Esto es el diario de un ayuno comenzado el nueve de febrero de dos mil catorce. Tal ayuno no persigue otra finalidad que la de encontrarme bien y no tengo una fecha prevista para su finalización. He escrito también algunas consideraciones básicas sobre el ayuno.

Primeras 24 horas: la decisión de ayunar viene de días atrás. Para el día 9 tenía previsto participar en una fiesta gastronómica así que elegí comenzar el ayuno tras ese evento. Probablemente a algunas personas que me lean les parecerá una barbaridad entrar en una fase de ayuno así de repente y no les quito ni les pongo razón. En todo caso, es algo que he practicado en bastantes ocasiones y, personalmente, no tengo problema alguno en obviar todo tipo de preparación. Decidiendo dejar de comer puedo mantener sin mayor problema esa decisión. Estoy acostumbrado a ello. Puedo comer de forma abundante si es necesario o pertinente y también puedo saltarme una comida sin mayores contratiempos. Dejar de comer un día entero también me resulta relativamente sencillo. Probablemente mi cuerpo y mente afrontan con naturalidad estas situaciones.

En el momento de escribir estas lineas llevo tan solo 21 horas sin comer. Por el momento, todo bien. Bebo agua destilada, he tomado café (siempre lo tomo sin azúcar) y tampoco he renunciado a la compañía ocasional de alguna dosis de nicotina. Debo aclarar que fumo hojas de tabaco natural (no cigarrillos).

Ingiero también un complejo vitamínico (sin hierro) y otros suplementos como resveratrol, quercetina y s-adenosil metionina. En cuanto a estas elecciones me he decantado por los de la Fundación Life Extension porque, aunque parezcan relativamente caros, son una garantía de la máxima calidad. No se entienda esta acotación como publicidad encubierta. No estoy usando un enlace de afiliado ni cobro por mentarlo.

Mi peso actual es de 72 kg (altura 1,86 m.)

En resumen: me encuentro bien. Experimento una ligera sensación aumentada de los latidos cardíacos y la necesidad de cepillarme los dientes. Eso es todo.

Día 2: este día es, desde luego, mucho más interesante. En primer lugar está la brutal constatación de que un día sin comer es inmensamente largo. A esta percepción contribuye, sin duda, la cuestión de que empleamos bastante tiempo en satisfacer esa función. Así que el día dispone, de repente, de un par de horas extra; o algo más. En el momento de escribir esto no he alcanzado ni las 12 horas de este segundo día. Y si, ya puedo adelantar que es bastante largo.

A lo anterior hay que sumarle excitantes reflexiones sobre la voluntad. Debo confesar que no me resulta especialmente complicado mantener la decisión de no comer. Pero también reconozco que la autopercepción de cada individuo puede ser muy diferente. En mi caso no tengo una gran identificación con el cuerpo físico. Dicho de otra forma, me siento otra cosa: un ente que observa o presencia el mundo físico. Esto hace que el factor voluntad no represente algo que pueda acercarse al concepto de lucha. El cuerpo tiene sus costumbres, pero yo he tomado una decisión. No es especialmente problemático. Conservo el recuerdo de tal decisión y sus motivos. Al no haber lucha, el cuerpo simplemente se deja llevar; aunque soy consciente de que sus deseos están ahí. Podría cocinar para otras personas. No rechazo ver comida. Ni siquiera el escaparate de una pastelería. Tengo hambre pero también una decisión cuyo valor es mayor para mi. No hay problema. Prosigo.

A punto de terminar el segundo día, el tramo ha sido algo más complicado: debilidad, mareos (ojo con levantarse deprisa), un puntito de dolor de cabeza. Aún así salí a caminar un rato. Estas son las desgraciadas sensaciones de las personas que no disponen de comida. Si no provienen de un acto voluntario, son el producto de una estafa. Nadie tendría que pasar hambre involuntariamente en este mundo. Y esto es algo que no hay que olvidar ni relegar a la bolsa de la indiferencia pasiva. El escenario social del mundo lo construyen los deseos, las motivaciones, la imaginación y las pequeñas acciones cotidianas de cada uno de los individuos que comparten un mismo espacio y tiempo.

Día 3: aunque el día empezó en condiciones “delicadas”, tras eliminar una estupenda cantidad de adoquines intestinales empiezo a ver la luz. De hecho, lo estoy celebrando con un buen café y una pipa.

Doce horas del día 3 y todo bien. Incluso me he permitido preparar una pasta dulce de mijo para dos indígenas. Me la hubiera comido yo pero, claro, estoy ayunando así que no me he chupado ni un dedito.

Día 4: amanecí algo debilucho pero me estoy pasando el día caminando. Me he entregado en plan científico a ver y oler comidas ajenas. Hasta le pedí a alguien que me dejara oler su bocadillo. No pasa nada :-) Debo ser medio vulcaniano. Tengo una decisión tomada y la puedo mantener sin problemas. Eso sí, el cuerpo este se hubiera comido el bocadillo sin remordimientos. Por otra parte, la característica de hoy es “frío”. Siento más frío de lo normal pero nada que no pueda arreglarse con una chimenea encendida.

Día 5: hoy ha tenido lugar el “cambio de agujas” metabólico. El cuerpo ha empezado a utilizar la grasa corporal para fabricar glucosa así que todos los sistemas se han alegrado mucho. Como consecuencia me siento fuerte y activo. Puedo andar rápido, correr y la mente aparece despejada y pletórica. Es lo que cabía esperar. Y este estado puede prolongarse muchos días (incluso semanas) más, dependiendo de la complexión de cada cual.

En consecuencia, me he ido a recorrer el mundo cercano. Craso error. Parece que la gente tiene tendencia a agasajarme inmerecidamente. En contacto con la población indígena no he tenido más remedio que aceptar unos vasos de una especie de vermú. Como era previsible, el mejunje (buenísimo) contiene una más que apreciable cantidad de azúcar. Y esto, además del cebollazo que produce, cambia totalmente el panorama.

Me explico. Si estás ayunando, no tomes nunca algo que contenga azúcar. En principio todo va bien porque la glucosa incorporada te pone más eufórico aún, si cabe. Así que, entre vaso y vaso, mucho socializar, muy simpático todo, pero a la hora y media tienes un bajón de no te menees. O sea, un hambre atroz. El cambio de agujas, a la mierda. El cuerpo vuelve a reclamar glucosa fácil desesperadamente. Así que, sin más paños calientes, decidí terminar este experimento.

Peso final: 69 Kg.

Parte positiva: tras unos días de ayuno todo sabe de maravilla.

La vida es así. Conviene disfrutarla.

Espero que hayais disfrutado este pequeño artículo.

FIN

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