Preguntas y respuestas al artículo sobre feminismo. Vol II.

Comentario de autora nº #8

Buenas Marta, primero agradecer tu artículo sobre feminismo con fundamento, es todo un cúmulo de información biológica para los que estamos aprendiendo sobre el feminismo actual.
Segundo, avisar que mis conocimientos biológicos sobre la monogamia y reproducción son escasos, pero a raíz de tu comentario sobre ambos temas me nacen un par de preguntas sobre la represión y control de la sexualidad femenina (sin distinción de cultura y religión). A pesar de que la monogamia no es la mejor estrategia reproductiva sí es una buena estrategia como defensa contra enfermedades (o eso leí en varios estudios). Mi pregunta es: ¿en qué momento la monogamia se vuelve tan opresiva contra la sexualidad femenina (he añadido comentarios sobre la situación de la mujer en la India o países mayoría musulmana)? Es obvio que la religión es el factor clave, pero ¿existiría alguna explicación biológica de por qué el género masculino se comportaría de una manera tan controladora?
Si has leído hasta aquí, muchísimas gracias por tomarte el tiempo y perdón por las molestias, pero es un tema tan desgarrador que no paro de buscar respuestas allí donde pueda encontrarlas.
Saludos.

Hola. Antes de nada, y aunque parezca que no tienen nada que ver, voy a hacer una pequeña reflexión sobre los mecanismos de la evolución y los individuos (de una manera simplificada, pero importante para lo que diré luego). La selección natural consiste en que los mecanismos que hacen que uno tenga más hijos se extienden más en la población que los que hacen que uno tenga menos hijos. Si el ambiente se mantiene, y esa ventaja sigue siendo ventajosa para dejar hijos, se hace universal en la población. Eso independientemente de lo que opinen los sujetos sobre esa ventaja, les convenga o no.

Pongamos un ejemplo con la mantis religiosa. El hecho de que la mantis hembra devore al macho tras la fecundación hace que ella obtenga una gran cantidad de alimento en ese momento y eso es muy conveniente para los hijos de los dos. Esa ventaja hace que los hijos del macho sean a su vez más capaces de llegar a adultos y dejar hijos a su vez. Es dudoso que para el macho de la mantis sea especialmente agradable o interesante ser devorado tras el acto sexual. Pero lo que a él le guste o convenga es indiferente respecto a la existencia del mecanismo. Puede ser un devoto suicida masoquista o pretender escapar, pero el caso es que ese comportamiento existe en la especie y ni a él, ni a ella, se les puede culpar por ello. Como se sientan ellos es irrelevante para el mecanismo, que está presente en la especie porque llevarlo a cabo en ocasiones precedentes ha hecho que los individuos que lo hacían dejasen más hijos.

Todo esto es para explicar que los mecanismos de reproducción y selección sexual están ahí porque en el pasado fueron exitosos para dejar hijos, pero a los que los llevaron a cabo no se les puede echar demasiada culpa. Simplemente su biología les llevo a hacer determinadas cosas que les permitieron dejar más hijos, pero en el momento de llevarlas a cabo esto apenas estaba en su mente, y mucho menos pensar que ese comportamiento, por ser funcional, se extendería en la especie y todo el mundo acabaría llevándolo a cabo. No hay que “echar la culpa” a nadie.

Las hembras humanas, al contrario que las de otros primates, presentan ovulación oculta y disposición a mantener relaciones sexuales durante todo el ciclo menstrual. Eso quiere decir que, posiblemente, nuestras antepasadas mantenían relaciones sexuales con diferentes hombres de su grupo en diferentes momentos, y que les era ventajoso que no se pudiese saber quién era el padre. Posiblemente eso indica que en los grupos humanos antiguos no había un macho alfa, en el sentido que lo hay en gorilas y chimpancés. No había un monopolio del acceso sexual a las hembras por un único macho. Y que por tanto ellas mantenían relaciones sexuales con diferentes machos, no solo con el macho dominante, y se desconocía el padre. Eso seguramente hacía posible que todos los machos del grupo interviniesen en la crianza de todos los hijos, pues nadie tiene la certeza de quienes eran hijos suyos. Eso implica que algunos machos hacían esfuerzos de crianza en individuos que no llevaban sus genes, y eso hacía que estos genes no se extendiesen en la población. Pero, por lo que fuese, no se impuso como en otros primates un control de las hembras del grupo por un único macho dominante. Seguramente porque la sexualidad extendida tenía ventajas cohesivas en el grupo, como en los bonobos. Pero es obvio que es conveniente para los genes de un macho asegurarse de estar criando a la propia descendencia, y no a la descendencia de otro. Así que es fácil que, si se abría la posibilidad de que algo así surgiera, ese mecanismo se hiciese más frecuente.

