Noche ajena, de Celina Aste


Mientras otros fantasmas hurgaban sobre tumbas roídas, yo iba contra el viento hasta que vi como unos ojos que se inclinaban. Dos iris y una boca que lamía un perro muerto. Me dio escalofríos ver al mendigo. La noche de brujas no era para él. Quise advertirle pero fue tarde. Un traqueteo infernal se escuchó de inmediato y, a pesar de que se escondía en la sombra, el pobre hombre fue descubierto enseguida y devorado con la misma prisa. Yo escapé al séptimo círculo.

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