Diario de Cannes #5: Una victoria inesperada

Los Inrockuptibles
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4 min readMay 27, 2015

A lo largo de toda esta edición del Festival de Cannes se venía hablando de la pobreza de la representación francesa en la sección oficial. Ni la película de apertura (La tete haute) ni al menos dos de las que competían (Mon roi y Marguerite & Julien) habían sido bien recibidas. Para peor, las tres películas eran dirigidas por mujeres, por lo cual los esfuerzos de los programadores del festival por emparejar la criticada cuestión de la poca participación femenina en la competencia parecían no haber dado resultado alguno. Un poco mejor les había ido a los otros tres films locales (Dheepan, de Jacques Audiard, La loi de marché, de Stéphane Brize y Valley of Love, de Guillaume Nicloux), pero de todos modos ninguno aparecía muy arriba en la lista de candidatos de nadie, lo cual no auguraba nada bueno para los locales a la hora de los premios –algo doblemente preocupante aquí ante cierta presión local por tener un triunfo francés en casa.

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Todo se solucionó rápidamente cuando el jurado presidido por los hermanos Coen e integrado, entre otros, por Jake Gyllenhaal, Guillermo del Toro, Xavier Dolan, Sienna Miller y Sophie Marceau decidieron agradecer la invitación a los dueños de casa y dar un palmarés lleno de películas y actores franceses. Algo que, sin duda, habrá caído simpático a los locales pero dejó al resto del mundo rascándose las cabezas. ¿Qué habrá sucedido ahí?

La Palma de Oro fue para el filme de Audiard, conocido como director de la también muy premiada Un profeta, que si bien es un correcto y bastante sólido drama inmigratorio acerca de un hombre, una mujer y una niña que se hacen pasar por una familia para migrar a Francia desde Sri Lanka, pocos lo veían ganando el gran premio. Como máximo, alguno menor. Pero no. Y como ya dejó entrever el jurado en la conferencia de la prensa tras la ceremonia de premiación, todo parece indicar que fue un premio de consenso: esa película que no es la favorita de nadie pero que tampoco nadie está en contra.

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El premio a Vincent Lindon por su rol de un hombre lidiando en el difícil mercado laboral en La loi du marché es merecidísimo (su trabajo es sin duda notable), pero también era una categoría que podía haber correspondido a Michael Caine (Youth), Tim Roth (Chronic), Colin Farrell (The Lobster), Geza Rohrig (Son of Saul), Gerard Depardieu (Valley of Love) o Michael Fassbender (Macbeth), entre otros. Pero de todos modos fue el premio francés más merecido y aplaudido.

Mucho más discutido fue el premio a mejor actriz a la también directora Emanuelle Bercot por Mon roi, de Maiwenn. Bercot –que dirigió otra película en el festival, la citada La tete haute– no era candidata de nadie en ese rubro y especialmente por una película que había sido considerada por muchos como la peor de la competencia. Que el premio lo haya compartido con Rooney Mara (por su rol en Carol, de Todd Haynes, único premio que consiguió esa extraordinaria película) marginando así a la otra estrella de ese filme, Cate Blanchett, agrega más sorpresa, misterio y especialmente fastidio a la decisión.

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Con la Palma de Oro y los premios a actor y a actriz, el cine francés se fue contento de Cannes, excesivamente celebrado. Días antes muchos se quejaban que había mejores películas francesas en otras secciones del festival (sin ir más lejos, las de Arnaud Desplechin y Philippe Garrel en la Quincena de Realizadores), y de esta manera pareciera que el director artístico del festival les había tapado la boca a los críticos. Pero, se sabe, una cosa son los premios y otras las películas. Y sus galardones no van a hacerlas mejorar.

El resto de los premios fueron más o menos esperables, más allá de la poca atención que recibió Carol o el ninguneo del maestro chino Jia Zhangke o a los tres directores italianos que compitieron. La opera prima húngara Son of Saul gustó a mucha gente y se quedó con el Gran Premio del Jurado, mientras que The Lobster, del griego Yorgos Lanthimos, recibió el Premio del Jurado. De los restantes, el de mejor director para Hou Hsiao-Hsien por la maravillosa The Assassin fue merecido, aunque muchos deseábamos una Palma de Oro allí. El más incomprensible de todos: el del guión al mexicano Michel Franco por Chronic. No tanto por la película en sí, sino porque esa categoría –con su final absurdo por donde se lo mire– es la más discutible dentro de los términos de la propia película.

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Se termina así otro festival de Cannes que quedará en la memoria por una decena de películas –muchas de ellas fuera de competencia– y por unas pocas obras maestras. Entre las más destacables: Cemetery of Splendour, de Apichatpong Weerasethakul (que no ganó nada en Un Certain Regard, caso similar al de Jauja el año pasado), y las citadas películas de Hou, Jia, Desplechin, Garrel y Haynes, además de un par de muy buenos films rumanos de Corneliu Porumboiu y Radu Muntean, y el desparejo pero fascinante filme de seis horas de Miguel Gomes, Las mil y una noches. De todas esas, solo tres estuvieron en la competencia oficial. Quizás sea hora, acaso, de revisar la máquina.

Para cerrar, el cine argentino tuvo una participación pequeña en largos pero un 100% de efectividad. La patota, de Santiago Mitre, ganó los dos premios a los que podía aspirar –mejor película de la Semana de la Crítica y Premio Fipresci– y se fue con muy buenas críticas, especialmente francesas. Otros tres cortometrajes dirigidos por Iair Said, Mateo Bendesky y la dupla Martín Morgenfeld y Sebastián Schjaer, en distintas secciones, no fueron premiados pero lograron ubicarse en “las grandes ligas”, algo que es para muy pocos dentro del universo inacabable de los cortometrajes.

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Diario de Cannes
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