Ojalá nevara, deseé.

Figuritas mutiladas

Anoche, revisando el belén, como hago a veces, sobre todo, después de la cena, con sus luces titilantes y la rueda de la fuente encendida -y luego paso a contemplar el árbol, también prendido, y sus adornos, y caigo en la cuenta de cuán anciano estoy- descubrí, junto a la escena de la anunciación, la figura de un pastorcillo de cabellera larga, chaleco y alpargatas al que le faltaba un brazo. Ignoraba de dónde había salido o cómo se habría malogrado: si estos muñecos los fabrican de un material casi irrompible y algunos han cumplido impecablemente los treinta o cuarenta años. Algo en su acabado, además, lo diferenciaba del porte espigado del resto del nacimiento; parecía más cabezón y moderno, tenía la piel demasiado naranja. Resultaba difícil determinar si le habían arrancado el miembro o, incluso, aserrado. No, concluí ,definitivamente, nunca lo había visto. Marianela ya se había ido a la cama, así que no pude preguntarle para que me sacara de dudas.

Luego me asomé al balconcito, al barrio frío y oscuro -este año, el invierno se está conteniendo, aunque sólo es cuestión de una madrugada para que se hundan las temperaturas. Detrás mía, en el salón, las luces continuaban parpadeando sin compás y la rueda giraba, imitando el fluir de un río -cuántas veces nuestros nietos habían venido a visitarnos, pensé, cuántas veces.

No recordé al muñeco hasta el almuerzo. Marianela sorbía su habitual sopa hirviendo al otro lado de la mesa cuando le pregunté por el pastorcillo. Dijo que no sabía de qué le hablaba y yo me levanté, salí y regresé con la figurita mutilada. Entonces me dijo que no le gustaba un manco en el belén y yo le respondí que también ellos tenían derecho a ir a conocer al Niño Jesús. Su padre, sin ir más lejos, había perdido una pierna en la guerra y la otra, ya, al final de la vida. Marianela prefirió no contestar, como siempre que se evoca algo referente a sus orígenes -ya sea por dolor, por vergüenza, o por ambas razones; si siempre reaccionó así, sólo que, ahora, cada vez, se le nota más. Luego, a la tarde, cuando bajamos al Ortega, protegidos con bufanda y gorro, pues corría una brisa que cortaba, mencionó la visita del día anterior de Lucía, la vecina, y su crío. Habían subido unos minutos a vender boletos para el sorteo de Navidad del barrio. Marianela, que nunca juega, acabó comprando varios. Dijo que el niño se había perdido de vista unos instantes, que quizá fuera el responsable de la aparición del pastor manco. Bromeé con ella, pues jamás ha creído en el azar, y le pregunté qué haríamos si el premio nos tocase. Conseguí robarle una sonrisa. Reconoció que de la cesta de Navidad no podríamos probar prácticamente nada.

Mi mujer se retiró pronto, a la noche, pues es la que madruga. Yo volví a asomarme al balcón. Sabía que la helada no se haría esperar. El año pasado averió el sistema de tuberías de media plaza central y el ayuntamiento tuvo que improvisar unos baños y lavabos comunitarios en el patio del Colegio de Los Pinares. La nieve, sin embargo, no cuajó.

Saqué al pastor de mi bolsillo y lo inspeccioné de nuevo, con esmero: a la altura del hombro, donde le ocupase la prolongación del brazo, se reconocía el plástico blancuzco, sin pintar de su interior. Su origen me intrigaba.

A la mañana siguiente, sábado, bajé hasta el tercero y llamé a la puerta de mis vecinos. Probé con el timbre y luego con los nudillos. Lucía, recordé, limpiaba casas y oficinas. Hace un tiempo Marianela pensó en contratarla, por ayudarla, pero abandonó la idea porque no se fiaba del todo. Yo la entiendo. Tuvimos a una chica durante unos meses que se dedicó a robarnos las pocas sortijas del joyero; incluso se llevó un cinturón de piel que me había regalado mi hija menor. Cuando la descubrimos, la sentamos y tratamos de aclarar la situación y la chica arrancó a llorar. Nos explicó que su marido era alcohólico y que la maltrataba. Mientras más sollozaba la muchacha, más lo hacía Marianela. No supimos cómo reaccionar. Marianela, primero, quería llamar a la policía, pero luego ya no quería. Al final, la dejamos ir.

Volví a golpear la puerta. Supuse que Lucía había salido. ¿Se habría llevado al crío? ¿Se lo llevaba a sus trabajos? O quizá estaban vendiendo más boletos de lotería. Sin embargo, desde el otro lado, bajo la puerta, una sombra cruzó mis pies.

- ¿Alberto? -dije-: Alberto, soy tu vecino. Abre, amigo.

Me reconfortó que hubieran enseñado al jovencito a no atender a extraños.

- Soy tu vecino, Enrique, el hombre mayor del quinto. Abre, amigo. Te traigo al pastorcillo manco que te olvidaste en casa.

Lo sentí que arrastraba algún mueble -un taburete, una silla-; aseguró la cadena y, luego, la puerta se abrió tiernamente. Por el hueco permitido surgió mi vecinito, un niño rubio, muy rubio, puro ojos azules, y tan delgado -a pesar del doble y grueso pijama- que podría haberse escurrido por el vano de la puerta y entre mis piernas. Lo saludé con cautela. Alguna que otra vez nos habíamos cruzado en al portal y en el ascensor: Marianela y yo somos los más veteranos del bloque, todo el mundo nos conoce y los niños no son tontos. Consciente de mi pulso senil, estiré la mano y le mostré la figurita malograda; le pregunté si era suya. El crío me contempló con aquellas pupilas tan celestes -herencia del padre-, mudo, implacable, hasta que se decidió por asentir. Le arrimé el muñeco pero, como no reaccionaba, le pregunté si lo quería. Negó con la cabeza. No debía ni alcanzar los siete añitos.

