
El buda en el jardín
Se escucha una campanada.
No acude ningún boxeador.
No hay asalto.
No hay lucha.
Sólo, paz.
Podría provenir de la única iglesia del pueblo cercano; no hay más sonidos que nos separen de éste, que el trinar de los pájaros y el rumor del viento en el bosque al fondo del terreno. El oído aguzado descubre que no es así, antes de que el sonido cese. Tampoco son las de su escuela. Allí ya no las usan. Las han cambiado por discursos y altavoces y ese día, a esa hora, ya ocurrieron.
Algo en su timbre la distingue de las campanadas de este lado del mundo. Su sonido no alerta sino invita, no irrumpe ni predomina, sólo acentúa el instante. Convive con él en armonía. Se escucha oriental pero no habla una lengua diferente. Se siente más como si hablara todas las del Mundo. La que todos sentimos, pero pocos pueden explicar.
Pasan unos minutos. Nadie de los que estamos se mueve.
Yacemos inmóviles sobre el pasto, con los brazos y las piernas extendidas. Distribuidos por todo el jardín, sin más orden que el de la casualidad. Aprovechamos el sol brillante para calentar el cuerpo. El clima cambia de imprevisto en este lugar. A la distancia la escarcha aún presente en lo que acaba de dejar de ser una mancha de sombra, se sublima en vapor que sube tan lento como pasan las nubes, blancas y gordas en el cielo limpio y azul profundo al que contemplamos. El espacio que nos es común, se divide de forma natural en la suma del que ocupa cada uno con su simple presencia. La hace evidente, tangible de una manera nueva. Lo individual se define sólo ante la presencia del Todo.
El aire puro hincha los pulmones al inhalar. En el silencio se deja escuchar el latido del corazón. Al exhalar, se mira la vida ocurrir. Todo es sencillo. Reducido a su esencia es también contundente. Nada lo interrumpe. Se vive.
En la ladera de la montaña en la que estamos, el gran jardín que nos sostiene sirve de anfiteatro a las campanadas. Una hilera de setos poco más altos que una persona ocultan a la vista el lugar de donde provienen. Tampoco podemos ver el helicóptero que sobrevuela el otro flanco de la montaña en ese momento. El sonido que surge y luego pasa y se transforma, lo acusa grande y pesado; la base donde desciende sin apagarse, lo confirma militar.
Lo nuestro es una suerte de campamento, pero no es militar; en todo caso el adiestramiento aquí es sobre la vida y la paz. La escuela en la que estamos es pública, gratuita y laica, aún cuando en su único y gran salón sólo se enseñe lo que no se aprende en las que tu y yo entendemos por escuelas: El Arte de Vivir. Se nos enseña la ecuanimidad ante lo que sucede frente a nosotros y dentro nuestro. Después de todo, no importa qué sea, siempre es impermanente. Recuperamos así la paz frente a lo que es la constante: el cambio en el Todo. Con suerte y constancia, esto se vuelve la llave del vivir en Amor y compasión. La llave de mi felicidad, la de los que me rodean en este instante sobre el pasto y la tuya, pues no somos diferentes. En esencia, somos Uno mismo.
Lo que aquí se enseña, lo aprendemos experimentándolo. La experiencia propia es el mejor de los maestros. Aquí, la única Verdad es la que tú experimentas.
No hacen falta las palabras. El silencio en el que todo ocurre, no es solitario. Es un silencio acompañado, un silencio que suma, que apoya, que alienta. Es un silencio que comunica; inmersos en él, escuchamos más que sonidos. Y los sonidos que hay — el trueno distante de una nube, los apurados e intermitentes pasos-salto de un pájaro o el golpeteo de la lluvia sobre el techo de lámina del gran salón — nos remiten todos a nuestra inexorable conexión con la Naturaleza y sus universales leyes; a aquello de lo que somos parte y a lo que verdaderamente somos, ampliando aún más la experiencia a nuestro interior.
En nuestra escuela nos enseñan y practicamos a diario, tres cosas: moralidad, a dominar nuestra mente y sabiduría. En particular ésta última es la que surge de nuestra propia experiencia, de lo vivido, y no de lo escuchado o estudiado, pues es sólo con ésta que podemos cambiar los patrones habituales de nuestra mente. Los patrones por los que todos — los que me rodean en el jardín, tu, que lees esto, y yo — sufrimos sin excepción.
En el Arte de Vivir, están implícitas la liberación del sufrimiento y el poner fin a la ignorancia. Ésta tampoco es la ignorancia de la que se habla en otras escuelas. Aquí, la ignorancia es no ser conscientes de nuestra respiración, ni de nuestras sensaciones en el cuerpo. Éstas son las ventanas desde las que podemos vigilar y encarnar nuestra paz interior, mantener la ecuanimidad. Por ellas se filtra a otros el Amor que verdaderamente somos.
Es a través de las sensaciones en nuestro cuerpo, que sentimos la impermanencia. En nuestra escuela trabajamos con aquellas que asociamos a dos emociones muy frecuentes que en mucho definen la vida de todos: el deseo y la aversión.
¿Qué sentido tiene aferrarse a una u a otra, si son impermanentes, si surgen y cesan todo el tiempo? ¿Qué sentido tiene sostiene sostener el sufrimiento por aquello que pasa y no queremos, o lo que no pasa y deseamos? — Soltar, es dejar de sufrir.
Lo que nos enseñan, lo ponemos en práctica primero. Sólo después de sentirlo, se nos amplía. Esta es la manera en que hacemos nuestro lo que aprendemos y podemos llevarlo a nuestra vida cotidiana. Nada de lo que aquí se aprende, es complejo. Nada de ello quedará sin aplicarse en nuestras vidas.
