alegre y encontraba un ejemplar de su propio libro en alguna librería, ella lo compraba. Después terminaba regalandola a algún afortunado, pero era tan mágico era entrar en una librería en otra ciudad y encontrar su propia creación que no podía resistirse. Nuestra conversación derivó hacia la teoría de que, tal vez, nuestros libros ya no tienen la secuencia de cuentos que nosotros elegimos, que tal vez les estuvieran incorporando otras historias y otros personaje, modificando su estructura, usando el silencio de las estanterías para que se acomoden a sí mismos. Decía Barthes que el mundo es un libro y decía Mallarmé que todo está en el libro, así que no estabamos desprovistos de razón.

No lo llegué a comentar con Daniela, pero también tengo un hábito peculiar en relación con mi libro El hombre despedazado: poseo solamente dos ejemplares en mi casa, y los dos presentan defectos. Uno de ellos no posee treinta páginas: falta desde la 17 hasta la 47. En el otro, los cuentos están mezclados; probablemente los cuadernos en los que se divide un libro fueron confundidos en la gráfica, generando un volumen confuso, con cuentos que terminan en nada y otros que se alargan, en una experiencia surrealista.

“…imaginar los brazos que no existen es mejor que verlos” [Fuente: Wikipedia]

Lo más interesante es que yo mismo compré estos dos libros defectuosos, uno en la Feria del Libro de Porto Alegre y el otro en librería Saraiva de Caxias do Sul. No sé que me llevó a hojearlos. Tampoco entro en el comodismo de criticar a la editorial; en un universo de 700 ejemplares de primera edición, es plenamente posible que haya un 5% de problemas, y dos libros es prácticamente nada. Quiso el destino que encontrase estos volúmenes imperfectos y los rescatase y, si menciono esta particularidad de mi relación con la obra, es para decir que los dos libros defectuosos me conmueven. Son como la Venus de Milo; imaginas los brazos que no existen es mejor que verlos.

Nunca tendrán la capacidad plena del original; nunca serán completamente entendidos. También tienen un lado de mí que cree que, de la forma que fueron reordenados, es posible que hayan adquirido otro sentido. Es posible, así, que sean otros libros, pero no aquel que soñé. Por esto, es mejor que continúen presos en mi casa.

Ampliando la idea de que cada ejemplar de mi libro tiene vida propia, nada me asegura que los lectores estén leyendo realmente el libro verdadero. Ellos pueden estar leyendo otras obras, con otras posibilidades de cuentos, con otras palabras, con páginas adulteradas o acrecentadas. Tal vez tengan de comentarme para no parecer ignorantes, o son algo postmodernos y piensan que es un libro-instalación, o me consideran tan audaz y tan loco que tienen miedo de enfrentarme. Nada me puede garantizar que las personas están leyendo el libro que otrora escribí -eso espero.

Pasé buena parte del domingo riendo con Aristarco de Samotrácia (216 a.C. — 144 a.C.). Tengo un humor extraño, pero, toda vez que recordaba la arrogancia del griego, estallaba de risa. Quién llamó mi atención hacia él fue Horacio que, en su Ars Poetica, comenta peyorativamente sobre los riesgos de la crítica literaria sobre los riesgos de la crítica literaria realizada con una holgura excesiva o un rigor desmedido, diciendo que, en el segundo caso, el crítico puede acabar “convirtiéndose en Aristarco”. Al buscar más datos sobre su história, descubrí que Aristarco de Samotrácia fue el tercer director de la Biblioteca de Alejandría. De acuerdo con un cronista de la época, era antipático y tenía una apariencia descuidada. También odiaba la poesía, tanto que, durante el período en el que estuvo al frente de la Biblioteca, desestimó el crecimiento de los estudios poéticos.

Representación del incendio de la Biblioteca de Alejandría [Fuente: Cultura Brasileira]

Con todo, lo que caracterizó a Aristarco fue su odio extremo a Homero. Sus trabajos -hoy perdidos- criticaban de forma ácida La Odisea y La Ilíada, afirmando que sus versos eran groseros, mal hechos y espurios. Aristarco de Samotrácia tanto odiaba a Homero que acabó transformandose en él: resolvió hacer una edición comentada y -ahí está el punto que me hizo reir- revisada de La Ilíada y de La Odisea. Retiró los versos que no le gustaban, enmendó las partes sin sentido, modificó la estructura del libro. También anotó discrepancias, y fue la primer persona que usó el asterisco para indicar diferencias con el texto original. Algunos comentaristas insinúan que agregó y quitó personajes, todo para que las obras se adapten a la idea que se hacía de un libro adecuado. Aristarco acreditaba que Homero era un solo hombre, no una multiplicidad, y que interpolaciones posteriores habían sido agregadas a su obra. Fiel a esta línea de pensamiento, resolvió ayudar removiendo todo lo que a su entender no formaba parte de La Ilíada y de La Odisea. No es de extrañar que haya sido el fundador de una estirpe de Alejandrinos que se dedicó a estudiar y a corregir obras literarias.

