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Anotaciones sobre el placer en los procesos de trabajo (II)

Artistas e investigadores comparten reflexiones sobre sus procesos creativos e intelectuales

Preámbulo

La noción de ‘placer’ es de gran interés para las reflexiones que orientan las búsquedas de Mollusca. Es un concepto que nos atrae en su sentido amplio, complejo, político, poético, multiforme y, en suma, personal. Por ello, para ahondar en este fluir, llevamos adelante una investigación abierta y colectiva con la participación de artistas e investigadores que comparten reflexiones desde su hacer, respondiendo a las preguntas: ¿Qué lugar tiene el placer en el curso de tus procesos de trabajo creativos e intelectuales? ¿Cómo consideras que pueden integrarse (o no) el placer y el trabajo comercial? Estos registros dan cuenta de las reflexiones y relaciones complejas de estos creadores con el concepto, y cómo este actúa en las dinámicas y en los cuerpos que se afanan en una labor creativa.

Testimonios de: Diana Rangel, Gala Garrido, Hugo Palmar, Jordi Pallarès, Lulú Jankilevich, Michael Labarca, Pamela Rahn, Rafael Trindade, Samuel Sarmiento y Victoria Berardi.

Victoria Berardi

Placer, entendido desde mi perspectiva como una sensación de gozo, disfrute, satisfacción, de diversión con la que me permito interactuar a la hora de crear.

Victoria Berardi, “Food Porn” (2020).

En el proceso, me invito a jugar y la pasión que siento por los ingredientes que utilizo va guiando el camino al resultado final. Trabajo con el alimento con la intención de nutrir el cuerpo físico, emocional y mental. Conscientemente estoy intentando crear momentos, experiencias, objetos, formas, sabores, texturas, colores, aromas, platos, recetas, que generen algún tipo de placer; tanto para mí como para quien las va a recibir.

Victoria Berardi, “Food Porn” (2020).

Me considero una exploradora de la vida, una aprendiz, una buscadora del placer, de ese instante de plenitud donde cada parte de mi cuerpo se encuentra en conexión, regocijo y gratitud.

Victoria Berardi, “Food Porn” (2020).

Sydney, Australia, mayo de 2021.

Samuel Sarmiento

Cuando me invitaron a escribir sobre la relación entre el placer y el proceso de creación, inmediatamente recordé una referencia del escritor Roberto Bolaño, quien acuña el término “éxtasis creativo” para referirse a abrir los ojos en medio del hacer artístico, andando una senda desconocida, una senda que quema. Bolaño menciona que incluso hasta los creadores más mediocres han sentido este éxtasis por al menos un segundo.

Creo que algo que alimenta mi trabajo plástico es la incertidumbre o duende al momento de pintar. Rememorando o mitificando obsesiones, convierto vivencias personales en parte de algo sagrado.

Una situación sencilla, como una comida, una conversación o un encuentro puede ser la llave o el paso al umbral de eventos que la memoria asocia especialmente al placer, o a un éxtasis fugaz.

Samuel Sarmiento, ¨Tigres enamorados¨ (2018). Óleo sobre lienzo.

Creo que todos los seres humanos tenemos intereses que nos conducen, a veces insistir en una idea recurrente (desde la creación artística) podría relacionarse a una actividad similar a la del mito de Pigmalión y sus esculturas perfectas, quizás no en la búsqueda de la perfección pero si en la vehemencia en reencontrarnos con símbolos o imágenes arquetípicas que nos conmueven, o nos llevan a estados de placer.

De la misma forma que la luz puede definirse como ausencia de oscuridad, el placer también puede ser percibido a la ausencia de dolor, por lo que la búsqueda del placer en algunos casos es más el proceso de resolución de una paradoja que la obtención del placer como fin último. En ocasiones el placer solo se vive a través ficciones personales o narrativas que revisamos en silencio, incesantemente.

Samuel Sarmiento, ¨Sin título (Mujer tomando una ducha mientras sostiene a su hijo porque el piso está resbaloso)” (2021). Cerámica.

Cuando pinto, dibujo o hago cerámicas, me gusta escuchar música y pensar en voz alta también. A través de mi obra tengo interés en contar relatos, algunos días bastante breves, en otros momentos más complejos. Creo que todo relato ya fue vivido por alguien más en algún momento de la historia, por eso los arquetipos y uroboros son piezas clave de mi investigación. En 1938, Paul Valéry escribió: ¨La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor¨.

Creo que mi obra es parte de una búsqueda que no es solo mía, y después de mí seguirán otros, narrando cotidianidades, creando archivos de la memoria humana.

Me gustaría encontrar un balance entre mi trabajo como creador y el entorno comercial, creo que mientras la obra no sea demasiado mala, todo artista tiene un nicho de mercado en algún lugar del mundo.

Samuel Sarmiento, ¨La flor futura¨ (2019). Técnica mixta sobre papel.