- Que se quede en tu casa -habló-. Aquí ni tenemos belén.

La dureza en sus palabras me cogió por sorpresa. A mí la orfandad, recordé, también me envejeció de golpe.

Sin embargo, el niño parecía dispuesto a dialogar. Por eso, tras preguntarle por su madre -estaba comprando-, le pedí que me invitara a pasar. Asintió, cerró, reconocí todo el barullo con la silla y el cerrojo, hasta que volvió a aparecer de nuevo. Noté su casa mucho más fría que la nuestra -la orientación, sin duda- y percibí el rumor de un televisor de fondo, mientras seguía sus pasos hasta el salón. Estoy viendo los dibujos, me explicó, sin mirarme, y se acomodó en un lado del sofá. Me senté con él, al otro lado. Aparte del exagerado mueble de madera que contenía al aparato -y que me recordó uno parecido de mi hijo Fermín- también había en la sala una mesa con ceniceros, portafotos y flores artificiales. En una esquina descansaba un balón de fútbol y un árbol raquítico que luchaba por conservar el espíritu navideño. Menos que nada, pensé.

- ¿Y por qué no habéis puesto el belén?

- Es que mi madre no tiene tiempo -respondió.

Aquello sonaba a injusto reproche. En la pantalla pronto dieron paso a una publicidad de juguetes escandalosos.

- Bueno -añadió el niño-, y también porque me enfadé y le hice esto a los muñecos.

Se calzó, bajó del sofá y corrió hacia su habitación. Me apremié por cruzar el pasillo y alcancé un cuarto muy desordenado. El suelo era un caos de cochecitos y lápices de colores; la cama aguardaba sin hacer y un pupitre soportaba una pila de trapos arrugados con un enorme perro de peluche. A través de la ventana se reconocía el campanario de la Concepción, el cielo gris. Ojalá nevara, deseé. Alberto, entre tanto, había deslizado desde el interior del armario una maltrecha caja de cartón y, una vez la situó en el centro del cuarto, desplegó sus solapas rotas.

Quizá, entusiasmado por algún recuerdo de mi infancia, preferí arrodillarme para descubrir su contenido. Eran figuritas de belén. Y las había mutilado a todas. Encontré pastores decapitados, camellos sin patas ni joroba, ovejas de medio cuerpo, ángeles cojos y, por supuesto, sin alas; campesinos sin aperos, reyes sin corona, vendedoras sin jarro ni pecho. Los rostros de algunos personajes habían sido perforados allá donde existiera una boca, las orejas, los ojos; a veces, el boquete atravesaba el estómago o los genitales. Aquello parecía un circo de despojos humanos, un desbordado hospital de guerra. De pronto surgía alguna parte amputada y, sin venir a cuento, cualquier otro muñeco infantil completamente sano. Esa carnicería, pensé, sólo ha podido ser perpetratada con la ayuda de un cuchillo de sierra, unas tijeras de cocina, un afilado punzón. Sólo la paciencia y un buen pegamento podrían recuperar a algún personaje.

No hube de preguntarle a Alberto: él mismo me aclaró, orgulloso de su hazaña, el pecho hinchado bajo los pijamas y la camiseta interior, que odiaba la Navidad, que no creía en ella, que era una maldita mentira, y que hacía a la gente más infeliz y más estúpida.

Lo cierto es que yo tampoco era quién para contradecirlo. Todos mis hijos y nietos disfrutan de una vida fácil, pienso, feliz, cómoda, y tampoco creen en la Navidad. Ellos, de creer, creen en los videojuegos y en la tecnología; se olvidan de los belenes, de la caridad y los villancicos; nos regalan estancias en hotel, vales de compra y hasta masajes que ni siquiera entregan en persona. Uno de mis bisnietos ha nacido en no sé qué comunidad -olvidé el nombre, mi mujer lo sabe mejor- donde no se celebra el nacimiento de Jesús y tampoco se cuentan los años de la misma manera que nosotros. Nuestra familia se quiere, sí, no me cabe duda, pero somos muchos, algunos desparramados por el mundo, y una Nochebuena en el pueblo ya no es motivo para reunirnos. Lo cual también entiendo.

Devolví a la caja un buey al que, afortunadamente, sólo le faltaba un asta. Recordé al pastorcillo manco. Alberto lo apretaba en su manita. Agachado como me encontraba, superaba en pocos centímetros de altura a mi vecino. Le pregunté con el mayor tono posible de desafío que, si no creía en la Navidad, si tanto la detestaba, por qué había dejado a hurtadillas al pastor en mi belén.

Primero, Alberto se ruborizó; después, le tembló el labio inferior con violencia y, por último, se armó de valor para confesar que pensaba que allí el muñeco estaría mejor. Esta vez fui yo el que asintió, mientras mi vecino aguardaba, a la expectativa.

Volví a repasar el interior de la caja, aquella colección del museo de los horrores. Cuerpos descuartizados y agujereados, con poca o ninguna esperanza; algunos, incluso, irreconocibles. Desde luego, pensé, Marianela se iba a poner muy contenta. Seguro que, al principio, no le haría demasiada gracia pero, qué narices, si ya nuestros nietos no tenían edad ni interés en estas tradiciones y los bisnietos nacían en el extranjero.

Agarré la caja con cuidado y la elevé hasta apoyarla sobre la cama. Después, con un horripilante dolor de rodillas, me incorporé. Tendríamos que buscar la manera de apretar tantas figuritas con las ya presentes, ajustarlas en el tablero sobre el mueble del salón.

- Vamos -animé a Alberto, con la caja en brazos.

El rostro del niño se iluminó

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