De pronto, por diferentes circunstancias, las poblaciones humanas comienzan a hacerse más grandes. En esa situación, por lo que dicen diferentes estudios, la poligamia empieza a volverse inconveniente, porque las enfermedades de transmisión sexual aparecen más frecuentemente. Basicamente porque un grupo grande atrae a más forasteros. Es decir, en un grupo pequeño llega poca gente, de modo que llegan pocas enfermedades de transmisión sexual. Efectivamente, si llegaba uno enfermo, contaminaba a todo el grupo, lo mismo que en un grupo grande y promiscuo. Pero en un grupo pequeño ocurría poco, porque llegaban pocos. Sin embargo en grupos humanos grandes la poligamia empieza a ser inconveniente, pues los grupos que la siguen practicando enferman más frecuentemente y dejan menos hijos. Se empieza a extender la monogamia. Es verdad que la mujer sigue teniendo ovulación oculta y capacidad de mantener relaciones sexuales todo el ciclo, pero ahora tiende a hacerlo menos, porque los genes que te llevan a hacerlo menos han resultado ventajosos. En esta situación es fácil que comportamientos controladores de los machos, equivalentes a los de los gorilas y los chimpancés, aparezcan. El control de los accesos sexuales de las hembras empiezan a conferir a los machos las certezas de que cuidan a sus hijos (certezas desde un punto de vista evolutivo, no necesariamente para los sujetos). Estas ventajas de no cuidar a los hijos de otro se ven además reforzadas porque lo que posiblemente impedía que estos comportamientos controladores apareciesen antes, que son las ventajas para la cohesión del grupo de la sexualidad abierta (en plan bonobos) han desaparecido porque a) te has integrado en grupo humano mayor donde la cohesión se mantiene por otras razones y b) se ha reducido la tendencia a practicar la poligamia a causa de las enfermedades. Eso hace que en los machos aparezcan mecanismos de control sobre las hembras, ya que para él apenas hay ventajas de que ella se aparee con muchos machos y sí muchos inconvenientes. La divergencia de fuerza física y de tendencia a la agresión entre ambos sexos, que en algún momento también había resultado ventajosa, posibilitó además el control físico de las hembras por parte de los machos.

Todo esto, claro, son hipótesis plausibles de por qué ocurrió esto, porque ninguno estábamos allí para verlo. Y se pueden aplicar a la herencia de mecanismos genéticos y culturales (de ambos tipos, coevolucionando). Respecto a los genéticos, creo que no tardaremos mucho en poder hacer una descripción más o menos acertada del por qué, desde un punto de vista histórico, de nuestro comportamiento. Por un lado, cada vez conocemos mejor las diferencias genéticas implicadas en nuestras tendencias a comportarnos de uno u otro modo (a la agresión, a la promiscuidad, etc). Por otro lado, la secuenciación de genomas completos es cada vez más barata y, por tanto, podremos observar en tamaños poblacionales grandes la frecuencia de estas variantes genéticas. Y, en tercer lugar, la extracción de ADN de restos humanos antiguos cada vez da mejores resultados. Esto nos va a permitir conocer no solo como son las frecuencias de estas variantes en poblaciones vivas, sino su evolución histórica. Juntando estos datos con evidencias antropológicas creo que en no muchos años tendremos una imagen mucho más clara de los cambios comportamentales en la historia de nuestra especie y sus potenciales causas. Hasta entonces, tendremos que conformarnos con extrapolaciones de cómo han llegado a comportarse del modo que lo hacen otras especies. Cómo han variado los genes que, haciéndonos que tendamos a comportarnos de un modo u otro han posibilitado que algunos de nuestros antepasados contribuyesen más a las siguientes generaciones, perpetuando estos mecanismos “exitosos”.

