Una historia sobre las resistencias

Este artículo más que un artículo es un testimonio personal, es abrir mi mente y mi corazón y dejar que decanten en palabras. Puede ponerse denso o incomodo por momentos, puede despertar juicios y prejuicios pero considero que atreverme a hablar de esto es uno de los puntos más altos de este largo camino de crecimiento personal.

Siempre me he sentido más cómoda en mi vida con amigos que podrían ser considerados ”hippies” o artesanos, la razón por la que esto sucede es porque a pesar de haber crecido en el campo de mi familia (lo cual en la idiosincrasia argentina eso pre-establece muchas suposiciones sobre una persona a nivel social), también fui criada ideológicamente socialista, lo que generaba bastantes paradojas y conflictos en mí acerca de si debía verme como parte de la solución o el problema en lo que a conflictos sociales se refiere. Mi grupo de amigos nunca me juzgaron, no les importaba de dónde venía sino lo que pensaba, e ideológicamente debo reconocer que pensábamos muy parecidos. En la adolescencia yo admiraba al Che, había leído sus diarios de ruta y me habían volado la cabeza, aunque reconocía un conflicto con la apreciación que también en tenía por el pacifismo, pero cuando uno quiere «arreglar el mundo» y es joven, la violencia ante los «culpables» resulta sumamente justificable.

De hecho creo que el 50% de la culpa con la que viví se debió a mi educación religiosa (la opción más común para muchos) y el otro 50 a mis ideas de izquierda. Por ende tener amigos hippies era de hecho juntarme con gente cuya resistencia al materialismo era similar al mío.

Antes de seguir quiero aclarar que cuando digo campo no me refiero a 1000 hectáreas o más, no éramos terratenientes, pero tener apellido de campo en un pueblo de 800 habitantes no hace nada para disipar las ideas referenciales de cómo uno debe ser. Nosotros éramos chacareros tratando de sobrevivir y sacar a flote una herencia contra todos los desafíos naturales (como la famosa inundación de los ’90) y los desafíos económicos (como el famoso menemismo de los ’90).

Retomando el tema de este artículo, les cuento que crecí en una realidad muy contrariante cuando se trataba de hallar mi lugar en el mundo, ser llamada cheta era el equivalente en mi cabeza de ser llamada burguesa, pero en un pueblo pequeño de la provincia de Buenos Aires (e incluso también en CABA) venir de una familia con campo o vivir en Recoleta es sinónimo de ese calificativo. Aun me cuesta un poco hacer las paces con los placeres que el mundo material tiene para ofrecer (a veces público fotos de lugares lindos a los que he ido y debo admitir que me da un poco de incomodidad interna), sé que no hay nada de malo en las experiencias que he vivido pero hay algo en mi mundo sensible que aún no me deja disfrutarlo del todo y me hace sentir egoísta.

Es curioso, en pocas cosas coinciden el catolicismo y el comunismo, pero la idea de que el disfrute material es malo dependiendo de quién lo posea, es algo que a lo largo de los años he notado que tienen en común. Respecto a las resistencias que tenía al materialismo desde la mirada católica, creo que no sorprendería a nadie diciendo que se correspondía a permitirme vivir mi sexualidad en paz; compromiso y búsqueda que empecé a asumir conmigo misma casi entrando en mis 20s y sobre el cual ya he escrito algunas cosas.

Pero cuando se trata de la ideología política es mucho más complejo, primero que nada porque consiste en encontrar formas justas de organizarnos socialmente contemplando el territorio y los recursos, por lo tanto resulta inevitable considerar que (dado que la sociedad, el territorio y los recursos pueden cambiar) los sistemas deben hacerlo a la par, y muchas veces eso implica romper con paradigmas de pensamiento. Por ejemplo, actualmente la idea de que los recursos en esta tierra son limitados es una creencia incuestionable, pero si la nanotecnología sigue avanzando hasta lograr las tan esperadas clonadoras atómicas o nano-impresoras 3D, tanto el problema de la alimentación como el problema de la moneda quedaría resuelto, por lo tanto este principio de escases sobre el cual se sustenta tanto las ideas del capitalismo (priorizando la búsqueda de beneficio individual) o del comunismo (priorizando la búsqueda del beneficio colectivo) quedaría obsoleto, porque ambos principios no estarían en conflicto. Y eso es exactamente lo que tuve que trabajar para hacer las paces con la necesidad de encontrar mi propia voz en lo político-social y en la vida cotidiana.