Ámsterdam, Holanda, septiembre de 2021.

Gala Garrido

[rumiar-recolectar]

Rumiar es parte fundamental de mi proceso creativo, justo allí es donde se ubica el placer: sentarme en la mesa de mi cocina a mirar una franja de cielo, recostarme en el sofá a leer un libro hasta que oscurezca, atender mis plantas, hornear un pan, leerle poemas a Federica mientras siento su pelaje vibrar entre mis dedos, escribir en mi diario como quien teje un tapiz, sentir el sol calentando mis pies a las cinco de la tarde, escuchar con atención los pájaros que regresan para llamarlos por sus nombres.

En paralelo a rumiar me dedico recolectar, allí también está el placer plenamente desplegado: investigar, llenar mis cuadernos de notas, marcar los libros con adhesivos de colores fluorescentes, clasificar las citas con mi lápiz bicolor, dibujar mapas concéntricos, dejarme pistas a mí misma en los troncos de los árboles.

[evasión-incomodidad]

Llega el momento donde los proyectos necesitan ser cuerpo, justo allí termina el placer y comienza la incomodidad. Mi primera reacción es evadir: limpiar a fondo el depósito, clasificar las medicinas por síntomas, organizar los condimentos por aromas, reclasificar la biblioteca por autores, colgar mis vestidos por paleta de colores, sacudir las alfombras, pulir las copas de plata, mover todos los muebles de mi casa, hacer feng shui.

Cuando finalmente me siento a trabajar, toda mi energía se enfoca en sostener la incomodidad. Me quedo inmóvil observando las imágenes, comienzo a clasificarlas y poco a poco las voy hilando unas con otras. El proceso de escribir imágenes y el de fotografiar imágenes es exactamente el mismo: es hacer cuerpo.

Caracas, Venezuela, agosto de 2021.

Jordi Pallarès

Cuestiones co-curatoriales que nos afectan

Probablemente vinculemos el placer a muchas cosas, pero no todo lo que hacemos o nos ocurre resulta placentero. El placer debe ser satisfactorio y consentido para quien lo experimenta, y eso significa que lo que place a unxs no tiene por qué placer a otrxs. De hecho, la frontera entre el placer y el dolor (personal o ajeno) presenta, a menudo, confusión y tristes desencuentros pues lo justificamos única y exclusivamente en beneficio propio. Muchxs conviven aún con la idea cristiana de sufrimiento respecto al logro de sus metas (las propias o las que la sociedad impone). En cualquiera de los casos, se trata de algo subjetivo que pasa por la propia consciencia del permitirse sentir. Y ese sentirse bien, ese goce y disfrute se limita, en gran parte de las ocasiones, a lo puramente físico (aunque eso también sea importante). En los procesos intelectuales y, por extensión, creativos, liberamos también mucha dopamina respecto a los descubrimientos que nos permiten crecer (también en los demás y la sociedad en general cuando estos se comparten). Se trata de intercambios que implican a otrxs (autorxs y espectadores). La curadoría, por ejemplo, podría concebirse como un conjunto de relaciones de placer. Un placer, la mayoría de las veces, precedido de conflictos como el que puede tener unx consigo mismx (una suerte de onanismo in crescendo) y la que los distintos agentes tienen entre sí (parejas, tríos o pequeños grupos orgiásticos). Todo un proceso horizontal y un conjunto de microepifanías a las que hay que estar muy atentxs. En eso consiste también el curar(se).

Hace muy poco, mientras reflexionaba en un cuaderno sobre la propia práctica curatorial, escribí: “Me gustan los libros activos (de algún modo, yo mismo los acabo activando) que permiten y piden anotaciones a las anotaciones, y en los que la autoría y/o la propia editorial (publicación proviene de público) añaden páginas en blanco de libre uso”. Los ex-corpo. Eso tiene mucho que ver, en mi caso, con un sentido del placer fundamental: descubrir, conectar, constatar. Creo mucho en las conexiones que surgen durante los procesos de investigación y, por extensión, en las que la propia vida ofrece. Los lugares, los momentos, las personas, los objetos, las circunstancias de lo afectivo integran, sin duda alguna, esos procesos en espiral que reflejan lo experiencial. Permitirme subrayar eso es ya, para mí, una forma placentera de vivir y compartir mis propios procesos creativos tanto en la práctica docente como en la curatorial.