Eso, por supuesto, no quiere decir que tengamos que dejarnos llevar, a día de hoy, por una serie de comportamientos y estrategias que sirvieron para dejar hijos en el pasado. Al igual que evitamos comer chocolate siempre que nos lo pide el cuerpo. Que estemos plagados de mecanismos que son eficaces para dejar hijos, y cuanto más sanos y fuertes mejor, no tiene que ver con el deseo de un individuo particular de tenerlos. Como para la mantis, lo mejor para reproducirse puede no ser lo mejor para el individuo. Nuestros mecanismos reproductivos y de selección sexual están ahí porque en su momento se demostraron como más eficaces que otros para dejar hijos, y eso puede apetecernos e interesarnos o darnos completamente lo mismo.

Comentario nº #9 de @eltivipata

Buenos días /en el momento en que escribo esto):
Leí tu artículo hace tiempo y lo volví a releer recientemente y me gustaría hacerte dos preguntas (si tienes a bien responderme, estaría agradecido).
Intenté encontrar opiniones de biólogos y antropólogos que tuvieran una visión opuesta a la tuya y más próxima a las corrientes feministas imperantes en la actualidad y me encontré con que, aparte de sociólogos, no parece haber muchos biólogos o antropólogos que las apoye (o existen en una proporción mucho menos a la de sociólogos). ¿Son las teorías de género una “ciencia” de sociólogos? ¿Te sientes excluída (o sientes que el campo científico que representas o al que perteneces está excluído)? De ser así, ¿cuál es tu opinión de que así sea?

Bueno, yo creo que hay diferentes manera de aproximarse al estudio del ser humano cuando uno proviene, o su disciplina, de las ciencias de la vida o de las ciencias con base humanística. La diferencia esencial, desde mi punto de vista, es que si provienes de las ciencias de la vida ves al ser humano como menos diferente de otros animales, porque no lo es en casi ningún sentido salvo en algunos detalles. Si tu foco de estudio es de base el ser humano, todas sus propiedades te parecen excepcionales y únicas. Para mí es imposible creer que el comportamiento del ser humano no dependa esencialmente de la biología, como en cualquier otra especie. Si tu campo es el ser humano, y no conoces en profundidad ninguna otra especie, te fijas mucho en las diferencias entre seres humanos y postulas causas que, claro, casi siempre serán culturales. Y de que las diferencias son culturales es fácil colegir que todo lo que explica el comportamiento humano, incluso las cosas que todos parecemos tener en común, provienen de la cultura.

No me siento excluida por científicos, porque los científicos no excluyen. Escuchan las pruebas de otros científicos, sean cuales sean, y buscan construir un conocimiento común, basado en cosas comprobables (por supuesto hay ramas del saber que excluyen que algo se pueda comprobar, y en esos casos el entendimiento es más difícil, pero todos somos personas sensatas, entendemos las raíces de nuestros campos y sus limitaciones).

Otra cosa diferente es cuando tratas con personas no científicas y no especialistas (con las que, por otro lado, es forzoso tratar porque un conocimiento que no traspasa las puertas del laboratorio no sirve de gran cosa). En esos casos no es que me sienta excluida, es que muchas veces me siento agredida. No entiendo que una persona que explique puntos de vista diferentes a los tuyos, con sus respaldos empíricos contrastables expuestos explícitamente, lleve a que le insultes o desprecies. Creo que todo deriva de la idea de que ganar en una discusión, o que el público te jalee y te apoye, implica que tienes razón. Creo que es una confusión que proviene de campos del saber en que es imposible recabar pruebas y en la respuesta válida es la que vence en un debate. Pero ese no es el camino que yo persigo, pues creo que no genera conocimiento verdadero (o, si no verdadero, al menos conocimiento útil y aplicable a resolver problemas, si es que consideramos que algún aspecto es un problema).

