Las momias de San Bernardo: un enigma colombiano

Crónica: Marian Colina/Fotos: Olivier Henocque.

Foto: Olivier Henocque

Nadie sabe con certeza por qué se secan los muertos de San Bernardo, pero todos coinciden en que empezaron a secarse en el tercer cementerio. Doña Florentina Gutiérrez de la Cruz salió momificada en el año 1965, seis años después de la inauguración. Fue de las primeras momias. Al hijo le impresionó tanto que decidió desmembrarla y guardarla en un osario.

La Guía Turística de San Bernardo de 1997 aún no se ha actualizado, pero trae un curioso inventario de 19 momias exhumadas entre1959 y 1988, con fecha y causa de defunción y el destino de cada momia. Son once hombres y ocho mujeres entre los 30 y los 90 años. Hay dos muertes por cáncer. Una por afección hepática. Dos por diabetes. Dos por arma de fuego. Seis por ataque cardíaco. Dos por epilepsia. Una por hemorragia cerebral. Una por trauma craneoencefálico. Y dos por causas desconocidas.

Ocho momias fueron desmembradas e inhumadas en osario. Una desapareció. Tres fueron exhibidas en el Panteón, y siete fueron guardadas en “el depósito subterráneo”, una cripta funeraria debajo de la capilla. Las familias se negaron a cortar a esos parientes que aún conservaban sus rostros y gestos de vivos, y prefirieron dejarlas enteras. Las momias quedaron de pie y de brazos cruzados en su macabra sala de espera, aguardando la decisión familiar de consagrarlas a la luz pública o a la tinieblas definitivas.

Pero estas no han sido las únicas momias. Andrés Bejarano, primer sepulturero y sacristán, se retiró en 1978 y afirma haber dejado unas 40 momias en la cripta. Alfredo Rojas, sepulturero desde el año 2005, declara haber sacado 50. Al decir de los trabajadores del cementerio, en los últimos años también se han exhumado cadáveres “congelados”. Según doña Dora, cuidadora desde el año 2011:

“Después de los 5 años en la bóveda, al sacar algunos cuerpos para el osario salen como recién sepultados. Este año salieron dos. Salen con una capita de escarcha, como de hielo, perfectos, perfectos. Han investigado, sí, pero nunca nos han dicho lo que pasa. Cuando ocurren estos casos los cuerpos regresan a otra bóveda y se los deja otro año para ver si se secan o se descomponen”.

Margarita de Prieto. Foto: Olivier Henocque

El enigma de las momias atrae muchos visitantes a San Bernardo. Preguntan por el Mausoleo y los vecinos los envían a “Los Pinos”, el tercer cementerio, así apodado por su abundancia en setos de ciprés, que por acá llaman pinos. “Los Pinos” es un cementerio cuesta abajo, derramado por una ladera, tras una fachada muy bien encalada. Entre setos rectilíneos, una avenida empinada lo divide por el medio y desciende hasta la capilla. Todo está limpio, bien cuidado: los nichos, los caminos, los osarios… “la recaudación del Mausoleo nos permite mantenerlo en estas condiciones”, nos explica Doña Dora.

Los visitantes juegan a los detectives. Escudriñan la tierra naranja. Examinan la concavidad del valle del Río Negro donde anida San Bernardo, los montes de pino, cedro y eucalipto que ondulan los páramos del Sumapaz. Aliviados de los fríos de Bogotá, –apenas a 100 kilómetros-, respiran el aire que a 1600 metros de altitud les permite pasear en mangas de camisa. Miran las fechas de las tumbas en busca de signos de longevidad anómala. Preguntan de qué lado salen más momias y les dicen que “de todos lados, personas que sí, personas que no”. Especulan sobre “la comida regional sin químicos”, “el agua”, “los rayos ultravioletas”, “los vapores que salen de la tierra”, “los tintes de la ropa”, “la cal de las bóvedas”, “los hongos y las bacterias”, “el envasado al vacío”, “las energía peculiar del cementerio”, “la mano de Dios”… También buscan la cripta subterránea y quedan desilusionados al comprobar que “Higiene mandó sellarla porque salía olor a moho y mucho mosco”.

El cementerio –como tantos cementerios colombianos- es gestionado por la parroquia, y el cura ha mandado construir un nuevo modelo de osario. Los huecos son más amplios, para ahorrar a las familias el trauma de cortar sus momias, pues “no es lo mismo que apilar un poco de huesos”. Todos los muertos se guardan en nichos- que aquí llaman “bóvedas”-, con la excepción de una cruz solitaria hincada en la tierra “porque la señora se negó a ser inhumada en bóveda”.

