Batata posando para la foto

La venganza de Batata

El personaje de la foto se llama Claudio Heleno Rodriguez de Oliveira y en la red puedes encontrar suficiente información sobre su causa ciclista a lo largo del continente sudamericano. Nosotros para esta historia nos limitaremos a llamarlo Batata, por detalles que más adelante mencionaremos.

Batata entró en el hostal de La Candelaria la mañana de un lunes. Empujaba su particular bicicleta, una suerte de hierro oxidado e incongruente forrado de pegatinas y con un pesado cajón de madera en la parte posterior. Durante el check-in, lo asignaron a la litera vecina de mi cuarto. Moreno cual indio, con la boca pobre en dientes y unos ojos enrojecidos y espantados, a pesar de su constitución humilde había conseguido pedalear desde su hogar en Río hasta tierras colombianas. Se trataba de su segunda aventura a dos ruedas en defensa de un estilo de vida más saludable.

Al convertirse en mi compañero de habitación -y con esta, mi incurable manía por practicar idiomas- no tardamos en hacernos colegas. De todas formas, el ciclista hablaba hasta por los codos con cualquiera que se le pusiera delante -lo hacía a gritos, eso sí, y en un español macarrónico aleatoriamente enmarañado con su portugués natal. Fue durante un asalto en la cocina que me contó un viejo chiste brasileño: dos agricultores rivales acaban de ser padres y deben escoger el nombre de sus respectivos churumbeles. Del desenlace de la anécdota surgió el apelativo con el cual, desde entonces, nos reconoceríamos mutuamente: Batata.

Batata, más allá de alguna escapada matutina en su bicicleta, apenas abandonaba el hostal. Si no dormía en el cuarto, se acostaba en el sofá del salón, oculto entre colchas, como un capullo de seda, portando, a veces, una mascarilla y quejándose de un frío maldito que le robaba el sosiego. A partir de nuestras fugaces pero repetidas charlas, logré bosquejar una pequeña historia con sus -supuestos- recientes antecedentes:

Había cruzado a Colombia desde Venezuela por el norte, a través de Maicao. Pedaleó a lo largo de la costa hasta llegar a Cartagena, donde las autoridades y alguna organización ecologista le proporcionaron manutención básica. Así funcionaba su recorrido por capitales y pueblos: solicitando cobijo a cambio de sus experiencias, atendiendo y regalando charlas ambientales. Además, en el puerto caribeño tenía conocidos, lo pasó bien; un mes se le escurrió. Entonces, su salud comenzó a flaquear: un virus, dijo, contraído en un hostal por culpa de unos australianos; él, que en cuarenta y cinco años apenas había consultado a un médico. En cualquier caso, se sintió tan enfermo que acabó por acudir a un hospital. Para entonces, apenas podía moverse.

Lo ingresaron. Los análisis confirmaron una infección del aparato respiratorio. Permaneció diez días encamado. Fue durante la convalecencia que su permiso como turista venció. Entre tanto, desde el consulado brasileño le gestionaron un traslado en autobús -con bicicleta incluida- hasta Bogotá. Una vez resolviera el trámite en la capital -necesitaba un salvoconducto para la salida legal del país- su gobierno lo enviaría de vuelta a Brasil, donde completaría el tratamiento médico pertinente. De manera que Batata, en sus excursiones mañaneras, acudía a asociaciones ciclistas y ecológicas, así como a Inmigración y a la Embajada.

Entre el resto de huéspedes y, sobre todo, de voluntarios, no generó muy buenas opiniones. Molestaban sus formas bruscas, agotaba la paciencia con su eterno parloteo en portuñolo y, además, se había apropiado del mando de la tele del salón, donde acampaba a sus anchas. Paola, del turno de mañana, sí le reía sus bromas; Reme, la de la limpieza, solía seguirle el juego. A Cindy, la propietaria, le preparó un flan con leche condensada del que me obsequió una pedazo delicioso. Por el momento, había pagado tres días puntualmente.

Pero con el transcurrir de la semana, el ambiente se electrificó y los desplantes de Batata empeoraron. Se ensañó con Todd -uno de los voluntarios- mientras veían la final entre Chile y Argentina: lo llamó guarro y lo apremió a que se duchara para sofocar su mal olor de una vez por todas (en realidad, Batata sólo verbalizaba una opinión reprimida y generalizada entre muchos presentes). A la pobre Helen, una de nuestras huéspedes habituales, le montó una tremenda y sólo porque la joven ocupó el cuarto para arreglarse -eran las nueve de un sábado noche- y él ya se había acostado. James, otro de los voluntarios, lo acusaba de las misteriosas desapariciones de sus alimentos y le había agarrado tanta rabia que evitaba cruzárselo para no arrearle un puñetazo. Así, Batata fue acumulando puntos. Una mañana, desconectó el frigorífico -pues aseguraba que el cable peligraba tan cerca de la hornilla- con el consecuente deshielo del congelador y tremebundo charco en la losa. Otra, sin embargo, se entretuvo redistribuyendo el mobiliario del salón hasta conseguir una decoración mucho más acogedora.

