
De desapego, toallas de microfibra y otros regalos de Reyes
Se le ocurrió en la oficina, mientras revisaba las comisiones de un pago atrasado: comprarle por Reyes a Álvaro una toalla de microfibra; una de estas que usan los mochileros y los que van de camping, que se secan apenas en un santiamén. Aprovecharía el descanso inútil del almuerzo para acercarse en metro hasta Muñoz, donde se agrupaban algunos negocios de deporte y aventura. Si es que con su hermano, Marina albergaba la impresión que nunca acertaba. Que por más que lo intentase, jamás daba con la tecla; tan especial, tan diferente era el tipo. Animada por las expectativas, completó sus tareas con renovada diligencia y, poco después, le anunciaban la pausa.
Mientras aguardaba en la parada y, luego, en el vagón, retomó la lectura del libro que le habían prestado: un manual de superación y autoayuda -en absoluto su género (Marina, a lo sumo, picoteaba del drama histórico o de algún suspense barato)- y que, sin embargo, de momento la entretenía. La propietaria de la obra, una compañera de trabajo que había superado un cáncer de pecho, no se cansaba de elogiar al autor y sus enseñanzas, y Marina, a cada página que ultimaba, se familiarizaba mejor con conceptos como el desapego, el mindfulness o el perdón universal.
Varias estaciones después irrumpiría en un sorprendente y alocado bullicio: parroquianos presurosos, compradores responsables, unos apartamentos en construcción y un cruce atestado de autos que pitaban sin clemencia. Prefería ni pensar cómo andaría el centro de la ciudad a estas horas, y eso que aún faltaban dos semanas para Nochebuena. Lo mejor, se dijo, era despacharse los regalos cuanto antes y, sobre todo, el de su hermano. Si es que Álvaro es tan especial, pensó. Del otro lado de la carretera enfiló la calle en cuestión -secundaria, más tranquila- donde se sucedían varios escaparates especializados y, sin detenerse a comparar, entró en el primer negocio.
El local resultó amplio, de iluminación cálida, con estanterías y percheros colmados en el centro, fotografías de paisajes recónditos en los muros, mochilas gigantes y un kayac expuesto en la pared del fondo. Cierta melodía agradable rellenaba el ámbito e invitaba al sosiego mientras, en un rincón, apartados, un señor consultaba a la dependiente.
Marina decidió adentrarse en el espacio, si bien aquel despliegue de insólita mercancía no tardó en apesadumbrarla: bastones metalizados, hamacas multicolores y sacos de dormir precedían a cocinillas futuristas, chaquetas de camuflaje y cantimploras de diseño. Con paso suave, sin confiar demasiado en su fortuna, circundó los expositores hasta que se giró para comprobar si la chica se había desocupado; entonces reconoció, muy a su pesar, que la dependienta era Diana, la ex de Álvaro.
Lo primero que a Marina le cruzó la cabeza fue escapar de la tienda -una carrera, un salto, teletransportarse- pero evocó unos lindos párrafos que acababa de leer en el metro y mudó su opinión. ¿Por qué no poner en práctica aquellas hermosas palabras? ¿Y si ella también era capaz de vivir en el único momento: el ahora? Además, Diana ya se despedía del cliente y, antes de que se le adelantara, Marina tomó aire, armó en el rostro un gesto de sorpresa y exclamó:
- ¡Pero bueno…! ¡Anda! ¡Tú por aquí!
La otra, apenas sin reponerse, batalló por levantar una sonrisa:
- ¡Y bueno! ¿Y tú? ¿Y tú? Pero… ¿pero qué haces por aquí?
No se veían desde, al menos, tres años.
- Pues… nada… pues… eso… -Marina se sintió titubear-. Buscando un regalo de Reyes… Ya ves… lo que se suele hacer por estas fechas…
Permanecieron inmóviles, alejadas, incapaces de acercarse. Diana asemejaba una estatua con los brazos rígidos junto al cuerpo. Marina intentó tragar saliva:
- Ando buscando una de esas toallas para ir de camping, de las que se secan rápido, ¿sabes? ¿Sabes las que son? ¿De esas de microfibra que se secan muy rápido? -se precipitó su ritmo-. ¿Que uno ni se ocupa de ellas? ¿Que con sólo colgarlas uno se desentiende? Sabes cuál te digo, ¿verdad? ¿Será que tenéis? ¿A lo mejor?
- Claro, claro-respondió la otra, algo más oxigenada-, claro que sí -y, veloz, adelantó a Marina hasta detenerse ante una de las últimas repisas del local.
Marina la acompañó.
- Las tenemos clasificadas según el material y el tamaño -le explicó Diana-. En algunas figura el porcentaje de secado, la tolerancia a la humedad e incluso el efecto real térmico.
Marina observó el expositor: casi todas las toallas se hallaban dentro de bolsas de tela o en contenedores de plástico. Está mucho más delgada, pensó. Recordó cuánto había admirado las redondeces de su excuñada; le fascinaban, además, sus ojos azules, la melena crespa, su espontáneo e inevitable atractivo. Ahora Marina detectaba las primeras arrugas, y eso que no le aventajaba en demasiada edad. Parece, se aventuró, que incluso ha perdido la chispa.
- ¡Uy! -dijo-, pues es verdad… ¡Cuántas hay!
- Sí, sí -respondió Diana-. Sí que hay. A veces es difícil escoger.
- Sí, sí -repitió Marina, manoseando, estúpida, una de las cápsulas de plástico.
- Si quieres… te ayudo… ¿Es… para alguien… grande?
Marina procuró ignorar sus malos pensamientos. Desapego, recitó mentalmente, Perdón y desapego, y reconoció:
- Sí, tiene que ser una toalla bien grande.
