Placer y trabajo: ¿una ética?

por Jordi Santiago Flores y Marianela Díaz Cardozo

Mollusca
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Jul 18, 2019 · 11 min read

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Una ola de mar que se aproxima
Una ola de mar que se aproxima

Nota preliminar:

Este texto surge de la ‘Experiencia conducida #1’ de Mollusca, que tuvo lugar el martes 18 de junio de 2019 en la playa Los Caracas, en la costa de Vargas, Venezuela, con la finalidad de indagar en la relación entre placer y trabajo en los procesos creativos. El objetivo era alimentar una reflexión en torno a uno de nuestros principios centrales: el placer como metodología de trabajo. Sus participantes fueron: Gerardo Rojas (artista visual, arquitecto), Jeanne Jiménez (artista, pintora y diseñadora), Jordi Santiago Flores (investigador y escritor), Luis Theis (artista plástico), Manuela Zárate (artista plástico), Marianela Díaz Cardozo (artista, editora y traductora), Raúl Moreno (montador) y Rodrigo Figueroa (investigador, gestor cultural). Lo que aquí se presenta es una elaboración personal de los autores.

El estado del tiempo pronosticaba chubascos, pero en el Caribe nunca se sabe. Decidimos insistir en la planificación, no es fácil coordinar la movilidad de un grupo de personas un día cualquiera en Caracas — una ciudad donde el transporte público desfallece y la aventura de trasladarse vuelve añicos a cualquiera — , menos aún un martes laboral. Logramos conformar un grupo de ocho personas, todas entusiasmadas con el paseo y expectantes por descubrir la metodología que propondríamos para el trabajo.

Quedamos a las siete en Altamira, pero solo pudimos salir cercanas las nueve; debimos esperar por uno de los participantes que tuvo que enfrentarse a tres horas de convulsión del metro. Lo esperamos acompañando su insistencia. Cuando subimos a los carros — el invaluable aporte de otro de los participantes — y emprendimos la marcha, ya había salido el sol.

El camino estuvo amable y despejado, a buena hora llegamos a Los Caracas, emblemático lugar del estado Vargas. Un complejo vacacional concebido en los cincuenta por Carlos Raúl Villanueva para el descanso de los trabajadores públicos y que el pasar de los años ha erosionado casi hasta la ruina. La playa nos recibió limpia, amplia y sola para nosotros. El viento era fiero, la arena tibia y blanda.

Un cielo azul, un sol brillante y dos aves marinas que vuelan.
Un cielo azul, un sol brillante y dos aves marinas que vuelan.

Nos costó distendernos. ¿Habrá sido porque fuimos a dar a un lugar con el mismo nombre de donde veníamos? Cada quien procuró a su manera un espacio, su propia distancia y acomodo. Queríamos conseguir que los cuerpos pudieran sentarse a conversar alivianados, dejando caer el peso, tendidos sobre la arena. Llevó algunas cervezas y un chapuzón. Finalmente podíamos pasar a otro nivel de la experiencia.

Una nadería

(…) una bagatela la que basta por sí sola para suspender todo el enorme despliegue de inexorable verdad

A. Baricco, Océano mar.

Hay varias maneras de aproximarse al conocimiento. El camino teórico es esencial para situar, organizar y transitar una pregunta. La construcción, alcance y clasificación del problema suele darnos un piso a priori que nos sirve, en ocasiones, como interpretación. Otra vía, a veces desestimada por la presencia idolatrada de la ciencia, es tratar de responder desde la propia experiencia. La regla fundamental del psicoanálisis es ‘diga lo que se le ocurra’, en nuestro caso, estábamos orientados por unas preguntas base que cada uno hizo el esfuerzo de elaborar como pudo.

Las preguntas fueron: ¿qué lugar tiene el placer en nuestros procesos de creación? ¿Cómo vinculamos la relación trabajo-placer-remuneración? En el contexto venezolano actual, ¿es posible que nos cueste hablar del placer? La actividad central se trató de un encuentro para discernir, conversar y escucharnos en relación a estas interrogantes. La conducción o moderación estuvo a cargo de Marianela Díaz Cardozo y Jordi Santiago Flores. Lo que sigue son sus reflexiones posteriores al recorrido.