¿Cómo subrayar lo acumulado en nuestra experiencia vital — y eso incluye, por supuesto, el placer — y cuánto afecta eso a nuestra producción más reciente? En ese sentido, también los espacios de procrastinación son un modo de retroalimentar esos placeres, a pesar del coste temporal que ello pueda suponer en el logro de aquello que se tiene entre manos. Rascarse, tocarse, levantarse, estirarse, mear, beber, comer, escribirse sobre la piel, recolocar cosas, rebuscar, archivar, pasar páginas, regar las plantas, limpiar las gafas, refrescarse, defecar, lavarse, desnudarse, mirarse al espejo, cambiarse de ropa, cocinar, acariciar los gatos, pintarse las uñas, abrir o cerrar ventanas… ¿Dónde subyacen realmente las huellas de nuestro registro corporal en el proceso creativo? ¿Dónde y cómo está nuestro cuerpo en lo que producimos? ¿Nuestro cuerpo está solo en nuestras obras? ¿Cuánto hay de él en las mismas? ¿Hasta qué punto el placer del autoreconocimiento se refleja en lo que generamos? ¿Puede condicionar nuestro trabajo la conciencia corporal que tengamos del mismo durante ese proceso laboral? ¿Puede condicionar también la postura corporal con la que el espectador lo recibe y aborda? ¿Cómo cuidar eso? ¿Debería el espectador saber todo esto?

Las preguntas provocan en mí más placer que las respuestas. Quizá por todo lo que abren, por su a veces osadía, por su infinitud y también por su concreción, por lo que revuelven y descolocan, por la diversidad de enfoques que tenemos cada una de nosotras desde el lugar en el que cuestionamos las cosas. Preguntar(se) es otro verbo, toda una acción emancipadora. Una cuestión de piel en la que aunar lo sensorial y lo racional. Solo en esa tesitura seremos capaces de registrar microplaceres cada vez que nos emocionamos y conmovemos al ver, leer o reconocer algo. Momentos en los que nuestra voz acaricia y aisla determinados vocablos o frases. Basta escucharla.

Palma de Mallorca, España, agosto de 2021.

Lulú Jankilevich

Cuando me invitaron a escribir sobre el placer, me vino a la mente el título de mi última muestra realizada antes de la pandemia, y el poema de donde salió:

Un momento mío de estar tal cual la conciencia:

dulce, efímera, infinita, suave.

Como el calor de un felino demostrando en sus mantras silencio.

El amor, la necesidad solidaria.

La piel que recibe el peso de un individuo,

carne sobre carne que se desconoce,

donde solo importa el peso y la temperatura.

El peso específico del placer.

Lulú Jankilevich, “El peso específico del placer” (2018). Vista de exposición.

Cuando me desvelo por las noches, agarro a uno de mis gatos y lo estrecho junto a mi pecho; su pelo suave y la continuidad de su ronroneo me ayudan a calmar la mente y entrar nuevamente en el sueño. Para mí el proceso creativo cuenta de distintas etapas que se relacionan con lo cotidiano y a veces el cotidiano está muy lejos de la sensación de placer; las ideas y los eventos pasan rápido y pareciera que no alcanzara el tiempo. Lo que hago para detener ese tiempo es estar en el taller, ya sea produciendo o contemplando, colgando ideas en la pared. Ese no-tiempo de contemplación y desarrollo, de dejar que las materialidades y pensamientos fluyan, es mi estado de placer. En el taller me redescubro, vuelvo a corporeizar el arte en mí. Los objetos que me rodean, los libros de fotografía de Nan Goldin, Ren Han, Helmut Newton que asoman me van motivando, cambia el clima de lo doméstico para entrar en el clímax de la creación.

Las obras de la muestra El peso específico del placer son intentos de conclusiones representados en objetos, video instalación y fotografías que, de manera onírica, abordan las fantasías de mi alter ego. Una atmósfera fantástica envuelve desde la sonoridad y las texturas, los fluidos y el color rosa. ¿Cómo medimos el placer? ¿Cómo nos apropiamos y podríamos hacer reflejo de la pulsión más grande, que es el deseo, que de fluir con él, de inmediato nos lleva a la efímera sensación de placer?

Volviendo al gato y pensando en el caos que interviene el camino de la creatividad como aquello que también causa placer, pienso en los infraleves de Duchamp y la calma que sucede a la tormenta. Esos instantes evanescentes que, de estar sensibles a percibirlos, conectan con lo creativo, con lo sensorial, con el placer de entregarse a la creación. El proceso antes que la obra o pensar una obra que nunca [se] acaba (¿trantra?).

Cuando la obra es expuesta en una galería o en una feria de arte, además de ser exhibida, está a la venta. En el arte erótico, el proceso continúa, y pareciera que si la obra está en venta, también el/la artista y, por consiguiente, nace un juego de seducción. Un triángulo amoroso entre obra-artista-comprador (¿el galerista sería el proxeneta?), no muy lejana a la transacción comercial de lxs trabajadorxs sexuales a la hora de vender su cuerpo. El proceso, el juego, la intimidad. El taller, la obra, lo social. Adentro y afuera.

Sostener el ritmo para retroalimentarse y alcanzar lo que se desea.

Lulú Jankilevich, “El peso específico del placer” (2018). Vista de exposición.

Buenos Aires, Argentina, mayo de 2021.

