El fútbol que llevamos en la sangre
Opinión
El fútbol que llevamos en la sangre
Como todo país enredado en la telaraña de la globalización, hemos recibido casi todas las bendiciones y maldiciones que surcan el mundo. No renegamos, los uruguayos, del devenir inevitable que comporta la vida. Agachamos la cabeza y a pesar de los pesares, emprendemos. Tenemos un país sin grandes problemas naturales, escasamente poblado, una razonable democracia, ausencia de problemas raciales, religiosos y cierta bonanza económica. Tenemos campos bien regados, playas de arena natural y ganado por doquier. Somos de costumbres sencillas y nos complacen esas cosas sencillas: el asado, el pan, el vino y una conversación.
No nos creemos más que nadie. Pero tampoco menos. Queremos ser iguales y que nos traten como iguales. ¿Que somos pequeños, que somos pocos, que no tenemos diez siglos de historia y cultura en las espaldas? Es verdad. Pero sentimos la necesidad de existir. Y si bien nos sabemos parecidos, sentimos que somos distintos. Si usted quiere ofender a un uruguayo (en realidad a un oriental) dígale que es igual a fulano o a mengano, siendo fulanos y menganos habitantes de nuestra región, vecinos, geopolíticamente hermanos. Porque si así lo hace, usted olvida que los uruguayos somos hijos, no ya de un parto mediante cesárea sino de un parto peleado con uñas y dientes. No somos hijos de un pacto. El pacto es hijo nuestro. Hijo de nuestro empeño en mostrar que algo corre por nuestra sangre que nos grita que somos y nos sentimos distintos. A tal punto resistimos el empeño de los demás en la negación de nuestra identidad, que cuando eso sucede, nos aislamos, nos retiramos, nos olvidamos de nosotros mismos y nos esfumamos de la Historia. Así lo hizo nuestro Padre de la Patria, Artigas.
Entonces, usted dirá: ¿qué tiene que ver el fútbol con todo esto? Es sencillo y es difícil de entender: el fútbol es, para los orientales, la condensación de todos nuestros deseos, de todas nuestras frustraciones, de pasiones dolorosas, de momentos de gloria, de llanto, crispación y carcajada. ¿Qué estamos locos? Quizás sí, quizás no. Otros pueblos canalizan estos sentimientos en el trabajo extremo, en la fe religiosa, en la acumulación de capital, en la guerra, en la explotación del otro. Nosotros en el fútbol.
Los ingleses inventaron el deporte del fútbol. Los orientales del Uruguay le dimos la categoría de arte, de tragedia, de gloriosa trascendencia, de religión. La cancha, el arco, la pelota, ya no son más objetos laicos: fueron consagrados a la fe de un destino inmortal y nosotros somos sus creyentes.
Y nos gustan las hazañas. Al entrar a una cancha dejamos atrás la parsimonia, la modorra de todos los días, la suavidad de nuestros gestos, la mirada tenue que provocan nuestros cielos. Dentro de una cancha somos otros. Defina usted quiénes somos. Nosotros apenas comprendemos que algo mágico nos ha tocado. Que algo nos ha transformado y nos lleva en andas hacia un destino de gloria.
Juan Irigoyen, Mundial 2014.