Consideraciones sobre el placer

Una idea del placer es imposible universalizar. El placer alude a múltiples sensaciones que se suscitan en un cuerpo, responde a innumerables estímulos, sus razones son incausables y obedecen siempre a una lógica privada. Hay tantos placeres como cuerpos que sienten. Se puede obtener placer en el amor, en la belleza, en el dolor, en el deber, en la tristeza, en la renuncia, en el horror. El placer canalla se alimenta especialmente de este último.

El placer es un ejercicio de poder. Se puede, o no se puede, o se puede a medias acceder al placer: es la lucha política de los hombres. El resentimiento es un discurso que sirve a alguien para culpar al otro por la precariedad de su propio placer. Por eso, cuando un resentido encarna el poder, dirige su saña a cobrarse lo que, según su verdad, le fue negado.

El poder es poder procurarse placer. Tantas trabas para acceder a algo inherente al cuerpo. Desde nacidos, antes de aprender a hablar, comenzamos a identificar las zonas erógenas que nos producen placer; es casi instintivo para el niño satisfacer esa demanda del cuerpo. Esto lo irá olvidando poco a poco, cuando la educación y la cultura le presenten lo que está permitido y predispuesto como placer. Luego le tocará desenmarañar en el mundo a ese sujeto las cosas que le producen placer a él. Tendrá la posibilidad de identificarlo y la decisión de tomarlo, o no. Es una difícil batalla de los seres humanos.

Una idea de placer

Muchas veces alguien que defiende su propio placer es tildado de cínico. Hay una amplia corriente de posturas que no dudan en considerar la defensa del placer un acto egoísta, amoral, frívolo, hippie, naïve, distante de la política. Nosotros diríamos que es al contrario: creemos que alguien puede relacionarse mejor con los demás y consigo mismo en la medida en que ha atendido su placer. Así, su mente y su cuerpo podrán soltarse mejor (no sin complejidades) al encuentro con el otro. Un cuerpo complacido muestra mejor disposición para recibir la falta.

Ningún cuerpo permanece en estado perenne de placer. El placer falta. Los momentos en que la satisfacción de un deseo llega a su máxima expresión se produce siempre un descenso. Como ondas (cuando es placer de vida y no mortal, sin límites), este se eleva y decae; también impacta, estremece y se disipa. Luego todo tiende a ser un poco como antes. Una elección es mover otra vez los tranvías hacia el placer, más como causa y convicción de alimentarlo que como afán de satisfacerlo. Esta ética implica un trabajo constante de percepción y exploración para expandir las vías de acceso hacia el placer, una práctica menos narcisista y más profunda de lo que se piensa.

No es una ética hippie ni utópica, para sostenerla hay que trabajar, esforzarse para elegir aquello que más nos produce placer. En ese sentido, sigue una lógica económica. Una noción general vincula dinero y placer unívocamente, esa posición ha llevado a pensar que el placer es preponderantemente lujo y consumo. Pero hay otra elección que no se relaciona con el dinero sino con la economía interior y se trata de poder elegir o rechazar nuestro propio placer. Es una economía privada, del sujeto. Esta relación nos interesa, pero también — ¿y por qué no? — la que apunta al lujo y al consumo.

¿Cuánto vale el teorema de Pitágoras?

La cultura tiene una idea rara del trabajo. Desde pequeños se nos sugiere que trabajo y placer no deben mezclarse. Más aún, que el trabajo reposa en una dimensión del desgaste, del esfuerzo que agota, de lo que hay que soportar, y es cierto. ¿Pero es que acaso un cuerpo que se faja no siente placer cuando realiza una labor productiva que lo estimula? Es distinto ‘pasar trabajo’, ‘partirse el lomo’ para luego — si acaso, si alcanza — permitirse el placer, que incorporar el placer en el trabajo como potencia que alimenta la marcha, así caiga luego el cuerpo, agotado.

