7. Regresión


Ahí estaba yo, trabajando, como un robot entre todos los reportes regados por todo mi corto espacio de trabajo. Que correspondía a simplemente mi escritorio gris, el cual además, estaba limitado por la presencia del tan odiado teléfono, que nunca dejaba de sonar, y lo que comprendía un computador de escritorio. Todo me parecía tan corto ahora, mientras que trataba de ayudar a una señora, muy exaltada por un problema con su teléfono celular.

De lleno lo recordé. Sí. El momento en que conversé con Carla, no era algo muy claro, pero sí. Recuerdo que me dijo el día de la cita en una conversación, el lugar donde vive. Por el auricular pegado a mi oreja, volví a escuchar a la señora, su voz había desaparecido en el instante en que pensé en Carla. Pero esta vez su voz regresó mucho más fuerte y desbordaba enojo y desesperación.

— Ehmmm — Pensé algo que decirle pronto — Lamento su inconveniente, pero en este departamento no podemos ayudarle. Por favor manténgase en la línea y será transferida con quien pueda ayudarle.

Colgué apenas pude, no le di tiempo a responder. Ojalá el de calidad no escuche la grabación de la llamada. Fue un necesario impulso, debía salir de allí. Me vino un ataque de ansiedad. Sentía una extraña necesidad de estar con ella, era como vivir atado a ella por un hilo invisible. Siempre creí que todas estas cosas eran ridículas, pero es extraño, no puedo controlarlo.

Actué de inmediato. Me levanté y me dirigí al baño casi corriendo, al entrar bloqueé con seguro la puerta y al darme vuelta vi que había un tipo que no me agradaba mucho, mirándose al espejo, y en su cara logré ver cuánto odiaba este trabajo también. Se giró apenas notó mi apurada presencia. Me dirigí hacia el retrete y cerré la puerta de un solo golpe. Me incline e introduje un dedo hacia mi garganta. Vomité casi instantáneamente tras tocar justo detrás de mi lengua. Escuché un “Qué asco” viniendo del retrete que estaba al lado. Noté que había alguien sentado allí y me dio más asco a mí que a él.

Abrí la puerta y aún estaba el allí, frente al espejo. Me miró a través del reflejo apenas salí.

— ¿Estás bien? — me pregunto con verdadera preocupación.

— No — respondí, muy seco pese a que me haya asombrado su preocupación.

— Yo que tú pido un descanso — me sugirió.

Abrí la llave y me incline hacia el lavamanos, me lavé la cara, las manos y enjuagué mi boca con el agua fría. Me incorporé y vi mi reflejo en el espejo, mi cara no lucía tan bien, estaba pálido. Después de todo, era cierto, debía aprovechar esta oportunidad para huir del trabajo. Salí de los baños y me dirigí a la oficina de mi jefe.

En el camino por el pasillo, algo en mi interior rogaba a todos los cielos que no esté en la oficina. Sentía esa extraña sensación de miedo que le viene a uno cuando va a hablar con algún superior. Pero por otro lado debía hablar con ella, era ahora o nunca. Toqué a la puerta. Escuché un “pase” de inmediato.

Se encontraba leyendo unos papeles, que sin duda eran muy importantes. Me miró por sobre sus lentes sin siquiera levantar la cabeza. Su expresión fue una mezcla entre un otra vez tú y un poco de preocupación, obviamente debido a mi aspecto. Me pidió que tome asiento y que le explique qué sucedía. Mentí. Inventé toda una historia de una enfermedad y diez minutos después me encontraba camino a casa, más sano que nunca.

De camino a casa pensé en la forma para hallar a Carla. No conocía su apellido. Simplemente sabía el barrio donde vivía y la ruta de bus que tomaba, la misma que yo. ¿Pero por qué no la había visto nuevamente? Claro, porque todos estos días había salido más temprano al trabajo. Ese día yo iba retrasado.

Así que al día siguiente, antes de ir a conseguir un certificado médico, me desperté a las 5 am. Conocía las únicas dos paradas de la ruta del autobús que ambos tomábamos. Cogí el auto bus que iba más al norte y me dirigí hacia una de las paradas donde Carla posiblemente tomaba el autobús y me senté a esperar.

Pablo.

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