Michael Labarca

Cuando era niño, agarraba mi austera combinación de muñequitos y armaba un pueblo en la tierra húmeda del patio. Bajo la sombra de la mata de mangos armaba un montón de iglús cubriendo mi pie descalzo con el barro. Luego conectaba esas casas con carreteras que trazaba arrastrando mi pie. Me levantaba sacudiendo mis manos sucias y miraba todo contento. Ahora distribuía los muñequitos por toda esa ciudad que me había tomado la mañana construir. Después sólo jugaba un par de minutos. Pronto me di cuenta de que el juego era construir el universo, no lo que venía después.

Michael Labarca, exploración a la luz de un apagón.

Mis procesos creativos son un atajo para volver a aquel estado de la infancia. Mi placer en lo creativo está en descubrirme en pleno hallazgo de algo, de ideas o formas de un mundo. Y cuando lo termino, me descubro construyendo otro.

Michael Labarca, exploración a la luz de un apagón.

Ahora trabajo sobre un guion. Estoy en esa etapa de la (re)escritura que disfruto mucho. Tomo notas sobre cada secuencia, apuntes que me sirven para pensar las emociones y sensaciones que espero lograr en ellas; me acerco a la puesta en escena, comienzo a pensar en los planos. Hacer una película es, entre otras cosas, un prolongado proceso de construcción de un mundo.

No voy a negar que a veces me abrumo, pero por suerte, la vida también va de otras cosas.

Buenos Aires, Argentina, abril de 2021.

Rafael Trindade

Mi proceso de fotografiar es una gran improvisación y el placer está en la búsqueda, en salir a la calle con una cámara, sin rumbo claro, dejándome guiar por el ritmo pulsante de la vida: una esquina con una luz bonita; una persona interesante que decido seguir por algunas cuadras; o la curiosidad de tomar un trayecto nuevo para ver dónde me lleva. Esa búsqueda se completa cuando revelo el negativo y veo que, por un breve momento, en una pequeña fracción de tiempo — cuando el obturador se abrió y la luz pudo pasar — , aquello que vi, que sentí, que deseé, compone una imagen que expresa algo. Si esa imagen me emociona de alguna manera, sé que tiene potencial de emocionar a otras personas. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, siento la frustración del “casi”, y ese “casi” funciona como una motivación para seguir, seguir y seguir. Al final, el placer, esa armonía de los sentimientos, camina de manos dadas con la adversidad, la insatisfacción y la angustia.

São Paulo, Brasil, mayo de 2021.

Pamela Rahn

Para mí el placer aparece en todo el proceso de creación, está allí acompañándome. El placer de la danza anterior, esa que es culpable de lo que estés creando, ese momento de movimiento, de estar viva, donde estás sintiendo y estás danzando, encontrándote con cosas, emociones y personas que te despiertan. El placer de engendrar que ejerce una violencia escondida, la cual tiene algo de eureka, allí el placer es distinto, porque se combina con un cierto dolor, y en ese aspecto me parece un poco erótico: dolor + placer = creación. Es escudriñar en lugares oscuros para encontrar algo que me sirva para crear. Estar en quietud, pensando conmigo misma, un proceso de caos interior que en el exterior es tremendamente silencioso.

A veces el texto llega a mí de otra manera, una mucho más dionisiaca: lo escribo borracha, caminando en un parque lindo, viendo una película, leyendo un libro, bailando sola en mi cuarto. Me levanto en plena noche en un sueño a anotar algo para un poema, siento que soy una elegida y allí también habita ese momento de entusiasmo conmigo misma que es placentero, que es rico, el momento por el que el creador vive.

En el acto de escribir por fin el texto, después de las anotaciones mentales y físicas, se sufre claro que sí, porque el texto no es jamás exactamente lo que se desea, pero hay momentos en donde las emociones fluyen y escribo llorando a moco tendido o riéndome; parezco una loca, riéndome de un chiste que hice o de mi maldad, y es puro placer, puro veneno de sentirse creadora. Eso es cuando creo algo bueno, claro está, a veces creo pura mierda, pura porquería y me siento triste. Luego viene ese dolor de espalda que te da cuando sabes que escribiste un buen texto, en esa aceptación del esfuerzo, allí también habita el placer sin duda, y eso es importante para mí; sin dolor de espalda, no fue bueno. Tal vez necesito una mejor silla, puede ser.

Claro que no siempre es así, esto es cuando todo se junta: el movimiento de la danza, el dolorcito de la búsqueda violenta y el ingenio. A veces nada de eso se da y es pura frustración, pero hoy no puedo hablar de eso, porque no me siento así. Hoy me siento como Reinaldo Arenas, siento que la literatura me salva de mi habitación, de todas las habitaciones.

Caracas, Venezuela, agosto de 2021.