Los antiguos tenían una noción del ocio ligada al ejercicio creativo y reflexivo. Con la dominación cristiana y luego con la Revolución industrial, esta noción quedaría fuera de cualquier esquema de productividad y de trabajo. Es el discurso que todavía domina en nuestra época, sumado a un patente horror al aburrimiento que hace del ocio algo insoportable. Rige un concepto de productividad ligado a la demanda material, que desestima el tiempo que tarda una idea en producirse. Puede ser que sea más sencillo asignar valor económico a una obra material que al tiempo que conlleva el pensamiento, pero, ¿cuánto requirió Pitágoras para llegar a un teorema?

Tiempo, distancia, manutención y desgaste. El trabajo intelectual es también un trabajo físico. El cuerpo resiente las horas entregadas al pensamiento. Una idea no se formula de la noche a la mañana, no surge si no se ha estado trabajando en ella. El ejercicio creativo es individual, pero tiene un valor para la sociedad porque va dirigido a ella, a sostener la cultura, a pensar sobre su tiempo, a servir de registro. Eso tiene que tener una remuneración, debe suponer una inversión social.

¿Dónde están los mecenas?

Es una figura histórica, pero más notablemente desde el Renacimiento, las élites han fungido de mecenas para mejorarse a sí mismas. Recibían una retribución de carácter íntimo (un placer estético, moral o intelectual, o la satisfacción de la vanidad), y el artista, intelectual o científico podía desarrollar un trabajo de magnitud para la cultura. Era su manera de contribuir con una mejor sociedad. En la contemporaneidad, más que nunca en tiempos de oscuridad, parece esencial esa figura que protege el tiempo particular de una mente y la estancia estimulada de su cuerpo.

Pero las cosas han cambiado y los sistemas de producción establecen que cualquier iniciativa artística o intelectual debe insertarse en los mecanismos de generación de mercancías. Ningún mecenas puede subvencionar toda la vida de un creador y ningún creador puede supeditar todo su trabajo a un mecenas. El trabajador del arte y el pensamiento debe proveerse sus ingresos, ofrecer un bien que muestre un interés para el otro y que lo estimule a pagar por eso — como quien se compra gustosamente un helado — . Mecenas y consumidores han de poder disfrutar de procurarse algo que les produzca placer sensible (estético, intelectual, etc.), y el creador es responsable de mantener la tienda llena de apetencias y atractivos.

Estímulos y alteraciones

No es un exceso de placer, sino el placer del exceso.

E. Arsan, Emmanuelle.

El placer del exceso introduce una satisfacción. El estado de bienestar supone que un cuerpo satisface el orden de las cosas que le gustan, no solo que vive con los requerimientos básicos funcionales — lo cual implica la mera supervivencia — , sino que, ciertamente, se procura las cosas que lo avivan y lo hacen sentir bien. Pero el placer del exceso — un arte y una ética para vivir — apunta a poder encontrar satisfacción en ‘un poco más’ de ese estado a gusto de lo vivo. Un ‘plus’ que es exactamente donde, a nuestro modo de ver, se aloja ese placer particular.

La espuma de una ola marina que está a punto de bañarte.
La espuma de una ola marina que está a punto de bañarte.

En cada caso, para cada cuerpo, establecer esa zona ‘plus’ implica reconocer límites. Un primer límite tiene que ver con la línea que divide el estado de bienestar y el de exceso. Reconocer esta frontera es la primera tarea en la vía hacia el disfrute de ese placer excedido. Una vez adentro, es preciso identificar el punto máximo de satisfacción, el límite que, si se traspasa, deja de ser placentero y se convierte en algo desagradable; el borde fuera de la zona de placer, el puro abismo que es exceso sin límite. Fijar ese umbral es una labor complicada, requiere mucha exploración, atención, desgarre, inteligencia y responsabilidad. Es difícil porque hay que fijarlo cada vez, no queda inscrito para siempre; reconocerlo es una operación de tanteo.

