De cómo la cultura se ve sometida y modificada por las leyes de mercado.

Por Eva Funes


A lo largo del último siglo hemos transitado los vertiginosos cambios y avances tecnológicos que socavan y encauzan los diferentes lenguajes artísticos sometiéndolos a su ritmo acelerado de cambio y modernización. Esta antagónica polémica se ha hecho notoria en el campo de la industria del entretenimiento — hoy una industria millonaria y masiva— que entrega incansablemente una producción en serie de obras sometidas a lo que podemos denominar “La fórmula del éxito”. Dicha fórmula se nutre de estándares que reproduce sistemáticamente, bajando la calidad final del producto y asegurándo su éxito y rentabilidad económica, puesto que ya ha acostumbrado al espectador la reiteración de sus estereotipos. Este éxito, en términos económicos, se materializa de forma cuantificable por medio de sistemas de medición creados por los mismos productores de entretenimiento. Los parámetros a los que me refiero son, por ejemplo, la cantidad de espectadores que concurre a un espectáculo, el tiempo récord en que se agotan los tickets para determinado evento, rating televisivo, los Best Sellers de literatura mundial, etcétera.

Vincent Tournier asegura que dichos resultados son sólo la muestra más clara y objetiva de los gustos del público. Asegura que la manera de democratizar el arte es poner en juego la tan conocida ley capitalista de oferta y demanda, de acuerdo a la cual el mercado se auto regula y produce mayores cantidades del “producto” más consumido y viceversa. En palabras de Tournier “Una producción cultura no comercial y de elite lleva a exclusiones y privilegios. La ley de oferta y demanda no es perfecta pero registra los gastos del público y tiende a la democratización de la cultura”. Entonces, si su razonamiento es correcto, ¿Sería correcto no “democratizar” la cultura oponiéndonos a los medios masivos de comunicación y divulgación y al consumo de dichos productos?. Con el problema así planteado es fácil caer en una falacia.

Para dilucidar esta problemática es necesario ahondar en algunos conceptos. En primer lugar poner al arte, la cultura y a la industria del entretenimiento dentro de la misma categoría es un error. En segundo lugar someter al circuito artístico al sistema capitalista o mejor dicho a la ley de oferta y demanda es siniestro. La creación artística, el objeto, la idea o la creación y expresión del artista han tomado siglos en apreciarse como invenciones individuales del mismo, sin que ellas fueran tratadas como simples productos o bienes de consumo.

Por un lado debemos reconocer que en ciertas ocasiones apreciar determinados lenguajes artísticos en su esplendor requiere que el ojo del espectador esté habituado o al menos posea un mínimo conocimiento previo sobre el tema, esto no implica necesariamente que quien no lo posea deba queda excluido de dicho circuito. Ni que el circuito artístico se convierta en un medio social concebido para y por las elites cultivadas. En este sentido, ¿No sería correcto afirmar que para democratizar realmente el arte y la cultura deberíamos mejorar el sistema educativo y elevar el nivel de instrucción medio en pos de favorecer el acceso de todos por igual a los lenguajes artísticos y sus manifestaciones?. Si democratizar la cultura y el arte es lo que se busca, la medida primordial es generar igualdad de oportunidades. Esto significa igualdad en el nivel educativo. No debe ocultarse bajo la falaz idea de que el público consume lo que lo atrae simplemente y esto es lo que debe producirse. El espectador consume lo que le indican que consuma. No tiene herramientas que le permitan elegir.

La masividad de consumo viene dada por la industria que sienta precedente e indica mediante la publicidad de los medios masivos el gusto, la estética y el producto a consumir. Asegurar que el espectador es independiente sería omitir que está sumamente influenciado por mensajes externos y artilugios de marketing bien estudiados Me refiero a que el espectador promedio tiene acceso a aquello que las grandes industrias dictan, ni más ni menos. Busca satisfacer frenéticamente necesidades inexistentes en primer lugar, persiguiendo la meta tácita de un status, satisfecho sólo cuando se adquiere el objeto de deseo implantado desde el exterior en su inconsciente. Y es esta misma problemática la que rige en la industria del entretenimiento hoy, porque no importa la calidad o búsqueda artística del producto que se está promocionando y en este caso vendiendo, sólo importa la máxima ganancia que se puede obtener de él en el plazo más corto. Esto excluye la calidad, y reproduce fórmulas que ya han probado su efectividad y serán repetidas hasta el hartazgo, de una satisfacción hedonista que solo apuntan a las pulsiones más elementales del espectador. Transformando al artista per sé, en un mero técnico que reproduce mecanismos pre-aprobados por quién financia el proyecto y se asegura de antemano en resultado, lleno de clichés, pero masivo y lucrativo. Siguiendo esta línea podemos prever que el resultado final no será en modo alguno producto del artista, en tanto creador, sino un mero resultado sujeto a estándares previos industrializados y vacios de contenido.

La Cultura y circuito artístico tuvo que recorrer incontables vaivenes para posicionarse con autonomía frente al mercado y las imposiciones de competitividad capitalista. Pero hoy ha caído presa de su reglamentación. La meta emancipadora que siempre ha perseguido el arte denota dentro de este contexto una involución que se hace visible en tanto la obra es tratada como mercancía de intercambio.




Se desvirtúa la búsqueda artística, y se subvierte el resultado, proyectándose hacia el futuro como la dominación de la cultura y el arte por el mercado capitalista, contra quién debió luchar incontables veces anteriores para constituirse. En palabras de Iuri Lotman: “La producción de sentido y de sensibilidad no puede ser jamás controlada por el mercado, ni por el estado (…) aún cuando sea innegable que la lógica del interés y el lucro tiñe el conjunto del entramado social.”

En tanto es un hecho notablemente claro que tanto la cultura como el arte propio de una nación necesita para su desarrollo y evolución tanto el apoyo del estado, como de las instituciones y como un financiamiento económico, es también evidente que el mismo no debe condicionarla ni cercenarla. No debe continuar exacerbando un nacionalismo de tipo intelectual ni artístico, ya que el mismo no hace más que limitar su potencial del mismo modo que las leyes de mercado.

La finalidad última del cultivo y meta de la cultura y el arte es justamente convertirse en un medio y lenguaje accesible a todos, aún si ello mismo implica tener que levar los estándares establecidos de la educación e instrucción, constituyendo un sistema educativo eficaz, promocionando la lectura, las visitas a los museos, etcétera.

Esta tendencia se verá siempre en detrimento, en tanto y en cuanto el mercado siga fagocitando a todas las áreas existentes. El arte peligra siempre que quiera ser convertido en un bien de intercambio y consumo inmediato. O cuando esté sometido a valores nacionalistas que fomenten nociones de conservación de soberanía arcaicas.