Al principio no fue para nada fácil, yo elegí no tener un título universitario por muchos motivos, uno de ellos es sentir que no merecía hacer uso de las ventajas con las que había nacido pero en la misma medida, cada vez que iba a buscar un trabajo no especializado, me sentía culpable por ocupar el lugar de alguien que realmente no pudo ir a la universidad por las condiciones injustas del sistema (la situation se volvió tan insoportable que hasta que llegué al punto en el cual o me atrevía a superar esa culpa o terminaba en la calle y entonces supongo que encontré la forma de superarlo a la fuerza). Después con la independencia económica vino otro desafío, el de crecer, ahorrar, poder pagarme mis necesidades materiales más allá de lo inmediato; y entonces me tuve que enfrentar a otro nivel de resistencias, ya que mientras que sólo ganase dinero para sobrevivir no me sentía parte del problema pero ¿y si progresaba en un sistema que genera desigualdad? (creo que aún estoy medio en esa etapa). Por la educación privilegiada que tuve (ya aclaré en alguna otra nota que mis viejos son bastante intelectuales así que nunca dejaron de inculcarme la importancia del crecimiento cultural, intelectual y artístico -básicamente todas las que no sean materiales, cuack-) puedo expresarme de manera tal que las personas suponen que tengo algún tipo de estudio, eso innegablemente da ventajas, y en lo absoluto tenía hecha las paces con ese privilegio que no me gané y que otros no pueden ganarse (afortunadamente con el internet esa posibilidad está dejando de ser un privilegio). Siempre me resultaron injustos mis privilegios, incluso los más simples, a mí no me ve alguien en la calle y cambia la cartera de lugar, a mí nadie me objeta por el color de mi piel, nunca pude entender porque tuve ese tipo de suerte.

Puede sonar que estoy tocando el violín más pequeño del mundo «pobre chica de clase media! Dale, contarme las desgracias de tu vida», estos son los prejuicios y molestias que comentaba al principio de este artículo que podían surgir. Pero tienen que entender que la mayoría de las personas, siendo del origen que sean, si eligen estar activos políticamente (incluso en el pensamiento) siempre hablan del lado de la reivindicación de un grupo (pertenezcan realmente a él o no) y si no les importa nada incluso pueden caretear su pertenencia. Crecer con una mirada socialista y pasar la adolescencia sin poder entender porque tuve tanta suerte en la vida y otros tan poca, sintiendo que como persona de campo hay algo de mi oligarca que no merece nada y vivir saboteándome, por más problema psicológico de clase media que pueda parecer, no se lo deseo a nadie. También me parece importante aclarar que no intento victimizarme tampoco, no quiero dar lastima con este artículo, solo quiero explicar cómo los conflictos internos si uno no se ocupa de ellos, pueden llevar a la autodestrucción y destrucción en el entorno; por ejemplo: mientras yo estaba demasiado enredada en mi conflicto interno me volví sumamente irresponsable y desconsiderada con las personas que más intentaron ayudarme, hubiese podido mostrar mucha más gratitud a esa ayuda asumiendo mayor responsabilidad con mi economía, pero eso es lo que pasa cuando se deja que la culpa consuma el placer, es difícil encontrar la energía dentro de uno para sacarse adelante. Así que por todas estas vivencias y conflictos que me hacían sentir incoherente internamente sin importar que decisión tomase en mi vida y no me dejaban en paz, es que empecé a rebelarme, rebelarme ante las ideas de izquierda de mi viejo, el conservadurismo de mi vieja, la incoherencia de ellos cuando estaban justos, la incoherencia de ellos cuando siguieron cada cual su camino, el dogmatismo, el adoctrinamiento, el esquema moral heredado, la visión social, TODO.


