

Una Foto en Facebook
Federico Leto
For Made Up Words
A note to our readers: we had hoped to run this story with its English translation, but our translator has been quite busy organizing a TEDx conference in Spain (we know: awesome). We hope our Spanish readers will enjoy…
Yo no elegí volver a verte. Fuiste vos la que interrumpió mi vida, la que apareció sin preguntar y me partió al medio. Como si fuera la primera vez, como si el tiempo no hubiera pasado, no hubiera dejado su huella, como si no hubiéramos aprendido nada. Poco a poco desenfundo los recuerdos, abro en mi memoria el cajón que guardó celosamente cada momento juntos y un nudo en el pecho me aprieta hasta ahorcarme. Aquel dolor dulce de mi juventud, hoy, tantos años después, se hace carne.
Nos conocimos, imposible olvidar ese momento, el primer día de clase en la Universidad. Habíamos salido de la secundaria pocos meses atrás, luego de un año cargado de sentimientos encontrados. Las absurdas ganas de ser grande se enfrentaban a esa adolescencia melancólica que lamentaba dejar atrás una etapa tan importante, tan trascendental.
Por mi parte, había pasado una adolescencia un tanto solitaria. Mi timidez, y mi poco interés por el fútbol y por el deporte en general, no ayudaron demasiado a que me rodeara de amigos o tuviera mi agenda ocupada todas las tardes ni mucho menos, aunque con el tiempo pude encontrar mi lugar. En tu caso, nunca me lo contaste con detalles pero siempre supe que fue así, tu belleza dominó cada una de las relaciones. Para las mujeres, la envidia se anteponía ante cada comentario, cada invitación, cada mirada con desdén. Hasta tus más fieles amigas soportaban con pesar el hecho de estar siempre por debajo tuyo en la marquesina. En el caso de los hombres, embobados y admirados, lustraban con esmero el piso antes que pudieras dar un paso. Todo lo que hacían por vos, todo lo que te decían y lo que no te decían también, quedaba enmarcado en ese pedestal del que ninguno pudo ni supo bajarte, sobre todo tus compañeros de curso. Las chicas como vos, jamás mirarían a un hombre de su misma edad. Los ojos solían posarse en los exitosos deportistas de los últimos años, próximos a egresarse y a mostrar que otra vida se encontraba allá afuera lejos de recreos, actos o uniformes absurdos. Sin ir mas lejos, tu primer noviazgo llenó ese formulario, y duró prácticamente hasta que nos conocimos, aunque nobleza obliga, no creo haber tenido mucho que ver en aquella ruptura.
Cierro los ojos y estoy entrando a la clase de Historia, la primera hora que marcaría el pulso de los siguientes años; siento que te estoy viendo hoy. La vida empezaba de cero y para algunos como yo no resultaba una mala oportunidad. Recuerdo que abrí tímidamente la puerta, ya que estaba llegando tarde, esperando no interrumpir, no llamar innecesariamente la atención, mirando hacia el piso de la vergüenza, y apenas levanté la cabeza te crucé de frente. Estabas en el primer banco, prestando real atención a la introducción que repetía mecánicamente el profesor de turno. Mientras yo, congelado en el hueco de la puerta, te enfocaba directo a los ojos, vos cruzaste mi mirada. No duró mucho, fue un segundo o dos máximo, pero existió. En ese instante bajé la guardia, no antes, no después, en esa milésima de segundo imborrable que me atravesó por completo como si hubiera durado años, décadas, una vida entera y más. Yo sentí que lo nuestro iba en serio, creí posible desde el comienzo de nuestra historia, que un final feliz nos esperaba paciente a la vuelta de la esquina. Solo era cuestión de ir a buscarlo.