Hugo Palmar

Taller, absurdo placer y pandemia

«He errado, he ido de un lugar a otro. Estable, he permanecido [demeuré] en una sola habitación. He sido pobre, después más rico, luego más pobre que muchos. De niño, tenía grandes pasiones, y todo lo que deseaba lo conseguía. Mi infancia ha desaparecido, mi juventud se ha quedado en el camino. No me importa: lo que ha ocurrido, me alegro por ello, lo que ocurre [ce quiest] me gusta, lo que viene me conviene».

«Todo eso era real, sépanlo».

La locura de la luz. Maurice Blanchot.

Sería poco sensato decir que ahora mismo mantengo una relación satisfactoria en la dinámica confinamiento-taller, mientras continúo trabajando a un ritmo marcado por el ánimo, la incertidumbre y la precariedad del momento.

Este texto no pretende dar sentido a nada, no plantea intelectualmente una idea clara. Al contrario, es inesperada, díscola, desorientada.

Iniciada la pandemia, esperaba encontrar mayores posibilidades en relación al tiempo ganado. Si bien estuve motivado los primeros meses, durante los siguientes me ha costado sostener la energía y concentración en los diferentes procesos que llevo.

Es cierto. He comido y saboreado el gusto de cada bocado. He fumado volviéndome humo, inflamable infante, adulto sin habla, orden alterado, todos a la vez. La ciudad se abrió cerrando las rutinas programadas, botes en las calles, bicicletas en canales, caminantes deseosos de tener todo el aire del distrito rojo, el aliento de los parques clandestinos, fiestas químicas de risa.

Amando he sido amado. He reorganizado mi espacio de trabajo, materiales, propuestas, ideas anotadas, bitácoras, apuntes, dibujos, pensamiento, todo lo descartado. Ha sido oportuno establecer conexiones esenciales al ver en perspectiva el trabajo hecho, cuestionarlo, saber soltarlo. Revisando bocetos, proyectos aún latentes, ideas que comienzan a ser maquetas en espacio y tiempo.

Que un elefante ni por rosado será solo una larga trompa de inmensas orejas con memoria si no entra en estos centímetros cuadrados de texto. Mañana dirán que me han leído redundante. Bucólico, alienado, disonante.

Paradójicamente, este ha sido el tiempo para revisar y comenzar a establecer contactos locales, conocer procesos de aplicaciones, subsidios, posibles espacios para la participación colectiva. Recientemente he creado una página web donde iré actualizando contenidos.

Me he colmado de lecturas, de pensamientos lúcidos y otros bien impúdicos, obscuras abstracciones a la fuerza del afuera, colores santos, geometrías lumínicas siniestras. Sobre los menesteres lógicos del saber y todas las cosas rectas, he comprobado que detrás de cada una no hay palabra que le haga esencia. Voy mirando sus costados, encontrando un garabato o una voz, una imagen consentida, arbitrada, quebradiza, siempre a punto de romperse, frágil, escindida.

Guío mi práctica de manera intuitiva. Desviar esa atención ha provocado desaciertos, errores convertidos en experiencia. Cada idea merece un cuidado específico, un proceso distinto, bien sea por su materialidad o el tiempo necesario para llegar a ella, cada vez que retorna o se disuelve en la práctica, y en ese tiempo subjetivo que pulsa y pide actualizarse. Puedo trabajar en diferentes piezas a la vez, desde dibujos hasta videos o pintura, volver a retomar ideas que quedaron como apuntes y establecer otras búsquedas.

Relacionalmente apelo a la magia para develar en mis secretos aliteraciones fantásticas, cacofónicas elucubraciones guturales, vueltas de cuerdas, vocales tensas, en los sonidos de otra lengua que me hace dique y delta.

He tenido oportunidad de conocer diferentes ciudades. En algunas he podido participar, en otras no ha sido suficiente el tiempo para generar vínculos concretos. Cada vez he contado con un espacio para el trabajo, y en ese ir y venir, en la necesidad de adaptarme a cada movimiento, sucedió mi encuentro con la pintura y su autonomía, una dimensión realmente distinta del proceso creativo que sigo descubriendo.

Reescribo mi cuerpo recurriendo a la memoria y a todos sus agujeros, ósmosis, membranas, acoplamiento de poros, venas y nervios, pupilas híbridas, cavidades, luz y sonidos atraviesan fluidos que me hacen cuerpo. Huida y vuelta, recorrido, perpetuo tránsito.

La escena local requiere e impulsa el posicionamiento comercial de la propuesta artística. En este momento, lo esencial es el cuidado por recuperar el ritmo propio ante la nueva normalización del mundo, al compás de las horas pico en los fogones, otra vez, a los platos llenos de mesas y los acuerdos incluidos en paquetes de ostras, espumantes y boletos.

Para alterar la continuidad doméstica, he cerrado algunas válvulas y otras han sido escape. He navegado, en un placer encallado. Tapiz de retazos, almazuela, idea clara, fresco improvisado, retícula efímera, abierta.

