Notas improvisadas de (¿ingenua?) serenidad

Detalle de “El juicio final”, de Miguel Ángel

No nos asustemos porque anoche Trump haya resultado ganador. Ese hecho es solo un buen retrato de la composición actual de la ciudadanía de EE.UU. Una mayoría de hombres blancos mayores de 45 años –y minorías de hombres y mujeres afroestadounidenses y latinos autodestructivos– quisieron seguir en el viejo rumbo de racismo, xenofobia, patriarcado, misoginia, fundamentalismos religiosos, negación de hechos demostrados –cambio climático, evolución–, fascismo, vulgaridad, empoderamiento de la ignorancia, matonismo individual y colectivo, etc… El mundo entero parece haber concretado su paso a una nueva etapa: ya no vivimos en la realidad, sino en un reality show. Habrá que asumirlo así y adaptarnos.

Quisiera pensar que Europa y otras regiones podrán ser un contrapeso ilustrado más fuerte de aquí en adelante. Pero no lo creo. Brexit, el auge de ultraderechas, neofascismos, etc., abunda. También en Costa Rica, empoderado por los últimos sucesos, podría mañana saltar al escenario otro Trompeta apocalíptico y llevarse fácilmente nuestras próximas elecciones. No nos sorprendamos, tampoco sigamos pensando pasivamente que es imposible. Hoy es totalmente posible, y, más aún, incluso probable. Si algo nos ha enseñado la historia de las religiones es nuestra inveterada capacidad para creer estupideces a punta de pánico. Nos fascinan los falsos mesías y, convencidos de que lo son, felizmente los seguimos al infierno (lo que siempre significa: construimos infiernos aquí en la Tierra).

También quiero pensar que todo esto es una gravísima recaída del mundo antes de una gran renovación de la salud. Posiblemente solo sea wishful thinking, sin apoyo en hechos duros. Aunque también es posible que en un par de décadas los hechos nos sorprendan positivamente.

¿Qué pasará en los próximos años? No tengo idea. Pero tampoco me da pavor: el miedo paraliza y enturbia la lucidez en la toma de decisiones, individuales y colectivas, cotidianas y trascendentes. Ante una causa súbita de temor, un mamífero promedio como nosotros ataca o huye. Ambas acciones pueden ser un error. Por eso, esta ausencia de pavor que siento hoy no me parece conformismo. Al contrario, es una apuesta a que lo más indicado es seguir cada uno nuestra vida defendiendo y viviendo según lo que seguimos considerando correcto: la igualdad en todo sentido, la equidad, la inclusión, la acogida del Otro, la sensatez, la decencia, el conocimiento, la solidaridad, la generosidad.

Nada, claro, evita que este sea un día triste. Devastador, incluso.

Sin embargo, en poco tiempo, con mejor educación y una diseminación cada día más voluminosa de conductas inteligentes, esa mayoría de hombres blancos mayores de 45 años que le dio el triunfo a Trump ya no va a existir. Al menos no como mayoría. Y al menos si no colaboramos a que surjan otros iguales o peores en el contexto en que cada uno de nosotros habite.

Sinceramente no creo que, proporcionalmente, haya hoy en día más de estos imbéciles que en otras épocas; hoy, eso sí, son infinitamente más visibles, e inmediatamente visibles; y si encima son “estrellas”, como se ha llamado el Trompo a sí mismo, pues al parecer pueden hacer lo que les dé la gana y no pasa nada. Es solo otro rasgo más del reality show en que hemos convertido la realidad; aunque, de nuevo, no olvidemos que el Trompeto no es la enfermedad, sino un síntoma.

Otro gesto mínimo, pues: no votemos por Trompetas, ni siquiera fomentemos su surgimiento, no les demos publicidad gratuita, no los escuchemos, dejémoslos gritar en el vacío: Narcisos sin Eco.

Vayan, entonces, abracen y besen hoy a todos sus seres queridos, revuélquense en el suelo con sus perros y gatos, embóbense ante el cielo azul, respiren muy despacio, bailen, canten a chorros. Parece el fin del mundo, pero no lo es. El mío, por lo menos, se recompone cada vez que doy un abrazo sincero o me muero de risa.

En fin, que no hay nada nuevo en que las trompetas del Apocalipsis anuncien el fin del mundo. Esa es más bien una antigua tradición humana universal. Pero no por eso debemos creerles. Dichosamente, al mismo tiempo, en todas las épocas, también ha habido millones de humanos que, al borde de todos los precipicios, han seguido soñando y haciendo mejor el mundo. Cada quien debe decidir –y demostrar con sus actos cotidianos– a cuál de esos dos grupos quiere pertenecer.

(En cuanto a EE.UU.: cuatro años podrían ser suficientes para dejar en sobrada evidencia, incluso para sus seguidores, que el Trompo era efectivamente un desastre natural, huracán catastrófico, y para que el partido demócrata se rehaga con rediviva cordura… Y tal vez Bernie Sanders todavía tendrá fuerzas para empezar de nuevo.)

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