Deseo.
Derrochas morbo, le dije a tu oreja justo antes de sentarme a tu lado. Te tenía ganas desde antes de llegar y verte solo confirmo mis intenciones. No era un día especial, no era un lugar especial, era otro día más en el curábamos la sed mientras nos saciábamos de palabras. Yo acababa de salir del trabajo, llegaba tarde por coger una llamada a una hora que solo se tiene que coger la salida. Cuando llegue ya habías pedido una coca-cola light, te acompañe con un café con hielo tratando de enfriar mis pensamientos. Recuerdo que hablabas, no me preguntes de que, porque yo podía escucharte, solo podía mirarte y desearte, tu colonia hacia que odiase la mesa que nos separaba y tu sonrisa era lo único que contenía mis ganas de besarte. Apenas había bebido tres sorbos del café cuando puse mi silla alado de la tuya, mi mano separando tus muslos, y te pregunté si me cambiabas un día de ojeras y café por una noche de sudor y sexo. Por semana no te gustaba que durmiésemos juntos, tu necesidad de dormir y nuestro poco autocontrol hacían imposible compatibilizar ocio y trabajo. Me dijiste que sí, no dudaste, no te sorprendiste, como si una parte de ti hubiese estado esperando esa pregunta desde que llegué. Pagamos sin preguntar cuanto era y llegamos a casa como si estuviésemos corriendo una maratón, en las escaleras a mi ya me faltaba la camisa y antes de entrar en la habitación tu ya habías perdido el sujetador.
Lo que vino después fue deseo, puro deseo.