El Autorretrato (3)

Un par de horas más tarde, el alguacil Enzo de la policía de Florencia llegaba en carruaje al lugar del incendio. Enzo era de contextura delgada, de aproximadamente un metro con ochenta centímetros, pelo escaso que amenazaba con mostrar cada vez más canas. De unos 45 años, todavía conservaba una muy buena condición física gracias a su entrenamiento militar durante su juventud. Excelente nadador y se jactaba de poder contener la respiración por 5 minutos exactos.

Su ayudante, Eusebio, un pequeño pero macizo Toscano lo estaba ya esperando con una cara más de dormido que de despierto.

-Hola jefe, ¿qué lo trae por aquí tan temprano? Preguntó socarronamente el ayudante.

Enzo lo miró fijamente como si fuera a patearle el trasero

-Espero que sea muy buena la razón por la cual me hayas hecho venir a estas horas de Dios, dijo.

-Pues verá jefe. Iba a pasar esto como un accidente doméstico. Usted ya sabe, alguien dejó la chimenea encendida, el fuego alcanzó alguna cortina o mueble antiguo y bueno, el resto es historia; pero creo que aquí hay gato encerrado. Apuntó Eusebio.

-Espero que cuando dices “gato” no te refieras a la mascota de la casa. Espetó Enzo enarcando una ceja. A menos que sea un gato pirómano, guiñó un ojo a modo de complicidad

-Pues no, algo un poco más extraño que eso. Venga conmigo

Eusebio condujo al alguacil entre los escombros humeantes, de los cuales sólo quedaba en pie la chimenea de ladrillos rojos.

-Camine con cuidado, jefe, todavía hay tizones calientes

Hacia el centro, en un montículo de madera quemada se encuentra una sección de lo que fuera el techo de la vivienda. Eusebio procede a levantar trabajosamente el mismo y lo tira a un lado alzando una densa nube de ceniza. Cualquier rastro de sueño o cansancio acumulado que tuviera Enzo hasta ese momento se disipó brutalmente, sus ojos se abrieron y los vellos de su nuca y brazos se alzaron en respuesta al corrientazo eléctrico que cruzó su cuerpo, ocasionado por lo que estaba mirando. Dos cuerpos carbonizados, irreconocibles con pedazos de carne y piel todavía colgando de partes donde se apreciaba el hueso desnudo y ennegrecido. En esos huecos donde hubieran estado sus ojos, quedaba únicamente un espacio vacío que daba un aspecto cadavérico a los ya espectrales restos. Uno de ellos yacía boca arriba, con una de las vigas del techo atravesándole las entrañas justo debajo del esternón, como si de una mariposa en exhibición se tratase. Parte de sus vísceras quedaba a la vista, semi quemadas por el fuego.

Reponiéndose a la primera impresión, Enzo se dirige a su ayudante:

-Qué manera más trágica de morir, pobres almas

-Así es jefe, justo lo que uno desea ver antes del desayuno, ¿eh? Dice Eusebio

-Puedo decir adiós a mi desayuno y mi almuerzo juntos… Pero aparte de echarme a perder el apetito, ¿por qué me has hecho venir? No me parece nada fuera de lo ordinario.

-Hay otro cuerpo más al otro lado de la casa. Dos mujeres y un hombre, todos jóvenes. De acuerdo a los vecinos eran nuevos en el pueblo y se dejaban ver poco en público. Una pareja de unos 35 años y su hija de 17. Aclara el ayudante.

-Te sigo, continúa; dice el alguacil.

-Pues lo extraño del caso está en esto. Replica Eusebio, y dirigiéndose a uno de los cuerpos, procede a abrirle la boca con los dedos.

-Bueno, replica Enzo asqueado, adiós a la cena también

-Mire jefe, mire la lengua

Enzo se acerca poniéndose el pañuelo en la nariz y puede observar que de hecho. No quemada, sino morada como si hubieran tragado tinta.

-Todos los cadáveres están igual, dice el ayudante, los tres

-Rara coincidencia, piensa Enzo para sí. Esto no es efecto del fuego.

-Que recojan los restos y los lleven a la morgue. ¡Quiero un reporte completo para mediodía! Ordena el alguacil y se monta de nuevo a su carruaje. A la estación, indica al conductor, rápido.

-Claro, a mí me dejan los trastos sucios, dice Eusebio. Peor aún, quemados en este caso. Porca miseria!