Es aquí cuando se vuelve relevante introducir el concepto de resistencias ya que la rebeldía no podría existir sin ellas. Primero que nada me parece importante aclarar que encuentro a las rebeldías imprescindibles para el proceso jungueano de individuación, y entiendo que ayudan a encontrar nuestra identidad; no las considero el fin optimo del desarrollo psíquico pero sí un paso necesario para dicho desarrollo.

La rebeldía se manifiesta de esta manera: hay algo (una idea, postura o perspectiva en nuestra cultura familiar, social, nacional, etc.) que consideramos responsable por aquellas cosas que no nos gustan o nos generan displacer de nosotros mismos o del mundo. Entonces voluntariamente hacemos lo opuesto con la esperanza de redefinir conscientemente esos aspectos de nuestra identidad. Pero el problema con la rebeldía que es revierte el estereotipo en lugar de superarlo, lo que significa que, desde una perspectiva de victima/victimario, si bien pasar de la posición de victima a la de victimario o viceversa puede sentirse como una liberación, lejos se encuentra de la verdadera libertad de defender nuestro placer ya que surge de la resistencia.

Probablemente muchos de nuestros gustos estén definidos en los primeros años de vida, sino antes, pero cuando estamos llegando a la adultez y debemos empezar a tomar responsabilidad de nuestras acciones, a menudo nos encontramos con la dificultad de no poder distinguir entre el sentido de deber que surge del mandato social y nuestro autentico deseo. Y la verdad es que si nos estamos rebelando, a pesar de creer que lo hacemos defendiendo nuestro propio deseo, en realidad estamos tratando de ir en contra del mandato social y poco o nada tiene que ver con nuestra autenticidad (no porque lo que hacemos no se condiga tal vez con lo que realmente somos o deseamos sino porque de la manera en que elegimos vivir esa elección, no podemos entregarnos al placer de ir al encuentro de nosotros mismos). Pronto voy a escribir un artículo llamado ”La lógica del encuentro”, en el que voy a explicar como más allá de las flight or fight responses (atacar o huir) en situaciones donde nuestro sentido de identidad se ve amenazado, existe una tercera opción que nos permite ver esa amenaza como lo que realmente es: una sombra que no puede hacernos daño. Por lo pronto me conformo con que quede clara la idea de que la rebeldía no podría existir sin que en algún punto estemos en resistencia de nuestra realidad. Puede haber resistencia sin rebeldía pero no rebeldía sin resistencia, ya que la resistencia puede ser inconsciente mientras que la rebeldía surge de ser consciente de algo a lo que nos resistimos.

Hasta que no podamos aceptar y hacer las paces con el hecho de que absolutamente todo lo que existe en el cosmos es un reflejo de quienes somos, vamos a seguir dando lugar a que nuevas resistencias surjan dentro de nosotros.

Es probable que a esta altura de la lectura se pregunten como considero yo el término identidad. Para mí la identidad está conformada por aquellos aspectos de la consciencia humana en los que nos reconocemos y que, en estado de reposo (sin confrontación), no representan un desafió para muestra paz interior o aceptación (ya sea que esos aspecto de nosotros sean sin darnos, cuenta mandatos externos, los percibamos como tal o pertenezcan a nuestro auténtico deseo). Cuando la consciencia es confrontada, a la identidad se le suman los aspectos que no podemos ver en paz o aceptación y a todo ese conjunto final de diversos aspectos lo llamamos ego o cuerpo psíquico.

Ahora bien, hago toda esta explicación no sólo porque la finalidad de este artículo si bien es principalmente testimonial, intenta servir de autoayuda para el lector; sino también porque, para entender en profundidad los procesos que he atravesado se requiere del previo entendimiento de estos conceptos.