“Cuando sale una momia, es la familia quien decide qué hacer con ella. Si deciden exhibirla, se ponen de acuerdo con el sacerdote, que consigue el antropólogo para que le haga la limpieza. Ahorita muchas familias los dejan en el osario”, nos explica Doña Dora. Aunque exhibirlos provoca reticencias, muchos sanbernardinos esperan encontrar a sus parientes momificados.

Detrás de la capilla se levanta el Mausoleo de las Momias. “Este museo”, –reza la introducción-, “presenta los rostros de los que vivieron en San Bernardo. Están aquí para transmitir, de forma momificada, lo que fueron algunos habitantes de esta zona rural de Cundinamarca. No han sido reyes ni faraones, ni grandes personajes públicos. Son la huella imperecedera de hombres y mujeres sencillos, gente trabajadora que nos habla desde su noble condición de campesinos colombianos”.

Saturnina Torres. Foto: Olivier Henocque

Hay seis momias en la planta baja –tres hombres y tres mujeres- protegidas en urnas de cristal. Dos hombres han perdido el nombre, y yacen apenas cubiertos por una funda de color púrpura. Los otros tienen nombres y apellidos, conservan sus pantalones, vestidos y pañoletas, y van acompañados de carteles que evocan su vida y oficios. La momia de Laureano Acosta parece dormida. Es una momia elegante, apacible, con su camisa planchada y su pantalón de domingo, y las manos esculturales cruzadas sobre el pecho. La familia Acosta es célebre en San Bernardo por su abundancia en parientes momificados. Se secaron los hermanos Laureano, Próspero, Blas y Filomena, y su sobrina Ana Julia. También se momificaron Luis María Pedraza y su mujer Susana Acero de Pedraza, cuñada de Filomena, expuesta en una urna cercana con el vestido blanco de sus bodas de oro. Todos nacieron en el municipio de Junín, Cundinamarca.

“San Bernardo fue fundado por gente de Junín, de Gama, de Gachetá, de Caquezá… “- nos cuenta doña Clara Acosta, también sobrina de don Laureano- . “La gente que más se ha momificado es la gente de Junín y de Gachetá, esos pueblos son vecinos. La gente de Caquezá muy poco…”

Los vecinos visitan las momias para seguir recordando a parientes y amigos. Otros, los visitantes sin parentesco con los difuntos, vienen por ver momias, con la curiosidad que despiertan los rostros que ya confrontaron la muerte. En el piso de arriba, una mujer desconocida yace con una niña sobre las costillas. A su lado hay una urna con cinco niños sin nombre, una macabra aparición en tonos grises de cuerpecitos acartonados, torcidos al capricho del embalsamamiento natural. La gente saca fotos de los rostros secos y las diminutas manos rígidas, observa con extrañeza los ojos sin ojos. Esa fascinación por las momias alimentó en San Bernardo la idea de exhibir las momias en un Mausoleo.

“Al principio las guardaban bajo la capilla” ,–nos cuenta Ernesto, profesor en San Bernardo-. “ Entonces empezó la curiosidad y la gente venía a mirar, metían cámaras por las ventanas de la cripta. Hasta que dijeron: hay otras partes del mundo se dan momias naturales, en México, en la Guajira colombiana, hagamos algo para aprovechar el fenómeno a nivel de turismo”.

El Mausoleo de las Momias se inauguró así en diciembre de 1994 “para fomentar el turismo del municipio”; “para conservar los cadáveres pues en la cripta subterránea ya daban signos de deterioro”; “para evitar el maltrato de los asistentes que tocaban, movían como si fueran muñecos para tomarse fotos”; y “para controlar y evitar que continuaran desapareciendo”.

Momias en el Mausoleo de Los Pinos. Foto: Olivier Henocque

Todo un folklore de hipótesis propias y extrañas se teje en torno a las momias. Según la hipótesis de la comida, -la más popular y extendida-, dos verduras de la chacra regional son las presuntas causantes de la momificación natural: la guatila (Sechium Edule) y el balú (Erythrina Edulis). También es la más contestada por los propios lugareños:

“Resulta que aquí atribuyen la momificación a la alimentación”, comenta el ex-concejal José Manuel Carvajal. “Dicen que es la guatila y el balú, cosa que es la mentira más grande. Nosotros nos criamos con guatila y balú y en los dos primeros cementerios no hay momias”.

“Si fuera la comida en otros municipios pasaría lo mismo, en Arbeláez y Fusagasugá, pero no pasa. Esto sólo se da en San Bernardo”, explica Doña Dora.

Verdadero o falso, al visitante le queda la intriga y decide visitar el mercado dominical para conocer la guatila y el balu y la abundancia de productos regionales, que han merecido a San Bernardo el sobrenombre de “Despensa Agrícola de Cundinamarca”. Cerca de allí se yergue la iglesia con su monumental cruz vidriada, proporcional a las devociones católicas del municipio. No en vano algunos vecinos, incluido el ex–párroco Carlos Alirio Niño, atribuyen la momificación a la intervención divina:

“Para mí que en el pueblo está la mano de Dios”, dice doña Dora. “Es un pueblo muy de oración, muy solidario, a una persona que necesita ayuda le sobra ayuda. De pronto Dios puso la mirada”.

