El cerebro reptil

Por: Cristina Caballero — En la política mexicana las grandes decisiones se están basando en torno a un cerebro reptil colectivo.

Nos está ganando el tiempo. Va demasiado rápido, acelerado e inundado de información. Creando una apremiante necesidad ciudadana de leer e investigar todos los días. En éste nuevo régimen de la era de la información instantánea, todo cambio o micro-momento es de interés público e inmediato.

Nuestra naturaleza no alcanza a registrar el todo y el cerebro pronto se enfoca a reducir todo argumento a dos opciones, dos polos opuestos: Blanco y negro, amigo y enemigo, aprobar y reprobar, el bien y el mal. Dicotomías que no pueden ser falsas y verdaderas al mismo tiempo. ¿O sí?

Y, mientras el cerebro así lo procesa, al mismo tiempo se enfrenta ante una carrera interminable de opiniones polarizadas, mensajes sin pensar, argumentos coloquiales, reportajes manipulados y verdades a medias o completamente fabricadas. Y este ataque informático usualmente proviene de el entorno más cercano y más confiable: De los círculos familiares y los compañeros de trabajo, grupos de conocidos en redes sociales y medios de comunicación preferidos. Todos desembocados en una dualidad de opiniones que rápidamente se tornan extremas y chocan ruidosamente unas con otras. Opiniones que no pueden complementarse más, argumentos repelentes como los lados iguales de dos imanes.

Obviamente esta es una nueva etapa de la libertad de expresión en México y se aplaude y se respeta, sobre todo a sabiendas de lo tanto que se ha luchado para conseguirla. Y al protegerla hay que entender que desde un inicio al momento de compartir una idea lo más probable es que inmediatamente se reciban puntos de vista encontrados, que disgustan con un verbage molesto, a veces vulgar, agresivo y concentrado en posicionar o defender ideas y ganar debates más no de intercambiar opiniones y mucho menos de escuchar activamente.

Al llegar a éste punto ríspido de la expresión se activa una especie de cerebro reptil. Un posicionamiento instintivo y territorial que toma el control de las decisiones y de el diálogo. Y la discusión se desarrolla más gracias a los latidos del corazón que con el uso de la razón. Y es que nuestra propia realidad nos ciega y nos impide a abrirnos a otras realidades igualmente válidas y ciertas.

En la política mexicana las grandes decisiones se están basando en torno a un cerebro reptil colectivo. Una cerrazón social y un empuje a temer y odiar a lo opuesto. Se promueve esta polarización como una forma primordial de la manipulación, la magnificación y la movilización. Mecanismos básicos de la política en general. Las redes sociales en particular están funcionando como aliadas y enemigas de tal dicotomía ciudadana. Como enemigas producen una enorme influencia de antagonismo y de información de baja profundidad a través de mensajes tendenciosos y manejados. El receptor lo utiliza cuando desea dejar de pensar, investigar, leer, o analizar con más tiempo y detalle. Como aliadas promueven una expresión real necesaria, indispensable y puramente libre dentro de un espacio que no ha dejado de ser democrático. Si no que al contrario presenta a una sociedad conectada permanente. Así la dicotomía funciona, como un espacio donde el ciudadano se ha comprometido a ser parte de la vida pública — aunque tal sea por un solo instante.

He ahí donde se puede fortalecer la libre expresión. Se necesita hacer mucho más para promover el acceso a investigaciones profundas, reportajes serios y útiles, con voces y opiniones críticas y responsables que despierten conciencias y que depositen semillas fructíferas para promover una desaceleración de la percepción de crisis. Un debate que construya caminos en base a la lógica, la empatía y lo mejor de la naturaleza humana y que alejen al cerebro reptil de ser el centro del debate.

George Orwell bien predijo el doblepensar, el poder mantener dos creencias contradictorias en la mente simultáneamente, y aceptar ambas. Y también advirtió del peligro de usar una para promover la otra con intenciones oscuras; el sesgar la información para beneficio propio que nos lleven a un país menos deseado. La utopía del diálogo no se enfoca en llegar hacia un pensamiento y una ideología única — sino a un intercambio de verdades reales que promuevan decisiones basadas en la profundidad de la calidad humana, la lógica el entendimiento, la investigación y no en el “reptilismo” reaccionario.