Entonces cómo les estaba contando, llegué al punto en que necesité rebelarme de toda la educación política y religiosa que había recibido y como mi temperamento se evidencia dentro de mis artículos, esa rebeldía se manifestó a través del cuestionamiento a ideas, a las figuras de autoridad y a la eventual realización de que ni en mi educación ideológica ni en la opuesta encontraba lo que estaba buscando… a mí. Sin embargo encontré pensamientos muy interesantes que sirvieron para poder lograr un cierto equilobrio dentro de mi misma; por ejemplo: entendí que disfrutar de los aspectos materiales de la vida no tiene nada de malo y pude notar una espacie de incoherencia en el discurso socialista que no se condecía conmigo en lo absoluto: si el burgués, en el capitalismo, por ser el propietario de los medios de producción, es explotador por apropiarse de la plusvalía y concentrar la riqueza, y el comunismo es un sistema que intenta resolver ese problema: ¿cómo se explica que Rusia haya terminado concentrando su poder y comodidades en los burócratas que administraban los medios de producción para el pueblo entero? ¿Y por qué China en lugar de continuar con un sistema comunista mutó a una especie de meritocrácia burócrata que alberga realidades como el FoxConn? Muchos me respondieron “porque los sistemas no son a prueba de humanos” y es cierto, pero entonces no es en los sistemas donde deberíamos poner nuestro mayor compromiso. Ese fue el mayor aprendizaje que me llevé de mi última incursión política activa, el de entender que si los sistemas están hechos para que los seres humanos estén mejor, no son los seres humanos los que debemos adaptarnos para preservar el sistema sino el sistema el que se tiene que adaptar para preservar a los seres humanos, y esa adaptación tiene que contemplar una buena cuota de prueba y error para poder perder el miedo a reformularse.

Acerca de mis rebeldías personales en esa etapa… que les puedo contar, creo que la cima de esa manifestación fue ver las dos primeras películas de «La rebeldía del atlas» del libro de Ayn Rand y atreverme a empatizar con cualquiera de los personajes, jajaja. Ya en serio (aunque lo anterior viene bastante al caso), como dije anteriormente, la rebeldía es útil porque en la medida en la que nos vemos y adherimos a una mirada social polarizada, (partamos del extremo que partamos) experimentar ambos polos, lejos de marcar una franja interna aún mayor, nos ayuda a integrarnos. La verdad es que en ese tiempo tuve la suerte de ser cagada por compañeros, cagada por empresarios, respetada por compañeros, respetada por empresarios; y digo «la suerte» porque me obligó a ver a las personas por lo que son: humanos y no estereotipos.

Hace algún tiempo y a partir de todas estas experiencias le pregunté a varios socialistas: «si en el siguiente segundo pudieses tener el mundo que siempre deseaste, sin hambre, ni desigualdad, ni explotación, donde todos, absolutamente todos podamos convivir en paz y acceder a las mismas posibilidades, sin que nadie quiera tomar partido de nadie y nadie se considere superior a nadie. Pero a cambio tenés que atreverte a abrir la cabeza lo suficiente como para dar una nueva oportunidad a todos aquellos que vos consideras culpables de la desigualdad social, a todos los Rockefellers, los Macris, a Menem, etc. para sentarte a hablar con ellos y construir socialmente entre TODOS sin la predisposición de que en el fondo nos están queriendo cagar y de hecho tratar de entenderlos ¿Lo harías? Serías capaz de dejar ir todos tus prejuicios y ver «al enemigo» como un ser humano, para poder empezar una construcción plural real y acabar con la desigualdad social» y para mi sorpresa la respuesta de la mayoría fue algo como: «no, porque si no pagan por lo que hicieron no habría justicia y no puedo vivir en un mundo sin justicia». Después de esa respuesta me di cuenta de que la definición de justicia en una mirada dual es bastante corta y aunque yo a esto ya lo sabía de la derecha, me sorprendió mucho encontrarlo también en la izquierda, a su vez no pude evitar hacerme una pregunta: ¿qué es más justo, castigar a alguien o mejorar la realidad de todos?

