¿Me das 15 minutos?

Yo te lo daré todo

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Hace tiempo, escuché el podcast de El tiempo de los intentos, en el que Cristina entrevistaba a Yvonne Laborda, que es un referente en cuestiones de defensa de la infancia y la mujer en toda la etapa reproductiva.

Además de recomendaros mucho el podcast y todo lo que hace Cristina, porque toca temas muy interesantes, en éste, hablaban un poco por encima de la experiencia de Yvonne como homeschooler, es decir, de su decisión de educar en casa y no en el colegio.

El homeschooling/unschooling es un tema que me fascina pero no es de lo que quiero hablar.

Decía Yvonne en la entrevista, que hay muchas familias que no pueden practicarlo porque no tienen las herramientas necesarias para aplicar presencia las 24 horas del día. Es más, que hay mucha gente, pero MUCHA, que no puede aplicar presencia por ratos más largos de 10 minutos.

Entendemos presencia como atención plena. Estar para cuidar, escuchar, hablar, comprender cada etapa de desarrollo… Poniendo el foco en que la demanda es lo natural en la infancia.

Lo normal es que reclamen nuestra atención, otra cosa es que seamos capaces de corresponderles.

Cuando dijo 10 o 15 minutos, de primeras me causó rechazo ¿Quién no iba a ser capaz alguien de ofrecer presencia por esa cantidad tan absurda de tiempo?

PUES MIRA, YO.

La verdad es que a pesar de intentar tomarme la crianza muy en serio y de estar presente, cuando puse el foco, comprobé que la mayor parte de las veces solo lo estaba mi cuerpo y además, mucho menos rato del que pensaba.

Hay tantas cosas que hacer y tan pocas horas en el día… Quizá tengo que escribir y necesito concentrarme o tengo que preparar algo de cenar, poner una lavadora, atender las redes sociales o darme una ducha. Parece que solo por estar compartiendo habitáculo ya “estamos” pero no es así.

No toleraría que otro adulto me respondiera “que siiiiiií….”, “ahá”, “uhum”, tres veces seguidas porque le mandaría a por pipas. Sin embargo, lo hago todo el rato con mi propio hijo. Incluso, muchas veces, me crispo con su voz de fondo mientras desarrolla sus historias de juego ¡Y eso que el pobre mío tiene un tono de voz bien bajito, herencia de su madre! Es muy injusto.

No pienso caer en excusas baratas como la adicción al móvil para justificar la poca atención que presto a mi hijo. Eso no explicaría por qué a nuestra generación también nos faltó presencia, cuando no había pantallas.

Si así fuera, sería fácil de comprobar. Quitando el móvil de la ecuación seríamos libres de atender a nuestras familias a pleno rendimiento, pero no funciona así. Enseguida nos rondan ideas de cosas “más importantes que TENEMOS que hacer”. Incluso cosas que verdaderamente no nos apetecen nada y para las que, por ejemplo, no pausaríamos una serie, pero aun así, las ponemos por delante

¿Hay que limpiar la bandeja de los gatos? ¡Voy yo!

Esto solo tiene una explicación: la presencia nos abruma.

Otra excusa habitual es “yo no sé jugar”. Primero, tendríamos que preguntarnos por qué no sabemos jugar y después, desterrar de nuevo esa excusa porque también lo es. A una criatura le da igual que sepas o no jugar, sea lo que sea que signifique eso. Solo quiere que valores lo que hace como algo importante y ya si participas, es la bomba.

¿Cuántas veces a pesar de tener un rincón/habitación de juegos cogen sus cuatro trastos y se ponen a nuestro lado? Y decimos como si fuera un don del cielo: “se entretiene mucho”. Claro, no le queda más remedio, pero aun así, está bien cerca. Necesita presencia, aunque sea ausente.

Por supuesto, estas 24 horas de presencia no pueden recaer en una sola persona, sobre todo si no tiene las herramientas adecuadas porque de ahí vienen los agobios. La bola de estrés nos tapona el esófago en menos que canta un gallo, necesitamos saber que podemos contar con alguien para tomar un descanso.

Es cierto que muchas veces no necesitan beber 3 veces antes de dormir o que no es verdad que no sean capaces de ponerse el pijama. Pero no saben cómo decirnos que necesitan que les miremos a los ojos y que no podamos tener otra cosa en las manos. Tienen que encontrar la manera de reclamar su cuota de atención y es lícito que lo hagan.

El problema es cómo conectamos desde nuestra realidad adulta con esa necesidad.

Por eso necesitamos dos cosas:

  1. Corresponsabilidad. Fuera y dentro de la familia, lo que podríamos llamar tribu, para poder delegar cuando sintiéramos que la presión nos va a desbordar (siempre antes).
  2. Entrenamiento. Por suerte, no está todo perdido. Es algo que se puede trabajar poco a poco. Hoy 10 minutos, en unos días 20 minutos, el mes que viene una hora… Y así hasta donde queramos o necesitemos.

Te propongo que a partir de ahora, hagas un cálculo real de las horas que compartes.

Te pongo mi ejemplo, Leo se levanta a las 8, entra al cole a las 9:30h, sale a las 16:30h, se queda jugando con su pandilla hasta las 18h y a las 20h toma rumbo a la cama, para estar durmiendo sobre las 20:30… Nos queda una ventana de oportunidad de presencia de unas 4 horas.

¿Cómo son esas horas? ¿Estás o no estás?

Las rutinas son el baremo perfecto para saberlo: ¿Cómo es el desayuno? ¿Habláis? ¿Estás mientras recogiendo la cocina o dándote una ducha? ¿Cómo es el camino al cole?¿La cena? ¿El aseo?… ¿Cuánto te dejan esas rutinas para “solo estar”?

Por supuesto, yo lo planteo todo desde mi perspectiva de familia en pareja con un hijo único, pero esto, como decía Yvonne, hay que aplicarlo a cada miembro de la familia con independencia. Ahí las familias monomarentales o numerosas tenéis mi más profunda admiración.

Espero que podamos reflexionar en comunidad sobre este tema y seamos más conscientes del tiempo de entrega TOTAL que pasamos en familia, porque como siempre, quienes acaban pagando el pato son quienes más nos necesitan.

Intentemos que ese rato al día sin distracciones vaya creciendo y siendo positivo para cualquier persona que esté implicada. Es lo que nos vamos a llevar a nuestro proyecto a largo plazo. Es eso lo que construye los recuerdos de nuestra infancia durante la vida adulta.

Después de este tiempo intentándolo, te prometo que poco a poco va creciendo y que cada vez es más sencillo disfrutarlo. Como muchas cosas en la vida, es cuestión de ponerle ganas.

Puedes usar el móvil, claro… Pero para poner un temporizador.