¿Qué se siente salir de los 30s?


Acabo de salir del decenio de los treintas. Algunos le dicen la “mejor” mitad y tal vez es cierto. Recuerdo que cuando cumplí mis treinta la vida era muy diferente, algunas razones son obvias y otras no tanto, pero definitivamente uno ve diferencias marcadas entre ambas épocas.

Como sea, tengo una perspectiva poco usual de lo que se vive entrando a las cuatro décadas, porque aunque el reloj marca ésta edad, sigo viviendo intensamente –todavía- junto con la generación que sigue y no con la que me tocaba. Paso mucho de mi tiempo con el grupo de los de treinta y tantos, algunos inclusive que no llegan todavía al tercer piso. Novias, amigos, círculos sociales con los “millenials” han sido la norma para mí de unos años para acá.

Esto es una especie de encrucijada extraña y solitaria donde la vida me pone expectativas que le tocan a los de 40, pero yo me siento en un ambiente de 30. Dos fuerzas contrarias que me tiran de ambos brazos. Soy el viejo en piel de joven de mi grupo y en el fondo, es algo que aprecio porque ellos no me han dejado convertirme en el arquetipo del cuarentón promedio.

De hecho, no podría sentirme más lejos de mis contemporáneos, cuando los veo casados o divorciados, papás full-time, con sus prioridades fijas en el trabajo, la escuela de los hijos, las apariencias, las deudas y el plan de pensión. En resumen, muy señores mientras a mí me gusta salir a tomarme una birra entre semana. Tengo buenos amigos de mi generación evidentemente, pero ellos no tienen mucho tiempo porque –y los entiendo perfectamente, yo estuve ahí- la cotidianidad consume todo.

Me siento más cómodo con la libertad y despreocupación de los de treinta y tantos.

Pero bien, dado que soy lo que soy, un cuarentón con alma de treintón, ¿cómo veo yo las diferencias entre empezar y terminar este período tan crítico en la vida?

Para empezar, con el tiempo uno acumula dolores y molestias que antes no tenía o simplemente no importaban. El botiquín de la casa es ahora tan importante como el pan de cada día.

Conforme los dolores de cuerpo tardan más en recuperarse, las heridas emocionales toman menos tiempo en sanar. Curioso.

A los 30 se come y toma sin pensar, ahora un mínimo error de cálculo en la cantidad o calidad y uno lo paga caro con desórdenes digestivos o aumentos de peso. Sí, el metabolismo anda a paso de tortuga y uno lo nota.

Eso me recuerda que a esta edad uno hace ejercicio, cada vez más por cómo me hace sentir y, cada vez menos por cómo me veo. El espejo va perdiendo relevancia e irónicamente nunca he estado más en forma que ahora. Toma eso “Yo” gordo de 30!

Trasnochar sin consecuencias no es una opción. Es como si hubiera perdido la capacidad cerebral y una manada de cebras me hubiera atropellado.

Cada vez busco más inspiración en el pasado que en el futuro. Lo vivido se vuelve la plataforma de ataque para el presente y el futuro preocupa menos. Muchos de esos planes de vida que agobian a mis amigos, ya se hicieron a estas alturas.

Los besos pasan de ser fuertes, un poco torpes y rápidos -cómo no, si la prioridad es “cerrar el negocio”-, a ser más tranquilos, pausados, mejor pensados. A veces, dejando suficiente lucidez hasta para usar las manos en caricias que complementen el momento y no estrujando carnes. El sexo anda en esos términos también, por lo que uno valora más relaciones estables que canas al aire.

Antes, a los 30, uno era apasionado en casi todo. Las discusiones eran largas y acaloradas, todos creen tener razón y quieren convencer a los demás. Ahora eso lo veo muy poco práctico y trato de pelear lo menos posible. Cada loco con su tema, se vuelve un mantra.

Mis papás pasan a ser otra vez “cool”. Pasamos de querer vivir lo más lejos posible a sorprendernos más seguido quedándonos a tomar café y conversar.

Vemos que a pesar de que todos los días la tecnología provee nuevas herramientas para estar conectados, las necesidades e instintos básicos de la gente no cambian. Quiero conocer de verdad a las personas, no sólo agregarlas a Facebook.

Hay mucho más, pero al final del día todo se resume en qué lindo fue tener treinta.

Hay más energía y disposición para hacerle frente a la vida y sacarle el jugo. Me devolvería ya esos diez años si pudiera, pero nunca al costo de renunciar a lo que ahora sé. Es en esa década donde aprendí las lecciones más duras y valiosas.

Como sé que no es posible hacerlo, quiero tener siempre este espíritu de treintañero que la vida me da la oportunidad de tener y que sean esos amigos, a los que aunque les lleve ventaja en años e historias, los que me ayuden a mantener la edad a raya y me transmitan esa energía y manera de ver la vida siempre, o al menos hasta donde dure.

Me pregunto cómo será en diez años, cuando ellos tengan 40 y yo 50?

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