La forma más cercana de la maternidad masculina.

Una amiga de Vicky tuvo un hijo que casi nace el día de mi cumpleaños. Desde que me enteré de que estaba embarazada hice cuentas y alegremente concluí que compartiríamos cumpleaños. Sin embargo al final resultó más rebelde que yo y se adelantó 3 días. Nada mal para mis cálculos teniendo en cuenta que tuve un acierto del 95% con 7 meses de anticipación. Pero lo que te quería no contar no era eso, sino un par de sueños que tuvo al final del embarazo y que me imagino fueron más a o menos así.

Sueño 1.

Un día Tula se despertó muy asustada, empujó a Pablo para que se despertara. Tuve una pesadilla le dijo mientras se acomodaba con sus 6 de meses de embarazo — estoy muy asustada.

¿Qué pasó? preguntó Pablo mientras se incorporaba lagañoso y preocupado.

— Soñé que estábamos en la pileta de mi casa, allá en Chapadmalal, con mis papás y mis hermanos. Yo me hundía en la pileta y de repente y sin previo aviso, mi panza se desencajaba lentamente como si fuera un globo, como queriendo huir. Yo trataba de volver a meterla dentro mí, no entendía nada. El tío Bernardo se carcajeaba desde una esquina. Y también el tonto de Juan. Era horrible y no pude dormir más.

Pablo se dejó caer en la cama con un largo suspiro de alivio.

Sueño 2.

Otro día Tula se despertó asustada, y de nuevo empujó a Pablo para que se despertara. Tuve una pesadilla. Le dijo mientras se acomodaba con sus 8 de meses de embarazo — estoy muy asustada.

¿Qué pasó? preguntó Pablo mientras se incorporaba preocupado.

— Soñé que estábamos en casa de mis padres cuando Nico se decidía a nacer. Entonces salíamos corriendo para el hospital, en el camino nacía y era una pluma. Una plumita blanca que se me escapaba de las manos y se iba volando y yo me moría del dolor por tratar de ir detrás.

Pablo se dejó caer en la cama con un largo suspiro de alivio.


Sabes que dono sangre y plaquetas religiosamente cada dos meses -es en lo único en lo que uso la palabra religión. Mi rutina más o menos empieza un mes antes de la donación. Mando un mail al departamento de hemoterapia del Hospital Italiano donde les informo que estaré donando a final de mes tanto sangre como plaquetas. Belén o Micaela me confirman que tienen un turno disponible para hemodiálisis y que para la sangre no se requiere, que ‘vaya no más’ .

Llega la fecha -que siempre es un jueves- y me levanto más temprano de lo normal. Desayuno ligeramente y cruzo la ciudad en el subte. Trato de concentrarme en la lectura que llevo bajo el brazo mientras los vagones tabletean bajo la ciudad de la furia. Llego al Hospital Italiano y me saludan por mi nombre. Antes de empezar el cuestionario alguna de las chicas me lanza una mirada hasta el alma, seguida de la inquisitiva pregunta de rigor;
¿Algo ha cambiado? 
No. 
Que bueno Andrés. Eso si, estás más gordito, así que ojo con las harinas.

Acto seguido me bombardea con las preguntas de siempre y que repetimos de memoria por seguir el protocolo. Me pregunta si tengo alguna afinidad con algún sillón para la extracción y ante mi negativa me arremango y en un abrir y cerrar de ojos ya me han extraído 450 mililitros de sangre. Me incorporo. Me hacen seguir a una mesa con 5 sillas y una señora de pelo corto y con aire militar me sirve chocolate con mucha azúcar y 3 medialunas; para que no se me baje la presión. Cuando termino la tercera medialuna me pregunto si a eso se refería la doctora. Hago el camino de vuelta y sigo mi vida como si nada. El primer día de la rutina normalmente es fácil.

Pero el segundo día es muy distinto, las reacciones postdonación son muy variadas y aleatorias. Como si consumiera al azar alguna de esas pastillas de droga que la juventud traga indiscriminadamente. Nunca sé quien seré después de la donación, pero no deja de ser un proceso difícil aquello de enterarme.

Me despierto algo ansioso. No logro concentrarme en la lectura. Me parece que el subte no avanza con suficiente rapidez y que ahora la ciudad está lerda. Llego de nuevo al Italiano y entro a hemoterapia. Esta vez si tengo un sillón predilecto. Me siento en él y después de los saludos de rigor y las preguntas de control deslizan una aguja gruesa como el palito de una chupeta en mi brazo y la piel se estira alrededor. Mi sangre empieza a colorear la manguera que hasta hace unos segundos era monocromática. Mi sangre tiñe su triste y miserable existencia. La máquina deja girar sus rodetes como si yo le estuviera dando vida. Una vida que se extingue al cabo de 2 horas; cuando se han recolectado 450 ml de plaquetas en una bolsita otrora pálida. Si no me hubieran sacado mi sangre, centrifugado y devuelto -sin plaquetas, obviamente- habrían necesitado 15 bolsas de sangre de 450 ml para poder obtener el elixir translucido que queda al final del proceso. Yo quedo exhausto físicamente; porque cuando mi sangre sale de mí empieza a coagularse — a mi me gusta pensar que es que me extraña, pero la vida no es así — y los médicos, que son tipos geniales, le aplican anticoagulante para que siga girando por todo el circuito. El anticoagulante hace que el calcio en la sangre se precipite. Claramente yo soy el motor del circuito y ese anticoagulante termina entrando en mí; lo que hace que algo de mi calcio también se precipite y se pueda apreciar en un hormigueo en los labios, tensión muscular y pesadez en las piernas. Eso sumado a la energía que consume mi cuerpo recalentando la sangre porque a pesar de que la máquina la mantiene a temperatura constante, yo siempre siento que regresa fría — como si me extrañara, pero no.

Pero nada de eso es relevante a fin de cuentas. Lo que importa es que muchos niños seguirán su tratamiento médico con un pedacito que yo les dí; un pedazo de alma recién arrancado a alguien cuyo nombre ignoran y quien ignora el de ellos. Por eso la sangre y las plaquetas nunca deberían volver a mí. Porque es lo único que queda en el mundo; pedacitos del alma, sonrisas, abrazos y chistes malos desperdigados por todas partes. Uno no se puede quedar con nada; es una obligación entregarle el alma a la vida, para que se la lleve hasta donde pueda soplar el viento. Porque el alma, al igual que los hijos le pertenece a la vida.

Ese soy yo sin bigote y sin medialunas.
One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.