Sí. Es cierto. Esta no es una escuela convencional. Pero tampoco en esas se enseña el Arte de Vivir. Aquí no hay una graduación; más bien ocurren momento a momento, cada día que sigue de nuestras vidas. Tu mismo avanzas y te gradúas, obtienes las enseñanzas, viviendo. El Arte de Vivir es una práctica de vida, no una teoría. Tiene más de 2,500 años. En particular lo que aquí se practica, viene de mano en mano y voz en voz, cuidado para mantenerse tal como fue escrito y para aplicarse a tu vida. Después de todo, fue así como lo descubrió una persona y la enseñó a muchos por más de 45 años.
En nuestra escuela, recibir el Arte de la Vida, no va de ninguna religión y tampoco vulnera a ninguna. Se brinda de forma abierta al mundo, no sectaria y libre de dogma.
A esta escuela se acude y se vive en ella por unos días, cada año. Durante tu estancia todos los detalles están cuidados. Todo funciona para facilitar tu experiencia, para observar y practicar la moralidad, suscribir cinco preceptos congruentes con la vida misma y con la humildad ante ti y los que te rodean. Todo, absolutamente todo lo que se nos pide, tiene una razón de ser, cumple una función, y se nos explica gradualmente.
En la escuela de esta ladera de la montaña, no hay relojes, y sin embargo todo sucede en el instante preciso. Cuando tiene que suceder. En el silencio que observamos en estos días, se aprende a escuchar y escucharnos. Reconoces pronto a tus compañeros por sus pasos en el corredor de las habitaciones — por demás cálidas, cómodas y funcionales -, sientes su ánimo, adviertes su intención con tan sólo estar atento a su presencia, como ellos advierten la nuestra. No se requieren señas, ni intercambios de miradas o gestos. La comunicación ocurre e impresiona lo eficaz, libre de juicios y sucinta que resulta.
Durante tu estancia el comedor sirve tres comidas diarias, sanas y hechas a partir de cereales y verduras, que aprendemos a agradecer. El menú es variado, delicioso y el recetario también es público. Los viejos estudiantes — aquellos que tienen al menos una estancia y curso acreditado, sirven en cocina, comedor, registro, aula y habitaciones. Lo hacen sin esperar nada a cambio, por supuesto. La dicha es que los que iniciamos, podremos servir más adelante.
Aquí la jornada empieza de madrugada y las luces se apagan temprano por la noche.
Durante el día, en los descansos, puedes caminar el gran jardín y notar lo efímero de las flores, pequeñas y numerosas, amarillas y moradas, que crecen entre el pasto o a los costados de los senderos por los que invariablemente caminas. Lo notas porque vas pleno y conectado con la naturaleza, con lo que acontece, y no ausente, absorto en tus pensamientos. Un tipo de flor abre por la mañana, otras sólo por la tarde. Ambas ofrecen su abundancia a los abejorros negros y amarillos brillantes que desmienten sobre el campo el mito de su pereza, cuan tu lo haces con los mitos en tu mente. La impermanencia adquiere cuerpo, se materializa ante ti, en esas mismas flores que ceden su néctar adelgazando al tiempo que los abejorros lo succionan todo en su única visita. Algunas de éstas flores viven su único día, sólo para ser parte de ello. Te asombrarás de escuchar el trinar tan musical y variado y los colores brillantes en el pecho de tan sóla una especie de pájaros en ese bosque. Afilarás tus sentidos para pescar el trino alto de un picaflor en su raudo vuelo a ras.
Por las noches, las estrellas son el premio. La luna roza el bosque.
Pero tal vez lo más importante es que en este lugar, todo lo que ocurre y se transforma, ocurre y se transforma en ti.
La campanada resuena una última vez. Se anuncia el final de un descanso.
Por un instante la escena se mantiene. Yacemos en el pasto. En paz. En aceptación de que nada, absolutamente nada es permanente. El sonido transforma la escena completa: nos levantamos para dirigirnos como cardumen pausado y en un orden que acomoda al otro, hacia al gran salón. El jardín se vacía de nosotros. El sol inicia su recorrido hacia su puesta, desde su posición más alta. Las nubes blancas de ese momento de cielo cambian sus formas y terminan de pasar. Otras grises cargadas de agua asoman del otro lado de la montaña. Las figuras que imaginaba desde el pasto en las copas de los arboles, desaparecen. Refresca con una sola ráfaga amable y sostenida de aire nuevo. No somos los mismos que salimos a descanso. Nada lo es.
- Al jardín que alberga la escuela, se llega muy fácil desde donde vengas. Pero, no te he dicho hasta ahora, dónde se encuentra, ni te he hablado durante el descanso, de los Buda que hay en él -.
- La razón es simple: el jardín está dentro de ti. Viene contigo desde que naciste, y el Buda sobre el pasto eres, en esencia, tu mismo. Al practicar el Arte de Vivir, al vivir en Amor, compasión y paz, libre del sufrimiento, encarnarás tu propio Buda -.
- La puerta a ese jardín interior está en las enseñanzas que aprendemos en esta escuela, cuando las practicas día a día en tu propia vida -. Un jardín conduce a otro, pues nada es, por separado del Todo -.
Tal vez quieras acercarte a la puerta del Arte de Vivir. Al jardín que conecta con el tuyo.
Si es así, lo encontrarás en 168 países, en 200 lugares de nuestro planeta. Si te has dado cuenta y quieres cambiar los patrones habituales de tu mente — liberarte y dejar de sufrir — para vivir tu vida en armonía sobre un noble camino, visita http://www.makaranda.dhamma.org.

Nota: este artículo se escribió en junio 2016, en el centro Dhamma Makaranda que opera en Amanalco, Edo. de México desde 2005.