Existe una serie de historias interesantes ligadas a las lecturas que Aristarco de Samotrácia hizo de Homero, inclusive la forma extraña en que algunas de sus anotaciones surgieron durante el siglo XIII. Sería interesante contarlas, pero sería extenderme demasiado. Con todo, un dato provoca cierta inquietud: es muy probable que el Homero que hoy leemos no sea el Homero original, pero sí la obra reformada por el bibliotecario, por su adversario. La idea de la Biblioteca de Alejandría era atesorar, en su edificio, todas las obras existentes en el mundo. Así, es también muy probable que, entre los libros que fueron consumidos por el fuego, no estuviesen La Ilíada y La Odisea originales y sí la versión modificada por Aristarco.

Causa tristeza la idea de que nunca leeremos a Homero como realmente fue. Leemos otro libro, que lo emula o al que identificamos como si fuera el original, no la obra fresca y con olor a espadas gloriosas que encantaba a los habitantes de las polis griegas.

Lo mismo sucede con otros libros: el año pasado, asistí a una charla de Mamede Mustafa Jarouche, traductor de Las mil y una noches al portugués. Después de contar su epopeya para localizar textos y las diferencias existentes entre la versión siria y la versión egipcia del mismo libro, el profesor afirmó que jamás conoceremos de forma integral Las mil y una noches. Las anduvieron por tantas bocas y tantos escribas diferentes que se transformaron. En los tiempos actuales, leermos un libros que nos dicen que es el libro de Las mil y una noches, pero no es el original. Prueba de esto es que existen mil y una historias como promete el título y “Alí Babá y los Cuarenta Ladrones” o “Simbad, el Marino”, no forman parte del original, son escritos contemporáneos. Además de esto, existen lapsos inexplicables entre las historias contadas por Sherezade, eliminando la idea de continuidad en la que una historia se engancha con otra.

Al final de la exposición, el profesor Mamede comentó que, en la mejor tradición de los escribas que influían en las varias versiones de un libro, él también agregará algunas historias dispersas de la versión persa y modificará algunos tramos para permitir una visión más completa y profunda del libro. Fue un momento horripilante: la historia aún vive. Se transforma y se modifica, se va adaptando al ambiente, invencible. Es la teoría darwinista aplicada a la literatura -así las historias fuertes sobreviven, si logran adaptarse.

Imposible no pensar que jamás leeremos al Shakespeare original. El bardo inglés era un dramaturgo rentado, no escribía para ser leído sino para ser representado. Durante su vida, nunca tuvo la preocupación de mantener un registro de sus obras. William Shakespeare no sabía que un día sería William Shakespeare. No solo eso: como la reina muchas veces pedía representaciones privadas en la corte, era normal que Shakespeare adaptase la obra solicitada para un público específico, agregando hecho de interés para determinadas corrientes políticas, incluyendo al Conde de Westminster, y retirando malas palabras.

Años después de la muerte del dramaturgo, comenzó la compilación de sus obras, pero como eran realizados de forma fragmentada, es muy posible que alteraciones hechas por actores u otros escritores hayan pasado a integrar el conjunto de su obra, no siendo posible ya diferenciar el original de las versiones posteriores. Inclusive existen historias muy divertidas a causa de superposiciones ilógicas, como personajes que mueren y luego reaparecen y otros que cambian drásticamente sus opiniones sin ninguna explicación convincente.

No todo libro llega al lector de la manera que salió de las manos del escritor [Fuente: zazzle]

Es una pena que nunca leeremos las versiones originales de Homero, de Las mil y una noches, de Shakespeare. Mientras tanto, también en esta posibilidad existe magia: la certeza de que la literatura es independiente de los hombres y mujeres, pero se mantienen las historias. Cuando Daniela Langer compra su propio libro en otras ciudades, tiene la ilusión de que, en el cambio geográfico, otra obra nace, y quizás sea así. Cuando guardo ejemplares imperfectos de mi libro en la biblioteca, tengo el delirio de que contienen historias diferentes a las que engendré, y puede ser verdad.

No tenemos como saber que acontece dentro de los límites estrechos de un libro. No sabemos lo que ustedes, lectores, están haciendo con nuestras creaciones. La única certeza que tenemos es que ningún lector atraviesa dos veces el mismo libro -y lo mismo sucede con su autor.

Traducción: Los Furbantes

Entrada original: https://medium.com/colecao-dublinense/os-livros-que-nunca-leremos-a184707ee64

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