No pude prestar demasiada atención a lo que aquel hombre bajito de anteojos nos contaba. La facultad para mí, por mas que haya hecho todo el esfuerzo posible, no comenzó ese día, en el que vos te robaste todos los flashes. Me senté en el único lugar libre, cerca del fondo, y desde ahí deposité todos mis esfuerzos en mirarte, en imaginarte, en adivinar desde tu nombre hasta el mayor de tus secretos. Más adelante, con el tiempo, supe comprobar que en algunas cosas no estaba tan errado, aunque no me sorprendió demasiado, y no por méritos que no me competen, sino porque siempre fuiste una persona muy transparente.
A partir de ese día el plan de carrera, para mí, se dividió por completo. Existían dos tipos de materias, aunque nada tenía que ver aquello con la correlatividad ni ningún otro factor académico: las materias que cursábamos juntos, y las que no. A las primeras no faltaba nunca, por más que odiara al profesor, por más que no entendiera de que hablaba durante hora y media, por más que ninguno de los temas me resultara mínimamente interesante, todas las clases me tenían ahí sentado. Salir de mi casa esos días era un placer, a diferencia de aquellos en que asistía a las odiosas materias que no compartíamos. Ir a esas otras clases me resultaba una carga más que un deber. Me levantaba de mal humor, me costaba horrores abandonar la cama, no podía prestar atención, me pasaba cada minuto pensando qué estarías haciendo, con quién estarías sentada. Como consecuencia lógica y casi obvia, mi rendimiento mermaba notoriamente. Con solo analizar mis calificaciones a lo largo de toda la carrera, cualquier persona podría identificar si compartíamos esa clase, que jamás quería que terminara, o si era una de esas solitarias materias en las que lo único que me importaba era volver a casa. Algunos semestres cuando llegaba el momento o el día de inscripción, más que analizar estadísticas de los profesores, evaluar horarios, o distancias, intentaba por todos los medios coordinarme con vos, dejaba de lado mis propios intereses y horarios para poder compartir esas dos horas cada día, ese pequeño rato de tu vida del que yo me sentía parte. En otros, me entregaba al azar y rogaba que el destino se pusiera de nuestro lado.
Dentro del amplio abanico que incluía las materias que compartíamos, existía un inciso aún más determinante en lo que fue el nacimiento de nuestra relación, y no fue otro que los trabajos prácticos en equipo. Cada vez que un profesor mencionaba esas mágicas palabras, mi corazón galopaba más fuerte que en el momento de escuchar las calificaciones finales, o antes de un examen. El problema radicaba, claro está, en el método definido para conformar aquellos grupos de trabajo. Si el parámetro que elegían era la lista de asistencia, contábamos con la ventaja de tener un apellido con la misma inicial, así que en la mayoría de los cursos a los que asistíamos solíamos estar uno a continuación del otro. Primero vos, Alvarenga, después yo, Álvarez, salvo alguna catástrofe en que algún intrépido infeliz viniera a interponerse en nuestro camino, y pusiera en peligro el plan. Jamás me voy a olvidar, por ejemplo, del malnacido de Alvaretti, en Química II. Otro parámetro probable era el lugar en el aula, y sobre eso, podría sentar cátedra. Noches enteras pasaba diagramando diferentes estrategias con el único fin de lograr ubicarme lo suficientemente cerca como para compartir la clase a tu lado y quedar dentro del posible grupo geográfico, pero lo necesariamente lejos como para que no fuera tan obvio, no solo para vos, sino también para el resto de compañeros e incluso profesores. Debo reconocer haber tenido resultados muy satisfactorios en este punto, muchas veces incluso mejores a los esperados.
Lo cierto es que en más de una ocasión (podría mencionar casi con exactitud cuántas pero creo que no viene al caso), quedamos incluidos dentro del mismo equipo de trabajo. La cantidad de ventajas que tenía semejante hecho eran innumerables, desde conocer tu casa, o vos la mía, compartir una charla, una idea, hasta el simple hecho de tener un pretexto para encontrarnos fuera del horario de clase, trampear al destino y dejar de depender de un reloj, de un maldito timbre o de una clase fallida, para poder compartir un momento juntos. Lamentablemente los grupos nunca eran de a dos, lo que no ayudaba a reservarnos la intimidad, pero no por eso podíamos despreciar la oportunidad que teníamos. Gracias a esos trabajos prácticos, pudimos conocernos y afianzar una relación que de otra manera tal vez no hubiera sido posible.
