Todo comienza por un sueño

Todo comienza con un sueño

A la Pelona

Al parecer, todo comenzó con un sueño, hace cinco o seis años. En él, María cabalgaba abrazada a su enamorado hasta un paisaje inhóspito, ante la presencia de una anciana de rostro achinado y abrigo de plumas que realizó un enigmático ritual de fuego y la desafió con un antiguo secreto olvidado. Impactada por el verismo de aquella experiencia onírica, mi amiga sintió que debía investigar las imágenes: descubrió que, en sueños, había visitado Siberia y que la vieja era una mujer-medicina, una chamana. Conoció, entonces, que el vocablo chamanismo no procedía de Latinoamérica, como siempre había supuesto, sino del idioma tungu, oriundo de alejados confines rusos, donde, sobre todo, eran las mujeres quienes practicaban la tradición sanadora. Y así, indagando y dispersándose, se topó con el enlace de un particular museo en los alrededores de Toledo, el Etnomuseo de los pueblos de Siberia y Asia Central, el terreno de una antropóloga, donde se recreaban diferentes climas siberianos así como sus construcciones indígenas.

- Incluso contacté a la dueña para visitarlo pero, al final, el día se arruinó con la lluvia y nunca fui.

Por eso hoy está tan ilusionada. Me lo relata al volante de un coche enorme, prestado. Yo voy de copiloto, feliz con el paisaje, y Javi, detrás, pintorrea una bola de Navidad y se mancha hasta las cejas. Ayer visitamos Toledo, soleado y bullicioso, pues no sólo es el puente del Pilar, sino que coincide con la Feria de Artesanías, y hemos amanecido en Burguillos, un pueblo aledaño, donde se nos ofreció alojamiento. Después del desayuno llamamos al museo para asegurarnos que estuviera abierto y Carmen, la propietaria, nos pasó las indicaciones convenientes. Son nombres difíciles: Ajonofriz, Mazarambroz, Cuerva, después y, en Las Ventas con Peña Aguilera, donde la gasolinera, debemos doblar y seguir por un camino sin asfaltar. Menos mal que los letreros ayudan. Las casas se encogen hasta desaparecer, atravesamos un campo desolado y bello y, por fin, en una curva del tramo, reconocemos la entrada del museo. La preside una figura sintética que asemeja un arquero, un cazador.

Nada más cruzar el porche, desde lejos, una mujer nos indica que aparquemos junto a una estructura octogonal, imagino que una de las construcciones siberianas. Crecen una encina enfrente, varios arbustos de marrubio y escaramujo, pero, en general, abunda lo seco y las nubes parecen más próximas, como ocurre en toda Castilla. En la ladera de una de las montañas se recorta un molino solitario y, del otro lado, en ruinas, una torre mora evoca históricos esplendores. La señora nos invita a acercarnos; se encuentra junto a otra edificación, una cabaña grande, de madera. Carmen es baja, robusta y luce el pelo corto; gasta atuendo deportivo, usa gafas de sol y de las orejas le cuelgan unos pendientes con la silueta idéntica a la que corona la entrada del museo. Su marido -se refiere al señor de bigote y pelo blanco subido a unas escaleras- está aplicando goma a las juntas de la estructura, pues tienen un problema con la carcoma. Y, sin más preliminares, nos hace pasar al interior. La manchega va a guiarnos durante la visita y lo hará con la eficiencia de quien no dispone del tiempo a su favor y pretende compartir la mayor cantidad de conocimiento posible. Generosa como una buena maestra, dispuesta a aclarar nuestras dudas pero, ante todo, a que la escuchemos, pues la que va a hablar es ella.

Nos explica que el amplio espacio que acabamos de ocupar se llama balagán, típico de la tundra. Para su montaje intentó traer a obreros desde Rusia pero, ante las dificultades del gobierno, terminaron construyéndolo entre su marido y ella, con la ayuda de unos albañiles españoles. Imaginarme a la pareja -Carmen menciona que nació en el cuarenta y nueve- cargando troncos resulta, cuanto menos, divertido y admirable aunque, por el resto de detalles que recopilo en el paseo, me queda claro que se trata de una mujer muy entusiasta y con una prodigiosa fuerza de voluntad. Examino la sala, estudio las fotografías de sus expediciones a Siberia: veo trineos de renos, gorros de piel calados hasta las orejas, lagos que se hielan en invierno pero también cielos celestes y campos floreados y amarillos.

- Yo he llegado a trabajar a cuarenta bajo cero -dice Carmen-. Pero lo que la gente ignora es que allá el verano también existe y en bastantes lugares se alcanzan los treinta grados y se nota el calor.

De las paredes cuelgan vistosos vestidos, retratos de ojos rasgados y mapas de la zona. Una chimenea finge calentar la casa para los inviernos extremos y pende, junto a esta, una larguísima trenza de crin de caballo, el material con el que los yakutos -la etnia de la zona- acostumbran a tejer. Se la regalaron cuando, por fin, visitaron el museo para la inauguración de la vivienda. También le obsequiaron con un poste totémico, levantado en el porche de la cabaña y en el cual la tribu asegura su montura.