Su estado agravó. Acusaba una tos senil y violenta acompañada de gemidos guturales; parecía un dragón moribundo. Una madrugada, opté por salir del cuarto a oscuras, en busca de cualquier otra cama disponible donde, al menos, alcanzar a dormir unas horas. Nuestro nuevo compañero de cuarto, un huésped argentino, solicitó cambio de habitación a la segunda noche y al tercer día se largó, no sin antes dedicarnos una compasiva mirada catastrofista.

De manera que, para el final de la semana, Batata se hallaba más solo y enfermo que nunca. Del resto del personal, casi nadie quería tratarlo: sólo se hablaba conmigo, con la dueña y con cualquier novato al que sorprendiese desprevenido. Mi bondad pisciana me impedía ignorarlo. Además, Batata me caía bien: me conmovía su paso encorvado, sus espontáneas subidas de ánimo y su rocambolesco discurso carioca. Cuando preparaba algo en la cocina, le apartaba y hasta se lo subía al cuarto. Un día, me pidió dinero para comer, se lo di; pero también lo hicieron Vicente -que montaba su negocio en el local de al lado- y Cindy.

Batata me actualizó su situación: el miércoles lo enviaban de vuelta a Brasil. El lunes -muy debilitado- visitó Inmigración; el martes -y siempre en bicicleta- regresó a las oficinas, donde lo retuvieron con un eterno y absurdo interrogatorio hasta que le concedieron el salvoconducto. Sin embargo, su salud era tan delicada que le negaban el vuelo: ahora debía esperar hasta el sábado para otro examen en el hospital. Pero llegó el sábado sin que se moviera de la cama y el domingo permaneció allí enrollado, escupiendo en una bolsa de plástico que custodiaba a su vera.

Aquel mismo día, antes de comenzar mi turno de noche en la recepción, me regalé un meticuloso paseo por la Séptima hasta el Parque Nacional. La tarde se alejaba espléndida y una luz imposible se derramaba, entre las nubes, sobre los tejados bogotanos. Cuál fue mi sorpresa cuando, al regresar al hostal, encontré en el vestíbulo a mi jefa y compañeros, sentados a la mesa, en un atmósfera siniestra. A Cindy la llevaban los demonios. Me explicó, entre enfurecida y nerviosa, que había llamado a una ambulancia para que se llevasen a Batata. De acuerdo con unos informes -no sé de dónde ni cómo aparecieron los papeles, pero estaban sellados en Cartagena -, Batata portaba dos tipos diferentes de tuberculosis; uno de ellos con un elevado riesgo de infección. Así que, de acuerdo con los sanitarios, nos había expuesto a todos -deliberadamente- a la enfermedad. Para colmo, se había liado una parda a gritos entre el brasileño y Cindy, pues el primero la acusaba de conspiradora y la otra quería asesinarlo por necio; sin mencionar la deuda que colgaba al hostal, que incluía dos tercios de su estancia, bebidas y chucherías. Vamos, concluyó Cindy, que estamos jodidos.

Entre los voluntarios reinaba el desacuerdo: los franceses querían hacerse la prueba de la tuberculosis; los alemanes, sólo a la vuelta a casa; James y Todd lamentaban no haber expulsado a Batata antes y yo, por mi parte, que había dormido dos semanas bajo el mismo techo, me encontraba muy sereno -imagino que por el paseo. Después, mientras rebuscábamos por internet, me invadió cierta inquietud. Descubrimos que el virus no se manifestaba hasta transcurridos los tres meses de la infección y que, incluso de portarlo, el riesgo a desarrollar la enfermedad era mínimo. Mis compañeros siguieron mirando por otras páginas, pero tanto detalle me abrumaba. Dejé de leer.

A la mañana siguiente, sin embargo, con Paola y Cindy visitamos un ambulatorio vecino y dos días después enviaron a una enfermera al hostal para que evaluase nuestra situación. Su veredicto fue simple y tajante: Si allí nadie tosía, pues no había tuberculoso ni hostias. La señora transmitía poca certidumbre pero si deseábamos unos análisis, debíamos esperar, cuanto menos, hasta la otra semana para que mandasen a un equipo médico. La idea se fue desvaneciendo de nuestras cabezas. Como mucho, a veces nos llamábamos tuberculosos, bromeando, y si alguno tosía, el resto se apartaba con exagerada precaución.

James se marchó. La noche de luna nueva prendimos una hoguera en la terraza y modelamos un muñequito que arrojamos a las llamas, en un intento por practicarle vudú a Batata. Se sucedieron los chistes macabros. Para entonces, atando cabos, habíamos concluido que el brasileño era un mentiroso patológico. Al menos, se consolaba Cindy, conservábamos la bicicleta; aunque poco nos darían por aquella chatarra.

Una semana después, cuando cumplía con mi última turno antes de partir para Armenia, llamaron al timbre del hostal. Eran más de la una de la mañana, había llovido toda la tarde y un frío húmedo se colaba entre las rendijas de los cristales.

Como de costumbre, pulsé el botón para abrir la puerta exterior, aunque sabía por el registro que todos nuestros huéspedes se encontraban dentro. Reconocí una figura oscura al final del pasillo que, poco a poco, se fue perfilando en la penumbra. Más delgado aún, sin mediar palabra, se acercó hasta que alcanzó a mirarme con sus ojos espantados y enrojecidos: Batata.