Sugestión


-Si todo se muere acá… todo…- dice Lorena. –No hubo planta, gato o perro que sobreviviera-. Parece que la voz saliera directamente de su cabeza porque apenas mueve los labios. –Sabés muy bien lo que te digo.- Tiene dedos largos y finos, diez gusanos que se enredan y desenredan sobre la mesa oscura. La miro desde la puerta de la cocina. Sí, sé lo que me dice. –Es la casa, y no me tratés de loca.- No podría tratarla de loca.

- Las plantas no viven acá porque entra poca luz, eso ya lo hablamos. O las plantas o pagar menos alquiler. El gato, tu gato, tuvo una infección y el perro estaba viejo; Lorena, no empecés.- Me mira, sé que tengo la cara de “sí te estás volviendo loca” que pongo cada vez que hablamos de esto. Le doy la espalda y pongo la pava sobre la hornalla. Si ella tiene miedo, yo no debería tenerlo. Además son estupideces. Todo tiene una explicación lógica. Todo siempre tiene una explicación lógica. Cuando uno empieza a darse manija. Cuando otra persona se la pasa hablando de cosas que no tienen sentido, cuando parece que el mundo conspirara para que creamos. ¿En qué? En todo. En que el gato parecía endemoniado los últimos días y maullaba desde la puerta de la cocina, mirando siempre al mismo punto. Maullaba como loco. O quizás sólo maullaba. En que desde que nos mudamos el gato no se iba de su lado. No tiene sentido pensar que hay algo en esta casa que no tiene explicación.

La pava comienza a chillar, lleno el termo y voy hasta el comedor. Ella está parada y de espaldas, mirando la pared. Tiene una camperita de lana liviana, verde. Los brazos a los costados. Es raro. No digo nada. No puedo hacer más que esperar que se de vuelta y ponga cara de tonta, pero no se mueve. El gato, pienso, ahí miraba el gato. Pero al mismo tiempo pienso que es una estupidez, que Lorena está loca, o que hace eso para asustarme, o porque está enojada. Estamos los dos quietos. Su pelo antes era brillante, pero ahora está opaco y le cae desordenadamente por la espalda. No me dan ganas de tocarlo. Me duele la mano porque tengo los dedos muy apretados contra el termo. Las mandíbulas también me duelen y estoy transpirando. No me puedo mover, aparentemente ella tampoco. No quiero cerrar los ojos, tengo la impresión de que no podré volver a abrirlos, o de que cuando los abra ella va a estar muy cerca de mi cara y no va a ser ella. Pero me parece lo mejor. Cierro los ojos. Tengo la sensación de que alguien me va a tocar la espalda, de que algo va a rozar mi mano, de que una voz que no es la suya va a susurrar algo terrible. Siento frío. No quiero oír nada y sin embargo es como si mis oídos se hubieran agudizado, escucho las gotas cayendo de la canilla de la cocina, mi respiración, pero no la de ella. Es la casa. Esta casa de mierda. Hay alguien, puedo sentir la presencia de alguien parado al lado mío, tengo mucho miedo de que me toque, de comprobar que es verdad que está ahí –alguien que no es ella, que nunca podría ser ella- a mí costado. Debo tener los dedos blancos de la fuerza. Algo va a pasar y no quiero. Quiero irme, quiero estar al sol, quiero irme. Pero no puedo abrir los ojos, no quiero abrirlos. Ya no escucho más que los latidos de mi corazón, como si se me hubiera subido a la cabeza, como si alguien tocara un tambor suave. Me concentro en eso, es como desaparecer. Sólo yo y mis latidos. Tengo ganas de hacerme un bollo y de llorar. Ahora lo que estaba a mi costado está frente a mí, me mira. Ándate, pienso, dejame solo. Siento que me sonríe. No, no lo imagino, está sonriendo aunque no pueda verlo, ni oírlo ni nada. Ahora pasa por el otro costado. Andate, por favor, pienso, ruego, suplico. Ahora está en mi espalda. No me toques, no me toques, no me toques. Escucho la puerta del baño, que se abre y se cierra. Escucho la canilla y el agua corriendo. Abro los ojos. Ella sigue ahí, quieta. Entonces quién está en el baño. Quién está. Quién. Por favor, quién. Suelto el termo y escucho como estalla el vidrio en su interior. Ella no se mueve. Alguien, algo, tira la cadena y abre la puerta a mi espalda. El baño. Quién. Grito cuando Lorena me toca el hombro y me dice –Vámonos Juan, es la casa.

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