Bagdad y yo…

Leyendo las noticias sobre el nuevo ataque terrorista en Bagdad, me llegó a la mente este artículo que escribí hace casi 10 años en mi primer blog. Si digo que nada ha cambiado… me quedo corto.

Por Iván Alcántara

Hace unos días me senté en la galería de mi casa con una tasa de chocolate caliente. No es que suelo hacer esto, pero cuando lo hago lo disfruto bastante. Tomé uno de esos diarios gratuitos que por su pequeño tamaño motivan a leer más que aquellos por los que uno paga tanto, y al ver la imagen de la portada sentí lástima, pero de mí mismo.

Soy una persona extremadamente sensible, pero a la vez soy muy buen actor y algo orgulloso. Por lo que es muy difícil verme algún día sufriendo por algo, y no quiere decir que no lo esté, sino que no lo demuestro. Este tal vez es un sufrimiento mayor.

La portada del diario mostraba a una mujer musulmana llorando con una niña herida un sus brazos. Detrás de ella, edificios destruidos, coches en llamas, gente corriendo y cadáveres en el suelo. “Y siguen las bombas en Irak”, pensé y bebí un sorbo de mi delicioso chocolate. En ese instante sale Mary, la muchacha de servicio, con la manguera para regar las matas del jardín frontal, situación que Laurita, mi hermanita de ocho años, siempre aprovecha para ponerse su traje de baño y salir a mojarse. Ese día no fue la excepción. Escuché como se acercaba correteando con su particular y escandalosa voz. No me aguanté las ganas de abrazarla y darle un beso cuando la vi venir por la ventana, así que la esperé escondido detrás de la puerta y la atrapé.

Es una ironía cómo yo… soy tan poco expresivo. Laurita es mi deshago. Me es tan fácil decirle que la quiero con todo mi corazón, que verla me hace feliz y que siempre la voy a cuidar. Quizás porque a su corta edad no entienda todo lo que eso implica y así me siento más seguro.

Volví a sentarme y retomé el periódico. Cuando aprecié la fotografía nueva vez mi mente se turbó. Ya no veía otra foto más de los desastres ocasionados por la “heroica” invasión de las tropas de Bush (no de Estados Unidos) en Irak, ahora veía a una mujer (no sé de qué raza ni de cuál religión) exhausta, desesperada, buscando socorro sin poder encontrarlo porque todo su alrededor estaba en la misma o en peor situación que ella. Su niña ensangrentada (tal vez sin vida ya), me estremeció a lo sumo. Cerré mis ojos y coloqué mis manos sobre la imagen y oré: “Gracias, Señor, porque mi hermanita está jugando frente a mí. Gracias porque mi mamá está leyendo algún libro en su habitación. Gracias, porque estoy aquí y no allá. Detén la guerra Señor. Yo sé que no la has armado tú, sino la avaricia del hombre; pero ten misericordia de estas vidas”.

Fue inevitable acongojarme. Dejé el periódico y bebí otro sorbo del chocolate, pero ya estaba tibio. Por lo general la leche tibia me provoca nauseas. La bebo fría o caliente. Así que la dejé y me fui a bañar, no sin antes darle beso a mi mamá, pensando en todo lo que había aprendido en tan pocos minutos: Primero, cuando pierdo la sensibilidad ignoro la necesidad del otro; segundo, expresarle mi amor y mi cariño a otra persona siempre será ventaja para mí; y por último, más o menos entendí porqué Dios nos quiere fríos o calientes: lo tibio le repugna.

Publicado el martes 13 de febrero de 2007 a las 9:33 a.m.
Photo by BBC
Más de 250 vidas se perdieron el pasado domingo en Bagdad por los ataques terroristas de ISIS.

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