Hacerse de la idea, escudriñarla, soltarla, sentirla, que sea autónoma y dependiente, que sea referencia única y completa a toda la historia, del arte, anécdota. Auráticamente moderna, formalismo puro y artificio, un lobby tipo Hilton. Copia de copia de copia de copia, pseudo postismo o el mejor istmo post pseudo, repetidas veces forma entre otras formas, injustificada abstracción suspensa, legitimación de fiebres pueriles, cuerpo tuyo, cuerpo mío todos los cuerpos hinchados, de pie, pubis eléctricos, bios y vida desnuda, coincidencia, apropiación indebida, plagio. Sombra incandescente, phatos histérico, gaya ciencia, pureza, intervención imperceptible, hábitat gesto, lugar de morada, antimundo forcluido, denuncia, resonancia polifónica, tropos, técnica, vestigio, tachadura indiscreta, huella, materia pura, volátil y etérea…

Mientras se abre el mercado a la inmunidad anhedónica contra la peste y el miedo que su encuentro encierra, donde no hay leyes y el narcisismo deviene soberana política de estado a cielo abierto.

Esencial espacio para mostrar especies raras entre ciudades que son puentes.

Apuesto por el arte que nos despierte interés por lo desconocido, haciendo posible otras formas de nombrar al mundo y no solo de escapar de él. Cuerpo, ética, deseo, conocimiento, goce. Cuestionarnos el sentido de lo obvio, necesidad que continuamente interpela, moviliza e incomoda, haciéndose exigencia.

Si solo hay placer en lo razonable, ¿dónde queda entonces este texto?

Ámsterdam, Holanda, mayo de 2021.

Diana Rangel

No sé trabajar en donde debería, es la verdad, debo decirlo más veces en voz alta y dejar de avergonzarme por eso. Cuando estudiaba en el colegio escribía pequeños relatos amorosos durante las clases de Química, Biología, Historia. Parecía tan interesada (pensarían mis profesores), anotándolo todo en mi cuaderno, cuando en verdad escribía historias de amor, poemas, transcribía mensajes de texto reales y los mezclaba con ficcionales, me divertía enormemente hacerlo ahí, en ese momento: “¿me prestas luego tu cuaderno?”, me decían mis compañeras. “No hay nada de esto aquí”, decía yo. En algunas ocasiones me voy hacia otros lados.

En la universidad me pasó lo mismo, pero algunas materias competían realmente por mi atención. Estudié Psicología Mención: Clínica Dinámica, eso se traduce en recibir una formación con base en psicoanálisis, algo que me atraía mucho; sin embargo, a veces mis derivas venían sin aviso, y empecé a escribir en los bordes de los libros, a hacerme pequeñas señas a mí misma para saber que ese apunte venía de otro lado e iba a otro lado. Era inevitable atajarlo cuando lo veía aproximarse: tenía que apuntarlo en algún lado, dejarlo plasmado, fijarlo para luego trabajarlo. ¿Cómo llamar a aquello que de lejos se aproxima y de repente te atropella como un tren a toda velocidad?

Decidí combinar mi carrera universitaria con cursos de fotografía y todas las electivas de Letras que pude inscribir. Vinieron las imágenes, los colores, vino la luz muda de pocas palabras y tanto tacto, la luz que toca. La vida vivida y las imágenes, la narrativa y lo inenarrable (¿la imagen poética?). Las derivas fueron más fuertes, junto con mi sensibilidad, tanto así que empecé a creer que era el resultado de perder el interés fácilmente o tener problemas de concentración. Decidí, sin embargo, sistematizarlo de alguna manera, permitirme hacerlo, escribir a dos, tres voces en un cuaderno, atajar una imagen mientras se habla de un caso clínico, anotar una frase de un paciente delirante, una frase que brota, como la flor de una grieta, y guardarla compulsivamente en anotaciones que no eran solamente estudios de caso.

Me ha pasado siempre y ahí encuentro un enorme placer, algo se apodera de mí justo en el momento en el que no estoy ahí para eso. Cuando me siento, digamos en un escritorio, en un espacio de taller, una bella mesa con materiales dispuestos, la presión es tanta que no llega nadie ni nada, a venir a atropellarme. Prefiero estar en una sala de espera, en un vagón de tren, en una charla, en el cine, en una calle caminando… He evaluado las características ideales y a veces hasta las propicio, me las busco yo misma para poder trabajar. Es como si me tendiera trampas, como si distrajera a una voz severamente crítica y racional.

Atropello, he usado mucho esta palabra, es que tengo la idea de que nada de lo que hago me pertenece, que hay algo fuera que viene y me toca, me golpea y luego, yo respondo como puedo, con lo que tenga a la mano. Pero no es mío, nunca lo fue y nunca lo será. ¿Cómo se siente el atropello? Es una delicia y a la vez una gran angustia. Es como de repente estar en contacto con algo divino y no saber si se está trabajando lo suficiente para corresponder a ese encuentro. Con todo y frustrante que puede ser, no puedo dejar de desear esos instantes, de buscarlos, propiciarlos cada vez que pueda. Me basta a veces con dejarme atropellar y quedarme con un trocito de esa experiencia, solo un trocito. Sé que no es suficiente, supongo que esta es una de mis batallas.