Entonces Diana le mostró varios modelos concretos. Liberaba cada toalla de su funda y la desplegaba ante Marina mientras recitaba sus singularidades. La mayoría eran colores básicos, sin estampados; un par procedía de una famosa firma canadiense. Marina intervino, por mostrarse empática:
- ¿Y esta: cómo es que cuesta mucho más?
Mientras oía las virtudes de aquel tipo de microfibra, se cuestionó desde cuándo Diana trabajaría allí. Sintió unas incontrolables ganas de marcharse.
- Pero… si es… -continuó su excuñada-…si es para Álvaro… Él ya tiene una de estas…
Marina creyó no haberla entendido bien:
- ¿Cómo?
- Que Álvaro ya tiene una de estas.
Azorada, Diana se justificó:
- Pues es que… hará unos tres o cuatro meses anduvo por acá Ernesto… ¿lo recuerdas? ¿Que jugaba al paddle con Álvaro? ¿Así, alto, con el pelo muy, muy rizado? ¿Que la madre es venezolana, aunque ya llevan acá mucho tiempo?… Es uno con los que Álvaro acostumbra a salir al campo, seguro que te suena, seguro… Pues se llevó dos de estas…
Marina se estiró, desconfiada.
- … y, bueno, pues una de ellas era para Álvaro -continuó su excuñada-: Lo sé porque me lo dijo el propio Ernesto. Me lo contó él, que una de las toallas era para tu hermano. Por eso, por eso lo sé, porque él me lo dijo… -su voz se fue extinguiendo.
- Vaya…-asintió Marina, despacio.
Sí recordaba a Ernesto; y sí, la historia podía ser verdadera.
- … y yo que creía que tenía el regalo perfecto para mi hermano…
Y tras callar un instante, añadió:
- Bueno, ¿tú qué le comprarías? Es que ahora le ha dado por viajar. Bueno, y tú sabes lo especial que es -volvió a acelerarse-. Ahora está todo el día de aquí para allá, que si de pesca, que si acampando… cada vez que tiene días libres agarra el petate y se larga… si casi no le vemos el pelo…
Diana reflexionó:
- Pues yo creo… yo creo que… Bueno, depende de cuánto te quieras gastar…
- Por eso no hay problema… Aunque -Marina sonrió-, sin pasarme…
La otra replicó el gesto y, animada, la guió hasta otra estantería y le enseñó una colección de navajas multiusos, varias linternas frontales y unas brújulas. Regresó además con unas riñoneras repletas de compartimentos y una esterilla autohinchable cuyos orificios, al filtrar el aire, actuaban como el aislante perfecto. Aquel era de sus artículos favoritos:
- Y este -puntualizó- sé que no lo tiene.
Marina contemplaba los objetos asombrada por el detallismo, el grado de especialización. Ella casi no salía de la capital y gastaba los fines de semana con su novio, emborrachándose en bares, o engulliendo pizzas y series en su casa. Cuando visitaban la sierra, dormían en hotelitos rurales y, si se trataba de las vacaciones importantes, viajaban con todo organizado. Cuánto por aprender, reconoció, cuánto por experimentar.
Al final, se decidió por la esterilla, aunque se le escapaba un poco del presupuesto. Tan sólo imaginar la alegría de su hermano la llenaba de satisfacción.
Diana, mientras tanto, se había situado tras el mostrador. Marina caminó hasta él y la otra, al marcar el precio, le aplicó un generoso descuento.
- Muchas gracias -dijo Marina, tímida.
Diana sonrió, sin alzar la vista. Marina rebuscó entre el desorden de su bolso: apartó el libro, los tampones, los guantes, el kit de maquillaje, la pitillera, los chicles, hasta dar con el monedero. Tendió los billetes a Diana; esta tecleó en el sistema, la caja se abrió y se oyeron los chasquidos de la impresión del recibo. Marina recibió su ticket y el cambio y se concentró en guardarlo, mientras la otra le entregaba la bolsa con el regalo.
- Me tienes que disculpar -apuntó Diana-, pero nos quedamos sin papel para envolver.
- Ah, no te preocupes, no pasa nada. Ya me encargo yo- le respondió, agarrando las asas de plástico.
Comprobó la hora.Si se daba prisa, le alcanzaba para tomarse unas tapas.
- Lo echo tanto de menos… Pero tanto. De verdad. No hay día que pase que no piense en él…
Esta vez sí se sostuvieron la mirada. En completo silencio, la una frente a la otra, separadas apenas por aquel mostrador. Y sobre ambas respiraciones agitadas aún se percibía el hilo musical de fondo. Marina rescató los párrafos sobre el desapego; le añadió, además, algunos sobre el amor, el perdón, el presente. Recordó a su admirable compañera de oficina, el deterioro de la quimio, las engañosas esperanzas, la recuperación triunfal. Recordó también los cuernos que su excuñada le había puesto a su hermano, el engorro de la entrada al piso, la cancelación de la boda. Los kilos que Álvaro había perdido, su soledad oscura y violenta, las crisis nerviosas, el rechazo a cualquier contacto. Las repentinas salidas campestres que acabarían por convertirse en su único pasatiempo.
Todo esto evocaba Marina mientras Diana aguardaba insegura, expectante, deseosa, posiblemente, de unas palabras de consuelo -al fin y al cabo, las Navidades eran ideales para estrechar lazos, para sincerarse, para la reconciliación. Pero Marina tan sólo alcanzó a no arrojarle la bolsa: con pulso traicionero recuperó el recibo y apenas se oyó gritar cuando exigió su dinero de vuelta.