Pero no todo adentramiento es una búsqueda de ese punto máximo, la zona de placer excedido es enorme, enigmática y expansible, hay mucho por explorar allí y son muchas las vías para hacerlo. De cualquier manera, estar dentro supone siempre una alteración. Euforia, embriaguez, intoxicación, angustia, deleite, riesgo, ansiedad, desdoblamiento, fijación, aislamiento, son algunos de los estados que pueden experimentarse en esa zona. Un tránsito en el que solo se tiene la escucha del cuerpo para orientarse. Por eso para esta ética, la disposición a la percepción es fundamental. Ocupar este lugar abierto a lo sensorial ha de ser una conquista privada que permita encontrar mayores accesos al placer. Aquí también su dimensión política.

¿El arte es un poder?

Vivir en Venezuela hoy implica extremadamente el cuerpo. Se pasa abrupta y atropelladamente de sentirse bien a sentirse mal, muy bien, muy mal, pésimo, maravilloso, desahuciado, iracundo, eufórico. El cuerpo resiente los sacudimientos del paso radical y acelerado de estos cambios, dejándolo en un estado notable de fragilidad. Sin embargo, parece que, en un sentido amplio, el displacer tiene tomado el espacio vital de sus habitantes. ¿Qué lugar tiene el placer en una sociedad así?

La creación artística, en tanto práctica estimulada del ser, podría pensarse situada en esa zona ‘plus’ de exceso del cuerpo. Los estados y atravesamientos del ejercicio del arte pueden constituir un poder para responder a las descargas incesantes de displacer. Mucho se dice que, en los períodos de mayor decadencia social y política, el arte — con su placer del exceso — arrecia con mayor agudeza y voluptuosidad. Es desde ese lugar privado desde donde el artista registra su época.

Recogimiento

Volvamos al asunto de los límites. Aunque la escritura haya requerido distintos tonos para narrar la experiencia — demarcar puntos diferenciados en el recorrido — , un solo aliento atraviesa toda la búsqueda: el esfuerzo por darle forma a los efectos suscitados a partir de la Experiencia conducida #1 y cómo estos alimentaron un proceso reflexivo que los autores de estas líneas adelantan en torno al placer. Los variados registros en el relato, sus distintas texturas, obedecen a una escritura contingente, un ensamblaje que permitiera darle un cuerpo a este trabajo.

Este interés podría parecer un proyecto hedonista (y es probable), pero el compromiso ético y epistemológico de esta búsqueda se moviliza por una pregunta sobre las distintas implicaciones del placer. Una aproximación compleja, problematizada hasta el punto que muestre posibles organizaciones. Si pensamos el placer como potencia para el trabajo, como metodología para generar formas y posibles artefactos, para trabajar más óptimamente y a nuestras anchas, en suma, para producir y proyectar desde el eros, es necesario adentrarse en las honduras y cuestionamientos de esta idea.

Hasta aquí el recorrido. Insistiremos en la pregunta como una ola de mar que vuelve sobre la orilla y marca su registro en un punto diferente.

Marianela Díaz Cardozo es artista, editora y traductora. Desde el arte, desarrolla una investigación de la percepción táctil, la materia natural y el registro de la experiencia. En Mollusca, dirige el Sustrato editorial y explorará preguntas que tensan su anclaje en el cuerpo erótico y el placer. Originaria de Maracaibo, reside actualmente en San Antonio de los Altos, Venezuela.⁣

Jordi Santiago Flores es investigador, profesor de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, donde también realiza sus estudios doctorales en el programa de Psicoanálisis y Ciencias Sociales. Sus líneas de investigación vinculan psicoanálisis, estética y política. En Mollusca dirige el Sustrato de estudios y conducirá una búsqueda desde preguntas que exploran la relación entre el cuerpo y la música.⁣

Fotografías: Marianela Díaz Cardozo.

Foto-collages: Jeanne Jiménez para Mollusca.

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Arte, placer y pensamiento ≈ Art, pleasure, and thought

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Sustrato de creación e investigación. Arte, placer y pensamiento ≈ Substrate for creation and research. Art, pleasure, and thought.

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Sustrato de creación e investigación sobre la sensibilidad contemporánea. Una reserva cuidada para el pensamiento, las artes y el encuentro // Substrate for creation and research on contemporary sensibility. A cared-for reserve for thought, art, and confluence.

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