¿Por qué apoyo el movimiento ni una menos y aún así no me considero feminista?

Esta nota va a ser muy personal, y entiendo que mi perspectiva puede no representar a todo el mundo desde un punto de vista genérico o sexual, pero me debo a mí misma esta nota ya que mis intentos anteriores de explicar mi punto de vista sobre este tema han resultado bastante infructuosos.

Yo respeto mucho la causa feminista, porque entiendo que en una época no había otra forma en que los derechos de la mujer se empiecen a respetar que la de unirnos como mujeres bajo un mismo estandarte.

Las mujeres teníamos miedo a la falta de solidaridad entre nosotras, teníamos miedo de que si nos animábamos a decir «esto no me gusta» o «pienso que tengo derecho a esto» nuestros maridos nos dejaran por otra más sumisa; y entonces tuvimos que atrevernos a decir «me juego por mis derechos incluso si a los hombres no les gusta» y preferimos correr y a veces hasta elegir estar solas para poder respetar nuestra causa.

Yo entiendo que porque este nuevo movimiento antagonizaba con el área de confort masculino, los hombres y las mujeres pueden haberse sentido un poco rivalizados (cada mujer que desde entonces sabía que algunas cosas no eran justas, incluso si no era feminista, sentía necesidad de reclamo hacia el hombre).

Pero es acá cuando se pone interesante la cosa. Cada vez que se habla de igualdad de género recuerdo una frase que me gusta mucho y dice:

«Que por cada mujer que da un paso hacia su libertad, haya un hombre que redescubra la suya»

Puede que el movimiento feminista haya sacado al hombre de su área de confort pero no creo que el hombre ni siquiera supiese cuan infeliz era en ese área: cuando vemos series o películas de los ‘30 o de los ‘50, donde los hombres proveen y las mujeres son amas de casa no nos damos cuenta de que al igual que en la figura de la mujer, en esa escena, hay una enorme cantidad de opresión en el hombre también, en estructuras mentales como que si le gusta el arte debe ser gay, si no gana mucho dinero no se merece una buena mujer, si muestra sus sentimientos es débil, si es fiel o consulta con su esposa es un pollerudo. Lejos de expandir el significado de la masculinidad, los conceptos de hombre y mujer previos al movimiento feminista eran bastante limitantes y a pesar de que seguramente debería haber algún nivel de satisfacción en esta sensación de cumplir con los mandatos sociales y familiares (en ambos géneros), pronto para la mujer dejó de ser suficiente porque no se correspondía con su necesidad de expansión. Un ejemplo de esa insuficiencia era la cantidad de casos de mujeres que no podían tener un orgasmo o aquellas a las que se las denominaba «histéricas» y el tratamiento era que un médico las masturbara (parece increíble pero esta práctica era normal). Traigo a colación estos ejemplos sobre la vivencia sexual de la mujer porque en la sexualidad el factor psicológico es muy importante y así como la infidelidad sistemática es la evidencia de problemas vinculares no resueltos (y por infidelidad no me refiero a la libertad del deseo sino a la necesidad de ocultar ese deseo debajo de una mentira, de no poderse atrever a asumir ese deseo libremente y lastimar a quien elegimos para construir una relación), de la misma manera la frigidez o insatisfacción sexual es una clara evidencia de propuestas vinculares que no le resultaban edificantes o sanas.

El resultado de todo ese cambio a un nivel más íntimo es que hoy por hoy, la mujer puede pagar la mitad (o la suma total) de una cena, un cine o incluso un telo, sin que el hombre se sienta desmasculinizado. Pero no todos los hombres se sienten así bajo esas circunstancias, los hombres que pueden tener una relación verdaderamente íntima con una mujer independiente son aquellos que lejos de creer qué; que la mujer pague, los hace sentir menos (y les haga sentir que están compitiendo por su poder… para ser extremadamente cruda, que una mujer pague hace no se les pare) o que piensen que la mujer independiente merece ser celebrada pero desde esta lógica de «me conviene económicamente y no tengo que abrirme a ella ya que libertad femenina significa que su acercamiento hacia mí es puramente para satisfacer las necesidades biológicas que ya tiene asumidas», en definitiva evadiendo su propia necesidad de apertura emocional y conexión; recapitulando aquellos hombres capaces de construir intimidad con una mujer independiente saben que la mujer que paga es aquella que entiende cuanto les cuesta conseguir ese dinero a ambos y quiere mostrar cuanto valora que ese esfuerzo se elija gastar con ella, que asume su responsabilidad y compromiso en el mundo real y no sólo en la burbuja del mundo íntimo y que también quiere poner el fruto de su propio esfuerzo en esos momentos juntos.

Puede haber parejas libres y sanas que eligen ser él proveedor y ella ama de casa? Seguro que sí, pero no porque no saben que tienen otra opción, sino porque sabiéndolo, eligen esta; y eso es algo que se le debe al movimiento feminista.

Los años pasaron y esas estructuras prejuiciosas aún siguen en algunos de nosotros, pero ya sabemos a nivel colectivo que tenemos otra opción, que incluso a nivel legal e institucional se reconoce la importancia de defender y proteger los derechos de la mujer. Para ser completamente sincera, la palabra feminista me genera muchísimas preguntas, porque a un nivel lógico superior, en el cual mi amor se extiende a todos los seres humanos por igual, ser el «ismo» de un sólo lado del genero me parece una falta de respeto a ese amor universal que me habita, pero si el feminismo se atreve a redefinirse y empieza a buscar protección para las víctimas de abuso (sin importar el sexo de la víctima), igualdad en las licencias por maternidad y paternidad, etc. En definitiva, si el feminismo puede ponerse a la altura del amor universal y empezar a enfocarse en puntos de unión, generando políticas culturales que reeduquen un hombre nuevo, así como educaron a millones de mujeres nuevas, entonces por la gratitud y gran valoración que tengo por todo lo que ese movimiento ha hecho por nosotras, con mucho gusto y orgullo me llamaría feminista. Tal vez cuando el feminismo se ponga en servicio de ese tipo de construcción, ya no se llame más feminismo, se llame ser mujer.

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