Alguna vez escuché que «el explotador es tanto explotador como explotado» ya que él propicia en la realidad una dualidad que lo esclaviza tanto como esclaviza a los demás. Y si ese fuese todo el análisis, tendríamos que admitir que se ve un poco Nietzscheano, ya sé si sólo el explotador puede tener semejante poder sobre la realidad, entonces reforzaría la idea de la mentalidad de amo y sirviente de dicho filósofo. Yo creo que el explotador es tan explotado como el explotado explotador, y en la medida en que ambos se resisten a reconocerse en lo que les falta y lo que les sobra (y honestamente creo que a ambos les sobra y les faltan cosas), no pueden superar esta dialéctica material. Con los años entendí que ninguna construcción destructiva surge de un ser humano sin antes tener esquemas muy restrictivos y autodestructivos dentro, y eso es tan cierto para el que explota como para el que es explotado. Por ende si pudiésemos enfocarnos en escucharnos, en entendernos, en ir al núcleo personal de cada uno que motiva a la construcción social, tal vez podamos darnos cuenta de que nadie es tan distinto a nadie.

De más está decir que debido a todas estas vivencias hoy me considero plurarquista. Creo que todos deberíamos tener poder y reconocer el valor de nuestra capacidad de transformación social, pero sin buscar culpables sino buscando entendimiento, no deshumanizando a quienes ven las cosas distintas y tampoco deshumanizándonos a nosotros mismos (lo cual cuando uno se confronta con resistencias colectivas suele pasar). No creo que se pueda hacer un mundo mejor desde la premisa de que algunas personas deberían desaparecer, y esa creencia aunque parezca mentira, está más presentes de lo que uno se imaginaría en las ideologías políticas.

Hace un tiempo escribí un artículo llamado «Ego, liderazgo y política» ( https://medium.com/@ManuelaGB/ego-liderazgo-y-pol%C3%ADtica-de55aadec13?source=linkShare-8163beb4d569 – 1470958601 ) que habla mucho de la responsabilidad que se requiere de cada individuo para la transformación social.

Hoy por hoy debo reconocer que me sigue doliendo bastante si alguien me dice o considera cheta, no por una cuestión de jugarla de popular sino porque, como dije anteriormente, me hacen sentir culpable de un problema de desigualdad social que, a pesar de todo lo descripto en este texto, sigo considerando que es innegable y digno de mucha atención (aunque admita que los abordajes que se le dan actualmente no me parezcan una verdadera solución). Además se vuelve evidente que si realmente hubiese logrado dejar atrás la mirada polar social no me sentiría culpable de ser tratada como tal, realmente aceptó que no tengo tan asimilada mi filosofía como para que me surja instintivamente ante toda situación, pero el compromiso por ir de a poco a mi encuentro en este tema, está presente.

En lo que respecta al crecimiento personal de cada uno, encuentro que es imprescindible comprometernos a mirar nuestras propias incoherencias. Como resultado de hacer esto entendí que la materia y el disfrute material no es malo ni antagónico a sentimientos altruistas, que TODOS deberíamos tener acceso a ellos, y que estoy segura de que en un futuro vamos a darnos cuenta de que eso no es imposible. Mientras tanto aprendo a hacer las paces con esta realidad social que a veces busca más encontrar culpables que soluciones (y no me refiero sólo a los socialistas respecto a eso, también está la cultura del «y si no quieren trabajar», me refiero a la cultura de «los de arriba no hacen nada, solo controlan», me refiero a mi, me refiero a vos, me refiero a todos).

Tal vez este sea mi pequeño intento de solución, remarcar la importancia de vernos más en el otro sin importar cuan distinto sea.