Para la siguiente construcción nos desplazamos hasta donde habíamos estacionado el coche. Se trata de una yurta, propia de la estepa, otro espacio único, sin divisiones ni aristas, de maderas ensambladas sin uso de clavos y bancos junto a los muros, cubiertos por pieles de cabra. En esta ocasión, la toledana sí obtuvo el permiso y un grupo de jacasos del área vinieron a edificarla. Una luz suave y equilibrada se derrama desde la cúpula en el interior; la atmósfera acoge. Carmen nos hace sentarnos en el suelo alfombrado para continuar con su charla mientras permite sin reparo que Javi manosee los objetos, se haga con un arco y unas flechas. Parece habitual entre las etnias siberianas que cada familia comparta una sola vivienda. Nos explica que el espacio más retirado a la entrada y opuesto a esta se reserva al anciano de la familia, que suele ser una mujer, o al visitante, y que sus puertas permanecen siempre abiertas a quien precise de alimento, descanso o conversación.

Mientras escucho, permito que mis ojos curioseen. Los ganchos de las paredes -a falta de muebles- se usan para colgar abrigos y utensilios. Un abanico de plumas de urogallo protege de los malos espíritus y propicia las energías favorables. También hay retratos borrosos en blanco y negro de un chamán y su familia y otra serie, a color, que muestra a una anciana, en medio de un ritual, con un vestido de cintas y un tocado que le oculta el rostro. María aprovecha para describirle su sueño.

- Allí la mayoría de chamanes son mujeres -le confirma la antropóloga- y siempre, siempre, trabajan con fuego. Posiblemente fuera una chorle.

Explica que, a diferencia de la tradición latinoamericana, el chamán de Siberia, no se apoya en disparadores como, por ejemplo, el peyote o la ayahuasca, para alcanzar estados superiores de conciencia. De hecho, ni siquiera medica plantas y su sanación se basa en cantos y en, podríamos decir, un afinado control mental.

- Aunque yo -puntualiza-, a pesar de haber conocido a tantos chamanes y asistido a incontables ceremonias, sólo puedo relatar mi experiencia como observadora, como pura estudiosa del fenómeno que soy.

Nos revela que aspira a romper el mito cinematográfico y misterioso que se asocia a la región siberiana y que pretende acercar una versión más honesta de la zona -tarea compleja, si uno contempla la rareza de las fotografías. Define a sus habitantes como buena gente: generosos, hospitalarios, locuaces. En la actualidad, prosigue, la homogeneización entre las culturas rusas se impone y tan sólo un diez por ciento de la población indígena mantiene su estilo nómada -frente a un setenta por ciento de hace tan sólo treinta años; la mayoría se agrupa en las lindes del transiberiano. Prefiere no hablar de matriarcado pero reconoce que, al pasar los hombres tanto tiempo fuera, de caza, la mujer goza de cierto control sobre el grupo y, como consecuencia, las relaciones de género se igualan. Se trata de una sociedad pacífica cuyo principal problema radica en el alcoholismo.

Entonces, Carmen nos cuenta cómo su pasión por Siberia la ha acompañado siempre, desde que de pequeña le regalaran un libro con ilustraciones nevadas y renos. Más tarde, el desengaño en unas conferencias en Pekín, donde pretendía dar una charla sobre el infanticidio femenino chino, terminó de volcarla en el estudio de la Rusia del Este. Sin embargo, no sería hasta el año noventa y siete, a punto de cumplir los cuarenta y ya madre de familia, cuando realizó su primera expedición. Desde entonces, rara vez se salta su cita anual: ha viajado en trineo, a caballo, en helicóptero; se ha perdido en la tundra, se le han congelado los pies; ha sufrido largas esperas y contratiempos, se ha peleado a menudo con la administración y ha aguantado estoica los discursos de algún que otro borracho. Pero también ha aprendido de la sabiduría en la sencillez, de la conexión con la naturaleza y de la universalidad en el ser humano. Ha entrevistado a chamanes en lugares remotos, ha presenciado rituales casi imposibles y ha visto envejecer a sus nuevos amigos. Dice que gracias a los siberianos, quienes veneran con respeto la tierra en la que nacen, ha podido realmente apreciar sus raíces y, por eso, después de una trayectoria que la desplazó de Barcelona a Berlín, decidió formar el museo en su Toledo natal. Cuenta con otro en Polán, el pueblo vecino, donde expone filmaciones y más fotografías y objetos cotidianos indígenas. Además, coordina jornadas sobre chamanismo siberiano y organiza cada año un concurso de documentales; también da clases de ruso, alemán, español para extranjeros y hasta de cocina yakuta. Pero su labor no se detiene: el siguiente objetivo es añadir dos yurtas al terreno. Lo hago con pasión y verdad, resume; si no, no hubiera sido capaz de cumplir mi sueño.

El resto de la visita termina con una caminata hasta la banla -o sauna- y el chardat -un edificio funerario donde tradicionalmente descansan los cadáveres. Señala otra construcción a medio hacer:

- Los troncos nos pesaban tanto que, de momento, no hemos podido terminarla.

María cumple su deseo de hacía años y le compra unos libros, convencemos a Javi para que devuelva el arco y Carmen nos invita a la entrega de premios del certamen de documentales, el mes próximo. Yo hojeo las obras, reconozco una escritura cercana, similar a un diario de vivencias ilustrado con recuerdos familiares: fotos de paisajes blancos, letreros ilegibles, rostros humildes y una Carmen, sonriente y mochilera, que posa junto a un aeroplano, abraza a una compañera o entrevista a una chamana con la ayuda de una grabadora. En el cielo nuboso tres águilas planean y nuestra guía celebra la aparición.

Y entonces nos despedimos, volvemos al coche. Tenemos hambre. Queremos parar en Cuerva y comer algo.