Otros rumores más terrenales hablan de intervención humana. El cura José Arquímedes Castro, fundador del tercer cementerio en el año 1959, protagoniza varios relatos sobre el origen de las momias. Unos dicen que le echó mucha cal a las bóvedas. Otros sostienen que conocía el secreto de la momificación. Don Arquímedes murió en 1979 y circula la conseja de que no fue inhumado en San Bernardo, sino en Fusagasugá, y salió momificado.

“Un día, en una charla con dos amigos, Don Arquímedes nos dijo por qué se momifican los cadáveres”, nos cuenta el ex-concejal José Manuel Carvajal. “Para que no se perdiera la verdad, nos dijo que contáramos el secreto a una persona de nuestra familia, sin ir a divulgarlo. Primero porque se pierde el mérito, y ya los turistas no se interesarían en venir acá. Aquí me insistieron hasta unos periodistas de Estados Unidos, que me daban una bonificación y me llevaban a su país si lo contaba. Me pensaron chantajear: en este momento tenemos frente a las cámaras al concejal Manuel Carvajal, que nos va a revelar la verdadera causa de la momificación. Yo no voy a revelar nada, les dije, si ustedes lo supieran no hubieran venido acá. Por eso (el señor José Manuel nos mira con sorna) a ustedes tampoco les voy a contar”.

Hombre anónimo. Foto: Olivier Henocque

Más allá de los secretos, rumores y consejas, las momias también permiten informar al forastero sobre las verdaderas urgencias:

“Aquí hay un microclima especial: las tierras son muy fértiles y lo que se siembra produce”, comenta el profesor Ernesto. “Si uno se para en el atrio de la iglesia siente la confluencia de dos corrientes de aire: una corriente cálida que llega del Valle del Magdalena, y una corriente fría que viene de los páramos del Sumapaz. Dicen que es la mezcla de aires la que favorece la momificación. Habría que cambiar de lado el cementerio a ver si siguen saliendo momias. Todo esto puede perderse si se entuba el río Sumapaz, como planea la multinacional española Emgesa a lo largo de 50 kilómetros. El río perdería 50% de su caudal, y esto va a provocar un cambio climático a nivel regional que no solo perjudicará a las momias, también afectará la fertilidad del suelo y la producción agrícola. Aquí no se necesita energía hidroeléctrica: 95% de los hogares disponen de electricidad”.

Expertos de la Universidad del Rosario y “de otras naciones” han llegado a San Bernardo para investigar las momias, pero según los vecinos, aún no han llegado a una conclusión:

“Resulta que aquí han hecho varias investigaciones, gente de otras naciones, de Estados Unidos, y no han podido descubrir de qué se trata”, explica don José Manuel. “Unos dicen que es el terreno, otros que es un aire mágico… Cada cual con su versión…”

Doña Clara Acosta, sobrina de don Laureano y memoria viva de la familia Acosta, ha reunido varios documentos sobre las momias, una incipiente mediateca que brinda al visitante con toda amabilidad. Nos muestra un documental de la serie alemana Galileo, –Das Dorf der Widerspenstigen Toten: “el Pueblo de los Muertos Insumisos”-, un reportaje del programa “Bichos” de RCN, un episodio de la serie Tabú de Fox Channels. Al lado de las hipótesis de la comida y del “regalo de Dios”, se mencionan los avances de los expertos. El antropólogo forense César Sanabria estudia el microclima de las bóvedas, investiga las historias de vida de los difuntos, espera exhumar momias en los otros cementerios y “acabar con la mistificación”.

Mistificadas o desmitificadas, las momias de San Bernardo podrían desaparecer. El Mausoleo, declarado en 2011 bien patrimonial del municipio, necesita apoyo para abordar los costos de conservación. Por otro lado, cada vez menos familias deciden exhibir sus momias: “La gente ya no las deja para exhibición”, comenta doña Dora. “El cuerpo que sale momificado, lo parten y lo llevan al osario. Que no, que aquí vienen a burlarse de ellos, que les da pesar”.

De momento, las momias de San Bernardo seguirán durmiendo en el Mausoleo y dando que hablar a los vivos. Atraerán nuevos visitantes a San Bernardo. Los harán conversar con los vecinos. Los llevarán al mercado del domingo para admirar la cosecha de mora, curuba y tomate de árbol y comprar tortas de guatila. Permitirán a los vivos expresar sus genuinas preocupaciones… Y continuarán labrando la memoria y la identidad sanbernardina.