Llevar mis derivas mentales a caminatas ha sido clave, descubrí una pasión por caminar no por el hecho de caminar en sí, sino por lo excitante que es encontrarme constantemente en otro lugar. Sucedió cuando vivía en Nueva York. Necesitaba dejar de pensar que estaba ahí, estudiando fotografía, haciendo un proyecto final de master. Lo maravilloso de caminar es que cada paso te aleja del paisaje anterior y te acerca a otro, desconocido, si se hace de forma continua y sin rumbo definido. Uno está en movimiento, sí, pero lo que se mueve es otra cosa o más bien, uno se deja mover por aquello incierto que de repente te rodea. Estar atenta observando cómo son las cosas, sus texturas, sus formas, cómo de repente un color aparece, a medias, gracias a una sombra que lo oculta en su contraparte; cómo hay sincronicidades de imágenes en el ambiente, sonidos solapados con otros formando una melodía extraña, palabras en el aire, en las paredes, arrugadas en el suelo o trabadas en la lengua, no sé, me genera inmenso placer estar ahí presente en un lugar-no-lugar, tratando de atajar algo en el aire.

Al migrar todas estas ideas terminaron de pronunciarse para salvarme; suena dramático y exagerado, pero hay cierta salvación en todo esto. Hay algo que te salva cuando descubres que no te has abandonado, ni a tus búsquedas, ni a tu país, a pesar de haberte ido físicamente de ahí. Que no necesitas un taller para trabajar, tampoco vivir del arte, de la fotografía o de la psicología, que estás trabajando cuando asumes otros roles, otras caras, otras tareas y funciones, ya que siempre ha sido así, siempre he encarnado otras pieles, buscado a otros mientras habito en estos no-lugares, escuchado vidas vividas y tratado, sin tanto éxito, de corresponderle a aquello divino, que de vez en cuando me atropella.

La clave, para mí, es no abandonar el placer que brindan los mínimos encuentros con las cosas, recordarme todos los días que nada me pertenece y que con la disposición adecuada puedo sentir el placer del atropello. Hace unos días leía las palabras de la poeta Melissa Broder, hablaba de la posibilidad de ser un canal para los poemas, ser un canal es recordar que no necesito luchar para llenar los agujeros de adentro con algo brillante, dice, hay que recordar que en realidad me gusta entrar por los agujeros. Sigo olvidando que me gusta estar ahí. Continúa reflexionando que, en una época en la que la certeza está muy de moda, un poema puede ser un lugar para habitar las mismas preguntas, una esfera de ambigüedad, un campo para la mente del principiante, una trenza de oscuridad y luz, una pequeña fortaleza de pausa sagrada.

Esto me gusta, con buscar ser canal en vez de lo que usualmente soy, una obstinada, crítica, perfeccionista. Me resuenan las palabras de Armando Rojas Guardia cuando habla del acceso a lo sublime:

«a lo sublime se accede si uno no es un sujeto de la excesiva autoconciencia, para llegar a lo sublime hay que des-egotizarse».

Barcelona, España, agosto de 2021.

Participantes:

Victoria Berardi es una artista ítalo-argentina que utiliza la comida y la arcilla para alimentarse y expresarse. Formada como diseñadora de moda e instructora de yoga, trabaja actualmente como diseñadora de alimentos. Tras años trabajando como chef y explorando los alimentos, la cerámica comenzó a llamar su atención. Su pasión por la cerámica se entrelazó con su amor por la comida cuando empezó a crear piezas en las que posar los alimentos. Su curiosidad y deseo de aprendizajes la han llevado a vivir en diversos lugares como Argentina, Italia, Nueva York, Indonesia, Barcelona y Australia, donde reside actualmente, nutriéndose de experiencias de naturaleza y cocina.

Samuel Sarmiento es un artista autodidacta venezolano. En 2010 realizó un máster de Producción Artística en la Universitat Politècnica de València (España). Sus obras, llenas de personajes enigmáticos que les dan un aire de extrañeza, inconformidad e incertidumbre, son el “equivalente pictórico” de sus emociones, pensamientos y creencias relacionadas con cuentos populares del Caribe. Ha participado en diversas exposiciones individuales y colectivas en Venezuela, Aruba, España, Panamá, Argentina y China. En 2021 ha sido artista residente en Caribbean Linked (Aruba) y ZBK Zuidoost (Ámsterdam).

Gala Garrido es una artista visual y poeta venezolana. El eje central de su trabajo es el poder y el erotismo desde lo femenino. Su investigación gira en torno a la representación fotográfica desde la tensión ficción-realidad y las identidades desde una perspectiva de género, tomando como puntos de partida la reflexión crítica de las imágenes propias de la historia del arte, de la cultura popular y del mass media. Así como los vínculos entre fotografía y acto poético, la autorrepresentación, el cuerpo como metáfora individual y colectiva. Es directora del espacio formativo La ONG-Caracas, Venezuela.

