Mis tetas

Creo que después de todo el material que tenéis en el MamaMail sobre la SMLM, lo último que necesitáis es que yo os dé más información científica, objetiva, veraz y blablabla sobre la lactancia materna y no se me ocurre nada más subjetivo que hablar de MIS tetas.

Desde bien pequeña odié mis tetas. Eran grandes, muy grandes. No podía correr, saltar a la comba, hacer deporte... Me molestaban, me dolía la espalda y además, todos los niños querían manosearlas aunque yo no les interesaba lo más mínimo.

Uno de mis sueños era que un día desaparecieran y siempre pensé que cuando fuera independiente, me operaría para sentirme libre de una vez por todas.

Daba igual que engordara o adelgazara mil kilos. Ellas de ahí no se movían. Siempre la misma talla, siempre la misma forma. Solo conseguía estrías.

No sé en qué momento decidí que quería dar el pecho, no lo recuerdo, pero sé que era algo importante para mí cuando estaba embarazada y me preocupaba que mi complejo dificultase que fuera capaz de dar el pecho en público, lo veía imposible.

Llegó Leo. Prematuro, por cesárea, estuvimos separados dos días, yo drogada hasta las cejas, él en una incubadora ¿Lactancia materna? JA

Cuando pude, pregunté a mis médicos si todo aquello que me estaban poniendo era compatible con dar el pecho “Ah! pero que TÚ quieres dar el pecho??” ¡Ni siquiera se lo habían planteado como una opción! Pensé que estaba todo perdido.

Ese fue el punto de inflexión en mi historia. Exigí que nos dejaran estar en neonatos en vez de en la UCI y que me adaptasen la medicación para poder dar el pecho. A partir de ahí todas mis fuerzas las concentré en estar ahí para Leo y eso pasaba por ofrecerle lo mejor que tenía: MIS TETAS.

Mis tetas pasaron a ser un templo. Los dos meses que estuvimos separados eran las que me daban fuerzas para ir cada día al hospital. Sabía que era lo que Leo necesitaba de mí y como madre no podía pensar en otra cosa.

El día entero (y la noche) enganchada al sacaleches. Él era demasiado pequeñito para engancharse pero daba igual, esperaría lo que fuera necesario.

Mis tetas eran abrigo, eran alimento, eran vida, eran farmacia, eran refugio, eran y son CASA.

Mis tetas salvaron lo abrupto de mi maternidad.

Mis tetas son ahora, casi tres años después, tiritas para las pupas y antídoto de pesadillas. Son mi fuente de amor más puro.

Mis tetas me hicieron por fin mujer y madre y ahora las luzco orgullosa allá donde vaya y al que no le guste, que no mire, que yo tampoco miro muchas cosas.

Mis tetas alimentaron a bebés anónimos que lo necesitaban y me acercaron a otras madres que también querían dar lo mejor a sus bebés.

Mis tetas son lo más grande que tengo y ya no solo de forma literal.

Hoy por fin puedo decir: amo mis tetas.

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