Tierra Santa sin cristianos


Son una minoría frente a musulmanes y judíos. La colecta del Viernes Santo se destina a preservar los Santos Lugares. El pasado año se recaudó 46.000 euros en Canarias.

por Nadia Jiménez Castro, Jerusalén

Los donativos del Viernes Santo en las iglesias de todo el catolicismo van destinados a la preservación de los Santos Lugares, salvaguardados por los miembros de la Orden Franciscana allí desplazados, a cuyo cargo está encomendada la Custodia, y respaldados por la escasa presencia de los cristianos que viven donde Jesús dio sus pasos en el mundo. Hoy convertidos, eso sí, en un discreto porcentaje de la población de Jerusalén.

Fray Artemio Vítores, vicario de la Custodia de Jerusalén, es uno de los depositarios más activos de Tierra Santa. Doctor en Teología, es un franciscano originario de Palencia que lleva más de 40 años en Jerusalén con una actitud incansable para acreditar que, sin la implicación de toda la comunidad cristiana, el testimonio que desplegó hace 900 años San Francisco corre serios riesgos de desaparecer.

El pasado año, las dos diócesis de Canarias recaudaron 24.000 euros en Las Palmas y 22.000 en Santa Cruz de Tenerife. Es la aportación de las iglesias canarias de un total de 1,3 millones de euros ingresado en España.

Fray Artemio Vítores, junto a la autora de esta crónica. (Fotografía: Meridian)

Pero… ¿Qué es la Custodia de Tierra Santa?

La distribución ‘in situ’ de lo recaudado en toda la Iglesia Católica, a través de esta colecta puntual, está encomendada a la denominada “Custodia de Tierra Santa”, fundada por San Francisco de Asís en 1217, tras su viaje a Oriente, y confiada por el Papa Clemente VI a los franciscanos en el año 1342. Esta Custodia de Tierra Santa abarca lugares no sólo en Israel y Palestina, sino que todavía hoy está presente también en Jordania, Egipto, Siria, Líbano, Chipre y en la isla de Rodas. En la labor están comprometidos unos 280 franciscanos de 39 naciones diferentes.

Pero, ¿qué pasa en Tierra Santa para que los Franciscanos lleven años con la luz de alarma encendida?

Según datos recopilados por la Orden, en la actualidad quedan poco más de 200.000 cristianos, repartidos entre Israel (unos 150.000, de origen árabe, concentrados sobre todo al norte del país) y Palestina (50.000, entre Cisjordania y Gaza).

En 1948, tras la declaración del Estado de Israel y la guerra que vino a continuación, representaban casi el 20% de la población nacional. Ahora no llegan ni al 2% en Israel y al 1,2% en los territorios palestinos. Se ha perdido casi un cuarto de millón censados. En enclaves como Nazareth o Belén, donde la Iglesia de la Anunciación y la Basílica de la Natividad son lugares de peregrinación y culto, los cristianos llegaron a ser el 90% de los habitantes. Ahora son una minoría.

Y, sin lugar a dudas, el territorio más disputado, palmo a palmo, es el de Jerusalén, la ciudad tres veces Santa. Así, de los 750.000 habitantes que pelean por el espacio, 550.000 son judíos; 190.000, árabes; y tan sólo poco más de 9.000, son cristianos. Y encima, a la presencia casi testimonial de los frailes hay que sumarle el factor de la edad, lo cual no ayuda. Hace tres décadas eran 100 y hoy sólo son una veintena, de los cuales la mitad supera ya los 80 años. Los números cantan.

Jerusalén está llena de misterios hasta en el último de sus callejones. (Fotografía: Nadia Jiménez Castro)

Jerusalén, verdadera alma de las tres grandes religiones monoteístas, te conquista desde el primer minuto. Llena de misterio hasta en el último de sus callejones, es una ciudad fascinante que te envuelva hasta hacerte perder la noción de tiempo real. Más allá de que uno ya de antemano viaje con la sensación, con la verdadera convicción, de que se encamina hacia el lugar donde todo empezó (allí nació una las religiones más grandes de la humanidad), de que tendrá la oportunidad de caminar tras las huellas de Jesús y visitar los lugares exactos donde todo pasó; Jerusalén sabe cómo abrazarte para que no la olvides y albergues en tu corazón el deseo de volver, antes aún de haberla abandonado.

Condicionada por la enorme presión mediática que ejerce el conflicto caminar por las calles de la Ciudad Vieja, tras sus muros, donde reposa el Santo Sepulcro y se enfila el Calvario por la Vía Dolorosa, te acelera el ritmo del corazón. Se convierte en una experiencia doblemente vital en la que respirar, literalmente, ese verdadero laberinto que son las relaciones humanas.

Da igual que hablemos de la distancia corta de los roces personales, o de esa otra más agria de las diferencias de credo. En realidad, se trata de una lucha diaria por el espacio físico, como en otros muchos lugares, pero Jerusalén convive con ese caos, inmersa en él, en realidad. Pero a flote, desde hace 2000 años. En hebreo, significa “Princesa de la Paz” y en árabe, “Ciudad Santa”.

Conquistada 11 veces y destruida en cinco ocasiones, en 1.187, cuando el sultán Saladino se la arrebató a los Cruzados cristianos, selló una de las dos puertas de entrada a la basílica del Santo Sepulcro y, como si de una profecía o verdadera maldición se tratara, aseguró que “para los pocos cristianos que iban a quedar, con un única puerta de entrada sería suficiente para todos”. A pesar de ello, casi el 60% de los turistas que viajan a Israel son peregrinos cristianos.