Fui muy feliz con vos, y hasta el día de hoy, habiendo formado una familia con otra mujer, teniendo con ella un recorrido mucho mas extenso de lo que fue aquel tiempo que compartí con vos, seguís siendo una parte muy importante de mi pasado y sos la protagonista de muchos de los recuerdos más lindos que tengo de mi juventud. Pero de un día para otro desapareciste y nuestra historia se nos escurrió entre los dedos como arena reseca. Sinceramente, no creí volver a saber de vos. Hasta había empezado a disfrutarlo, a punto tal de poder convivir con eso.
Ayer, sin embargo, mientras ayudaba a mi hija mayor con la tarea de Geografía, volviste a aparecer. Estábamos en mi escritorio buscando información sobre las placas tectónicas en internet y en un descuido, mientras ella fue a su cuarto a buscar la cartuchera que se había olvidado arriba, cambié de página y entré a mi cuenta de Facebook. No fue por un motivo en particular, sucedió más por instinto que por otra cosa. Hoy en día uno tiene tan poca paciencia consigo mismo que no soporta un segundo su soledad y antes que enfrentarse a cualquier pensamiento que pueda cambiar su estado de ánimo, decide darle lugar a las redes sociales, a algún juego en el teléfono celular, o a la imagen insípida de la televisión.
Fue un golpe seco, certero; entré a mi muro y me estremecí. Fue tal el desconcierto que no tengo muy claro a ciencia cierta quién fue que compartió esa foto. Evidentemente algún contacto en común nos quedó, a pesar de que durante mucho tiempo creí que habíamos hecho todo lo necesario para que no fuera así. Todo el esfuerzo que pusimos, se desvaneció en un instante, en el momento mismo en que a través de un mísero clic aquella persona decidió publicar esa imagen en la que se te ve tan sonriente, con esa frescura eterna que te caracterizó siempre. No estabas etiquetada, pero no necesité comprobarlo. Te vi y los recuerdos cayeron en cascada, derribaron el dique que había construido a base de mucha decisión, terapia y, sobre todas las cosas, tiempo. Fueron demasiados años, no creo ser el mismo, ni siento arriesgarme al suponer que vos tampoco.
Recibirme, llegar al final de la carrera, no fue simplemente abandonar la facultad, la enorme cantidad de horas pasadas ahí adentro o internado en mi casa detrás de los libros, dejar de ser un estudiante para ser un profesional. No, en aquel momento no pensaba en eso, no disfruté semejante logro personal como hubiera debido, porque mi cabeza estaba en otra parte. Terminar mis estudios, comenzar la profesión que había elegido sin saber bien porqué, darle el gusto a mi vocación, solamente significó para mi no verte más. Dejarte atrás y seguir con mi vida. Apagar el piloto automático y empezar a vivir en serio, pensando en un futuro, en conocer a alguien, en formar una familia. Seguir adelante, como afortunadamente pude hacer. Hasta hoy.
Ver esa foto fue otra vez subir las escaleras de la entrada sin contar los escalones para evitar maldiciones que me impidieran llegar a destino sano y salvo. Fue entrar por las puertas de los costados y no por la maldita del medio. Fue cruzar esos pasillos eternos con destino a ninguna parte, buscando un aula que nunca aparecía. Fue llegar otra vez tarde, abrir la puerta y quedarme congelado bajo el marco. Fue empezar una larga semana, otra más, mirándote de lejos, soñándote despierto, imaginando, porque tal vez nunca dejé de hacerlo, que llegaría el día en que prestaras atención cuando alguno de los profesores tomara lista y pudieras, por fin, por una vez al menos, recordar mi nombre.
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