Otro hombre, otro racimo de orgasmos, otros besos, otra piel.

Tantas veces había presenciado esto, tantas veces vivió la misma situación, tantas veces ha sido protagonista de esta obra dirigida por una combinación de soledad, malas decisiones y traumas del pasado.

Otra vez se encontraba en el cuarto de un hotel, con un hombre del cual apenas conocía el nombre, con el ambiente oloroso a sexo, con la respiración alterada y el placer a flor de piel.

Ella se había resignado a que su historia sería la de los hombres que se van, la del engaño, el desprecio y el desamor. Decidió que si lo hombres se iban a ir de su vida sería porque ella definiría que su relación con ellos sería efímera, como una flor que empezando a abrirse se marchita; era mejor saber que la lujuria, la pasión y aquel asomo de amor que a veces brotaba tenían fecha de expiración, que cada uno tendría derecho a poseer su cuerpo un número determinado de veces, y eso era todo lo que obtendrían de ella.

Ella había aprendido a amar muy joven, y en ese momento tuvo la férrea convicción de que el amor debe darse por caudales, sin reservas, sin miedos, sin medida ni condiciones. Estaba enamorada del amor en su adolescencia, buscando que alguien llenara de cosquillas su interior, que alguien avivara el fuego que vivía en ella desde siempre.

Y lo encontró, desafortunadamente. Aquel primer amor la consumió, al punto de entregarle aquello que la sociedad le había enseñado que era lo más importante y sangrado, su virginal sexo.

Él, su primer amor, era un hombre desenfadado, analfabeto en el amor, pero experto en satisfacer sus instintos con cuerpos de mujeres que para él no valían más que el orgasmo al que le hacían llegar. Supo de ella, la sedujo y logró robarle la inocencia con besos lujuriosos.

Él sabía desde el primero momento que ella sufriría, pero qué más da, era un cuerpo más. La usó y la botó como a un objeto sin valor y sin dignidad; ella le entregó todo el amor en aquellos minutos de aquel encuentro sexual torpe, poco delicado.

A él lo siguieron un desfile de hombres iguales, que se aprovecharon de esta niña sedienta de afecto y dispuesta a entregarlo todo. Ella no sabía si era producto de la suerte, su código genético o alguna predisposición en su inconsciente, pero siempre terminaba en los brazos de algún cínico sediento de su cuerpo, pero indiferente de la oleada de amor de su interior.

Hasta que un día, en uno de los numerosos intentos por encontrar en el corazón de un hombre frío una hoguera, en uno de los muchos fracasos por sentir un latido que sintiera un amor al unísono que el suyo, desistió.

Así fue como nació ella, esta mujer que esta noche se encuentra contemplando al hombre de este rato, al amante de turno que el destino le asignó. No era una mujer sin sentimientos, como muchas veces la describían, si no que había decidido almacenar todos sus sentimientos en un cajón y evitarse el dolor que le habían causado tantas veces en el pasado.

Otro hombre, otro racimo de orgasmos, otros besos, otra piel, otra noche.

Así vivía su vida, brincando de un lecho a otro, dándole su sudor, su pasión y su cuerpo al que prometiera dejarla volar. Esos minutos y horas, ese ambiente de clandestinidad y lujuria, esos besos sin amor y ese sexo cargado de ganas, eso era su éxtasis. Era una droga que la mantenía viva, que la sumía en un estado de profunda euforia y que la dejaba vivir, apaciguando el dolor que tenía perennemente causado por los amores rotos.

Ella no era una prostituta, ni una zorra; ella era una mujer que llenaba su necesidad de amor y cariño con noches de desenfreno y pasión con interlocutores anónimos. No sabía sus nombres, y no necesitaba saberlos; simplemente necesitaba el calor de un miembro firme que deseara explorar todos sus rincones, sin respeto, sin miedo, sin restricciones. Necesitaba la atención, necesitaba saberse deseada, aunque añoraba sentirse amada.

Ella no quería amores fugaces por siempre, tenía la esperanza de encontrar a alguien que anclara en su puerto para mirar anocheceres y amaneceres, un náufrago que la volviera su hogar, un alma que necesitara de refugio. Ella sabía que la droga del sexo casual dejaba de ser efectiva; al fin y al cabo, una persona sedienta de amor no puede acallar esa sed con sorbos de pasión pasajera.

Pero ahí estaba ella. Otro hombre, otro racimo de orgasmos, otros besos, otra piel, otra noche, otra vez pensando que tal vez la próxima encontrará amor…