No ha hecho falta derribarla para acceder a ella, pero queda ahí, como otro episodio más de ese violento galimatías que ha trazado la fisonomía de esta ciudad amurallada. Está organizada en cuatro barrios: armenio, cristiano, judío y musulmán. Y pese a lo que pueda pensarse, el más extenso es el árabe, que crece sin medida y sin control a costa de comerse el terreno de la zona cristiana, sin apenas oposición… El propio plano de toda el área es como una Medina en la que el comercio intenta devorar cualquier otra intención, hasta el punto que una buena parte del ‘Vía Crucis’ está atrapado en un voraz zoco en el que apenas puedes orar, porque compartes el espacio con las camisetas de Messi y Cristiano Ronaldo, o incluso el Ché, mientras el comerciante se empeña en meterte por los ojos un acordeón de postales desteñidas de tanto sol.

El barrio judío, mucho más ordenado, se mantiene, en cambio, fuertemente vigilado en sus accesos al Muro de las Lamentaciones, único resto del antiguo Templo del rey Salomón y cuyas piedras, sorprendentemente, comparten linde y son la trasera de la Explanada de las Mezquitas (siempre escenario protagonista en los instantes de conflicto). El armenio, por su parte, se limita a una única calle de unos 200 metros que va desde la Torre de David hasta la Puerta de Sión.

Pero es la Puerta de los Leones la que atraviesan los cristianos al iniciar su recorrido tras los pasos de Jesús en el día de su Pasión y Muerte. Subes desde el templo de Pilatos por la Vía Dolorosa, donde las estaciones se van sucediendo, escalón a escalón, entre el bullicio de las tiendas árabes, con sus puestillos de pan y dulces de dátiles casi a cada esquina. De un solo bocado, como mismo se comen estos pequeños pasteles, así esconden los árabes los números romanos de algunas estaciones que te indican el camino que siguió Jesús con la cruz a cuestas. Como en la estación 5, por ejemplo, donde se atestigua la mano de Jesús en la primera caída, horadada en la piedra y donde todos los peregrinos depositan la suya propia para hacerla coincidir con la silueta del Redentor… La emoción es profunda y el espíritu consigue abstraerse de toda la distracción, de todo el ruido mundano que se empeña en arrancarte de los brazos de Jerusalén.

En 2016 habrá 5.000 cristianos en la Ciudad Santa. (Fotografía: Nadia Jiménez Castro)
El cenit de la peregrinación aguarda en la Iglesia del Santo Sepulcro, un conglomerado de múltiples construcciones y remodelaciones a lo largo de muchos siglos, tan caótico como la propia realidad descrita.

Una vez cruzado el umbral, vuelve la subdivisión espacial del lugar y toca diferenciar a coptos, griegos, católicos y armenios. Todos de ritual cristiano diferenciado y gestionando un espacio diferente dentro de la misma iglesia, pues los cuatro tienen potestad sobre lugares santos. Los griegos ortodoxos disfrutan de las mayores áreas (gracias a las concesiones del Imperio Otomano), como el lugar donde se clavó la cruz en el Gólgota y el Santo Sepulcro, estrictamente; mientras que los coptos disponen de un pequeño altar que toca la parte trasera de la piedra del Sepulcro y los armenios, una sala con una pequeña tienda anexa a un minúsculo palio que, con velas encendidas, nos recuerda el lugar donde la Virgen María derramó sus lágrimas ante la visión de Jesús crucificado Los católicos están colocados en espacios anejos con permisos para oficiar misas en la Capilla del Ángel, dentro del habitáculo que acoge esta santa tumba, eso sí, previa solicitud ante el Patriarcado Griego.

El acceso al Santo Sepulcro es libre y los cultos comienzan a las cuatro y media de la mañana. (Fotografía: Nadia Jiménez Castro)

El acceso al Santo Sepulcro es libre y los cultos comienzan a las cuatro y media de la mañana (cierra a las seis de la tarde). Es tan pequeño (6 metros cuadrados) que cuando se celebra misa, caben bien apretados unas 15 personas entre la Capilla del Ángel y el Sepulcro en sí (aquí sólo tres) al que se entra agachado. La experiencia es irrepetible, con independencia de la Fe. Pero es algo que se tambalea ante la salida masiva de cristianos de Jerusalén.

El Vaticano sostiene que en 2016 habrá 5.000 cristianos en la Ciudad Santa y el Padre Artemio se confiesa… “Ustedes son los que escriben el quinto evangelio cuando cuentan la importancia de peregrinar aquí para preservar los Santos Lugares. Sólo los peregrinos pueden salvarnos. Si no, será como vaticinó Pablo VI: Sin cristianos, Tierra Santa, será una pieza de museo”.

“¿Dónde está la comunidad cristiana de este mundo? ¿Por qué llega tan poca ayuda?”, se preguntan los custodios, de ahí la importancia de la colecta del Viernes Santo, cuyos fondos se destinan también a la ayuda humanitaria y social de los cristianos que aún resisten. Sin embargo, los Franciscanos resisten, como han hecho durante siglos en circunstancias aún más adversas. “Aquí empezó todo y las eventualidades se superan con el orgullo de ser los descendientes de los primeros cristianos. En nuestras manos está no dejar morir este legado”.


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