Día 358

La bahía amaneció mansa, el ánimo que más la define, y parecería que la humedad está finalmente haciendo su retirada. Desde que la tormenta tropical M pasó por aquí, el clima se trastornó al punto de que los ríos volvieron al mar. La abundancia de agua en tiempos de sed es, claro, un milagro. Pero la corriente crecida de los ríos arrastra consigo la basura que se ha aposentado en sus lechos secos durante los meses y años que no llovió. Llantas, colchones, pedazos de plástico, botellas, vidrios, ladrillos, la marejada de basura es infinita. El mar devuelve una parte a sus orillas, infestando las playas con los pedacitos de plástico que, parece, definen la condición moderna de nuestra humanidad. Pero se queda con la mayoría, aposentada en el suelo marino, o flotando las olas en un loop infinito hasta adherirse a los continentes de basura que surcan el globo.

Quizá la muestra más fehaciente de lo mojado que está todo todavía es el verdor del Morro. Yo no lo había notado hasta que L lo mencionó una mañana. El sol sale temprano y de repente en los trópicos, y en Santa Marta se anuncia detrás de la sierra nevada, reflejando sus primeros rayos en la cara del Caribe y dibujando rosados y fuegos en los riscos de la isla del Morro, que corona la bahía (“más samario que el Morro”, dicen aquí). Pues bien, desde hace unas semanas, además de las paletas minerales del islote, se pueden apreciar brotes de vida vegetal.

El pulso natural se siente en todas partes, alimentado en su frenesí por esta repentina descarga vital, las primeras lluvias en años. Los gallinazos y las garzas se asoman hasta las playas contiguas a la bahía, animados por el borbollón de cosas que van a dar en las inmediaciones de la desembocadura del río Manzanares.

Desde aquí, bañistas, resquicios, palomas, perros y gallinazos componen escenas apocalípticas, precuelas del Mad Max que seremos.

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