La Magia de la Inocencia.

El truco de la felicidad.


La pequeña Paola acompañada de su madre, seguía siempre el mismo trayecto: girar a la izquierda al salir de casa, seguir recto, cruzar el parque para saludar a los peces del estanque, girar a la derecha al final de éste, y finalmente subir una pequeña cuesta en la que a su derecha se encontraba el colegio, pero antes siempre esperaba el mago.

Llevaba tiempo protegiendo ese lugar vestido como un mago de dibujos animados: gorro puntiagudo de fondo azul y estrellado, bata holgada y de mangas anchas y unos zapatos que parecían babuchas. Lo que le faltaba, era la típica barba blanca larga, pero la excusa era clara, ya que el mago no debía superar la treintena de edad. A cada niño que pasaba por delante, lo deleitaba con los trucos más variopintos y curiosos, que hacía sorprender tanto a los pequeños como a los más mayores. Ya podía usar juegos típicos de cartas o el conejo de la chistera, que modificaba a su manera utilizando su gorro de estrellas y sacando una salamandra o algún sapo con poderes sobrenaturales según él.

Paola quedaba fascinada con el truco que le hacía personalizado cada día. Ya fuera antes o después de entrar al colegio, ver magia en directo, le daba la energía necesaria para poder estar atenta en clase y feliz en casa, con sonrisa de oreja a oreja.

El joven mago nunca fallaba. Siempre puntual en el mismo portal abandonado que usaban para enganchar carteles de conciertos locales o de fiestas en discotecas. Pero a partir de cierto día, el mago ya no apareció. Paola pensó que querría pasar más tiempo con amigos o familia, en vez de estar gran parte del día en la calle. Aun con esa idea en su mente, no dudaba en que el mago volvería.

Los días fueron pasando, y el mago no hacía acto de presencia en su zona “reservada”. Paola decidió escribirle una carta y dejársela en el lugar donde siempre está, con la esperanza de que pasara por ahí y la leyera:

“Querido mago,

¿Cuándo volverás? Estoy impaciente por ver algún truco nuevo.

Un besito para el sapo Pepe.”

La madre de la pequeña vio extraño los días que hacía que no aparecía el mago. Así que el mismo día que Paola dejó la carta en el portal, decidió preguntar a gente del colegio si sabían algo de él. Y llegaron las peores noticias. Un grupo de vándalos atacó al chico y la magia no pudo salvarlo. Con una tristeza por alguien a quien no conocía personalmente, pero hacia reír a su hija, la madre no pudo evitar derramar alguna lágrima ante un acto diabólico y perverso.

Esa noche, la madre escribió una carta para dejarla en el portal al día siguiente. Así que cuando pasaron por ahí, discretamente, la madre dejó caer la carta, y avisó a Paola que había un mensaje para ella. Ella cogió el sobre del portal, lo abrió y leyó:

“Querida Paola,

¡No te lo vas a poder creer! Esta vez, la magia se me ha ido de las manos. ¡Conjuré mal un hechizo y ahora soy invisible! Además aunque pueda hablar, mi voz no se escucha y por eso te devuelvo el mensaje en carta. Lo peor de todo, es que no recuerdo que palabras dije para poder deshacerlo y volver a estar como antes. Me ha hecho mucha ilusión que te acordarás de mí, pero te sigo viendo cada día pasando con tu madre por aquí. Ahora debería irme para intentar conocer a algún mago veterano que pueda quitarme el hechizo, pero antes de hacerlo, quería verte otra vez para despedirme. Así que si quieres hacerlo, estoy justo detrás de ti.

¡Un mago-abrazo pequeña!”

Paola se giró sin soltar la carta y dijo:

- ¡Guau! ¿De verdad eres invisible? ¡Qué pasada!

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