Por otro lado, como “ganar en un debate” es el sistema que en el día a día la gente usa como sinónimo de “tener razón”, no es raro toparse con gente que quiere “ganarte en un debate”, normalmente por cualquier medio, ya sea con argumentos ingeniosos o, más frecuentemente, insultando, o desprestigiando tu trabajo, tu sistema de estudio o cualquier otra cosa. Como si eso invalidase las pruebas, que son observables, medibles y que cualquiera que se ponga a observarlas y medirlas puede obtener. Aunque toda la humanidad dijese que el teorema de Pitágoras es falso, eso no hace que el teorema de Pitágoras no sea verdadero. Por lo mismo que el hecho de que Isaac Newton pensando que con la orina podía obtener un medio para convertir el plomo en oro, eso no deja de ser falso. La ciencia va de pruebas comprobables, no de opiniones de más o menos prestigio o más o menos comunes (puede avanzar y generar resultados nuevos precisamente porque no se para ahí, en lo establecido).

Mi última pregunta. Todas las religiones son, por definición, dogmáticas (da igual si hablamos de cristianismo o sintoísmo). En un párrafo me parece que dejas entrever que los estudios feministas son también dogmáticos (o, al menos, contienen algunos dogmas). ¿Se ha convertido el feminismo actual en una religión? ¿Es una cuestión de fe?

Ciertamente en mis escritos cometo el error de dirigirme a un feminismo muy concreto sin dejar al lector explícitamente a quién va dirigido. La verdad es que no puedo decir si el feminismo tiene dogmas, porque no hay un “pensamiento feminista” monolítico. Hay feministas que ven dimensiones de la prostitución como algo machista, y otras como algo feminista (mi cuerpo es mío y hago con él lo que me place, incluso venderlo…. Si es que de verdad lo hago libremente), al igual que hay feministas que ven inapropiado y otras apropiado el “usar las armas de mujer”. Esto es así porque el feminismo no es una herramienta de entender la realidad, sino que lleva adherida una dimensión política, que persigue unos objetivos. En ese sentido, y para lograr esos objetivos, no está claro cuál es el “camino más apropiado”. Unas pueden opinar que unos medios, otras que otros. De modo que para lograr objetivos que creo que son comunes, la igualdad de derechos, se adoptan muy diferentes caminos y posturas. Y esta dimensión política, en la que muchas cosas son opinables, contamina en parte su capacidad de comprender la realidad. Porque puede ver aspectos de la realidad que, aunque “verdaderos y comprobables” pueden parecer inconvenientes (a unas personas y a otras no, claro) en la lucha política por los derechos.

Es verdad que está muy extendida la idea de que cualquier prueba de que los hombres y las mujeres son diferentes es contraproducente para el programa político del feminismo. Yo, por supuesto, no lo creo. Creo que derechos y realidad biológica son cosas separadas, que solo se mezclan cuando uno piensa que hay algo así como “leyes naturales”. Es decir, que los derechos de cada uno dependen de las particularidades de su naturaleza, pudiéndose esgrimir que tener o no determinadas características te confiere o no ciertos derechos. Pero hasta donde sé el derecho, a día de hoy, no reside en las propiedades de los individuos, no hay “derecho natural”, sino en el hecho de ser un ser humano, ciudadano de tal o cual sitio. Con unos determinados derechos que son, digamos, un acuerdo más o menos consensuado entre todos. Seguro que alguien versado en filosofía del derecho puede explicarnos como está hoy día el debate entre derecho natural, positivo y consuetudinario.

Sea como fuere, el caso es que muchas feministas piensan que determinar que hombres y mujeres presentamos diferencias biológicas implica que alguien puede argumentar que, entonces, no tendríamos que tener los mismos derechos y libertades. Y, por tanto, se niegan a que esto pueda ser así (y esto, efectivamente, es un dogma, una verdad incuestionable). Porque lo consideran inconveniente. Yo no creo que nuestros derechos dependan, o deban depender demasiado, de nuestras características biológicas (o los gordos y los ancianos tendrían derechos completamente diferentes del resto, por las diferencias biológicas que presentan) y, sin embargo, sí creo que conocer las diferencias biológicas que hacen a que tendamos a ser de una u otra manera nos ayudarán a comprendernos y a ser más libres.

Perdona por los dos ladrillos, pero he visto que contestabas algunas preguntas referentes a tu artículo y, como no sabía por cuáles canales enviarte mis dudas, he optado por Twitter. Sí prefieres que te envié las preguntas por otro lado, házmelo saber. Si tienes la amabilidad de contestarme te pido permiso de antemano para publicar tus respuestas. ¡Saludos y gracias!