Descansábamos al costado de una calle de tierra en Chaquiago, una pequeña localidad de Andalgalá, provincia de Catamarca. Habíamos elegido ese lugar para detenernos a preparar unos mates porque sí, porque la vista era linda y no había nadie, porque justo vimos un manchoncito de pasto tentador. El camino de tierra no parecía durar mucho más, haría uno o dos recodos a lo sumo. Estaba atravesado por una pequeña acequia que traía agua de unos piletones de más arriba y era desviada por surcos para el riego de las plantaciones: nogales, duraznos, ciruelos, membrillos por doquier inundaban el aire de un fresco y penetrante dulzor.

A nuestra derecha unos alambres nos separaban de otras tierras que ya habían sido cosechadas y ahora parecían descansar, a la espera de un nuevo ciclo de siembra. El sol se ponía con decisión, pero todavía calentaba fuerte los cuerpos y todo el paisaje. Cuando Ignacio Tito nos salió al paso y nos sacó charla, con su habla ligera y lugareña. Apoyado en su bici, nos preguntó de dónde veníamos y nos recomendó un sitio cercano “desde donde se puede ver toda Andalgalá”. Teníamos que rodear los piletones y subir un poco más. Ignacio vive en Chaquiago desde chico. Antes, con sus padres, vivía más cerquita del cerro, al pie mismo. Su papá se había venido desde Belén. “En esa época todos trabajábamos la tierra. Ahora somos muy pocos los que sembramos. Cada vez se la trabaja menos”. Lo mismo nos diría unos días después don Ávalos, un vecino belicho que cruzamos subiendo un cerro no muy alto, en el departamento de Belén. En seguida mi mente linkeó con una idea del filósofo Ranciere que había leído por esos días: “El trabajo no ha desaparecido, pero ha sido despojado del poder que lo convertía en el principio material existente de un nuevo mundo”. ¿Cómo se anexionan estas comunidades chicas de las periferias a las dinámicas propias del capitalismo? ¿De qué forma llegan hasta los últimos rincones del país las fuerzas invisibles del mercado global? Tal vez esta disminución del trabajo sobre la tierra de la que hablan Ignacio y Ávalos se vincule con esa intuición de Ranciere, esa pérdida del valor aglutinante del trabajo como forma de construcción de un mundo en común. Le ofrecimos un mate a Ignacio pero no quiso. Mientras nos hablaba agarré el celular y le saqué una foto disimuladamente, desde el suelo. Tenía el sol detrás y el efecto contraluz que se generaba sobre su cuerpo me pareció muy bello.

La saqué a tientas. Después, cuando la vi, me impresionó un poco: estaba mejor que si la hubiese buscado. Antes de despedirnos le preguntamos por su apellido. Sonrió y nos comentó que provenía del Mariscal Tito, el político y militar yugoslavo que gobernara los destinos de ese país gran parte del siglo veinte. Los periplos de la migración en Argentina son tan llamativos… Le agradecimos la charla y lo vimos alejarse en bici sendero abajo. Nosotros vaciamos el mate, nos levantamos y fuimos a buscar el mirador recomendado por Tito, cerca de los piletones. Cuando llegamos el sol terminaba de ponerse detrás de los cerros. Lo contemplamos, agradecidos y en silencio.

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