OCHO Y MEDIA

Ilustración: aamaiaa.blogspot.com.es

“Hermosa”. Eso decía la pantalla de mi celular justo justo cuando estaba desayunando. Porque era temprano y, quizás, él también tenía miedo de que nos quedemos dormidos. Que me quede dormida. Puede que los dos teníamos miedo de soñar un sueño que no nos tenía de protagonistas.

Esa mañana hacía mucho frío pero estaba el sol. El sol siempre fue testigo de todo lo lindo. Inclusive cuando las palabras se leían a la distancia. El sol siempre estuvo ahí, como esa mañana.

Imaginar, de repente, un pasado lleno de monstruos. Luchar con una espada. Igual que Alicia, vivir un frabjous day. Una pelea con un monstruo enorme. Uno tan grande que hizo de todo para dejarme devastada y lo logró. Recorrer un largo camino y atravesar pantanos. Finalmente, terminar la taza de café y dejar todo atrás.

Pasos para reparar un corazón desolado.

El viaje se hizo corto. Caminar unos pasos y caer en los brazos del ser amado. Besarlo. Abrazarlo. Volverlo a besar. Mirarlo. Decirle “te quiero”. Caminar de su mano. La avenida estaba solitaria. En la calle no había nadie. En los balcones, banderas de Argentina. “¡Qué patriotas!” “No son patriotas, están fanatizados con el fútbol que es distinto”.

Cada unos metros parar para renovar los besos. No sea cosa que se terminen. No sea cosa que no vuelvan.

La casa chiquitita de la esquina. La habitación chiquita pero enorme que contenía un mundo. El mundo nuestro.

Aprendí a acomodarme perfecto, en cada maniobra, en el huequito entre tu cuello y la cama. Acariciarte despacio entendiendo que cada centímetro de ese cuerpo era nuestro. Reír por algún chiste pavote y enojarnos fervientemente al hablar de fútbol. Con pasión. Con ganas. Con sentimientos.

Detenernos por un segundo en nuestras miradas y distraernos ante un ruido. Un sonido me despertó y me dejó entender que estaba soñando. Afuera el clima estaba horrible. Se escuchaba la lluvia caer de fondo. Me asustó un trueno. Cerré la persiana por los relámpagos. Desactivé la alarma que sonaría a las nueve y después de hundirme entre las frazadas me volví a dormir.

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