De las cosas que empiezo y dejo

Cada tanto me pasa que creo haber encontrado el hobbie de mi vida y me prometo seguirlo por siempre. En lo que va de este año ya me pasó tres veces.
En enero, con un cuaderno nuevo, me propuse escribir un cuento cada día. A veces por la mañana, otras veces por la tarde. Duré menos que las páginas en blanco que tenía. Escribí un día, escribí dos, creo que llegué a escribir un mes. Después, simplemente, lo olvidé.
Más entrado el otoño, por recomendación de mi amiga P., al vaciar un frasco de mermelada de naranja, lo lavé, lo sequé y lo convertí en mi nuevo pasatiempo: cada noche tenía que escribir en un papelito lo que me había hecho más feliz durante ese día. Si continuaba haciéndolo durante un tiempo considerable, podría abrir el frasco y leer qué cosas me hacían más feliz en la vida… Y quizás la respuesta me sorprendiera.
En este caso, creo que duré menos todavía.
En mayo, un poco cansada del trabajo, decidí despertarme todos los días cuarenta minutos antes y hacer yoga, bici o algo para empezar mi mañana de otra manera. Esta vez creo que duré menos que nunca.
Siempre empiezo y dejo cosas. Siempre creo haber encontrado eso que me va a apasionar por mucho tiempo. Y siempre me frustro al abandonarlo.
Quizás lo mío sea disfrutar de lo que, por un instante, me parece una gran idea. No importa el tiempo que dure.
Hoy empiezo un blog porque me quedan exactamente 4 meses en México y no sé muy bien qué va a ser de mi viaje, pero creo que escribir algo cada día va a ayudar a darle forma.
Como dicen acá, “Pues a ver qué tal”.