Jordi Pallarès es un docente, mediador y curador de arte español. Centra su investigación en prácticas artísticas que se dan en la esfera pública, en sus modos de (auto)representación y performatividad, y en las que el cuerpo y su movimiento — el del curador, el de lxs artistas y de lxs espectadores — determina discursos de emancipación. Un intercambio horizontal y relacional en el que las negociaciones acaban siendo necesarias estrategias de aprendizaje. Entre sus proyectos más recientes destacan We Dance, You Mean (Cerquone Gallery, Madrid) y el taller “Hacerse un cuerpo” junto a Quim Pujol (Casal Solleric, Mallorca). Actualmente prepara varias curadorías individuales en ciudades españolas y un proyecto colectivo con Cerquone Projects en Caracas. Es también coeditor de VB_exposición visible.

Lulú Jankilevich es una artista visual y gestora argentina, curadora de espacios y cuerpos de obra que legitiman el poder del erotismo, el transfeminismo y la creación de nuevas subjetividades. Es creadora y editora de la revista de arte contemporáneo COLADA. Es docente en la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, donde dicta la clínica de fotografía erótica contemporánea. Desde 2017, realiza curadurías para el salón Manuel Belgrano de la legislatura porteña y el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca. Es parte del colectivo de artistas Cuerpo expandido, cuya más reciente exhibición, Los tesoros (Wunsch, Buenos Aires, 2021) contó con su curaduría.

Michael Labarca es un guionista y director de cine venezolano. Egresado de la Escuela de Medios Audiovisuales de la Universidad de Los Andes (Venezuela), cursó estudios de puesta en escena y dirección de actores en la EICTV (Cuba) y fue parte del Talent Buenos Aires 2016. Su cortometraje La culpa, probablemente (2016) obtuvo el tercer premio en La Cinéfondation del Festival de Cannes. Su siguiente cortometraje, El hombre de cartón (2017), tuvo selecciones en Montreal, Biarritz, ZINEBI, PÖFF y El Cairo. Actualmente escribe el guion de su primer largometraje Muchachos bañándose en el lago.

Rafael Trindade es un artista visual brasilero, graduado en periodismo en la Universidad de Passo Fundo (Brasil, 2007) y en dirección de fotografía en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (Cuba, 2012). Actualmente, vive en São Paulo, donde actúa como director de fotografía en producciones audiovisuales y desarrolla su trabajo autoral en fotografía, con énfasis en la fotografía de calle y documental.

Pamela Rahn Sánchez es una poeta venezolana. Es autora de los poemarios El radio de pilas y otros poemas (Editorial Fundarte, Venezuela, 2020); La luz entre las cosas (Sion Editorial, Guatamela, 2020); Flores muertas en jarrones sin agua (Difusión Alterna Ediciones, 2017), y El peligro de encender la luz (2016). Sus poemas han sido publicados en diversas revistas en línea y en antologías en Latinoamérica y España. En 2019, obtuvo el premio Gloria Fuertes de Poesía Joven con su libro Breves poemas para entender la ausencia (Ediciones Torremozas, 2019). En 2022 asistirá al International Writing Program de la Universidad de Iowa (EE. UU.).

Hugo Palmar es un artista venezolano autodidacta, con estudios en derecho, museología comunitaria y teoría crítica. La problemática del poder y su estructura, así como las consecuencias simbólicas, emocionales y sociales que infunden en el individuo, son el hilo conductor fundamental de su investigación. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en Venezuela, Aruba, Brasil, Argentina, Bélgica, Holanda, EE. UU., y Francia. Actualmente vive y trabaja en Ámsterdam.

Diana Rangel es una artista venezolana y psicóloga clínica con orientación psicoanalítica. Estudió fotografía contemporánea en el International Center of Photography (Nueva York, EE. UU.) y un posgrado en Artes, Pedagogía y Transformación Social en The European Graduate School (Suiza). Su práctica aborda la relación entre arte y salud mental, a través de una reflexión alrededor de archivos, encuentros y relatos compartidos. Su investigación se materializa en instalaciones fotográficas, videos y publicaciones, y ha sido expuesta nacional e internacionalmente. Es cofundadora de la plataforma experimental nodoCCS.

Todas las imágenes son cortesía de los creadores presentes en estos testimonios.

Editado por Marianela Díaz Cardozo.

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Sustrato de creación e investigación sobre la sensibilidad contemporánea. Una reserva cuidada para el pensamiento, las artes y el encuentro // Substrate for creation and research on contemporary sensibility. A cared-for reserve for thought, art, and confluence.

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Sustrato de creación e investigación. Arte, placer y pensamiento ≈ Substrate for creation and research. Art, pleasure, and thought.