Llanto

(todo sea dicho muy entre paréntesis, pero de la catadura moral de algunos de los participantes en estos encuentros que presumo de conocer, disfruto de comentar y sufro de disentir, espero digo de ellos si no una admiración al menos un interés por el fallecido Javier Krahe, que no era médico ni lo pretendía ni permitió nunca que su cigarrillo y su güisqui sin rocas fueran rozados, pero sanaba muy bien las almas o al menos les daba un calorcillo socarrón y algodonoso, y viene esto al caso por que escuchaba yo esta mañana una de sus canciones y decía el pillo que

Mañana ha sido hoy tan de repente…
hoy tengo que volver a hacerme cargo
de cuanto es dulce, de cuanto es amargo,
de cuanto casi es indiferente. Como el tiempo ni siente ni padece
lo mismo si hace alegre o si hace triste
hoy estoy para todo lo que existe,
lo que ya va morir y lo que crece.

cosa que creo yo que firmaría cualquier médico de familia de esos de catadura moral más o menos aterciopelada, pues al final estamos allí, delante o detrás de la mesa de la consulta, en la calle en la casa o, entre paréntesis, en el bar, dispuestos a hacernos cargo de lo dulce y de lo amargo, admitir a todo lo que existe en el recuadro ajardinado o adoquinado de nuestra aceptación, sean las pocas alegrías que, los nietos, un viaje, el amor, una cita largamente esperada o el atemperamiento temporal del dolor físico o moral, procuran a nuestros pacientes entre tirones, rampas y episodios más o menos turbios de mal moral, o sean los llantos, o las ganas de llorar, que no son lo mismo pero también duelen retroesternales y ácidas, llantos que recibiremos cada uno según su cadaunada, que los médicos y médicas de familia somos todos diversos y de facetas que van del pálido al iridiscente subido, según nuestra caprichosa personalidad que un día nos hizo elegir este oficio o artesanía o profesión, qué sabré yo, de forma que podremos echarnos a llorar también nuestras licenciadas lágrimas, que me acuerdo yo entre paréntesis de mi amiga Rosa llorando de madrugada por la lucha desbocada por el aire de su zapatito azul, o podremos mirar como lloran como si mirarámos una película francesa en la que esa chica delgada llora sin que podamos entender bien el porqué y sin que podamos evitar entenderlo a la vez, o como si estuvíesemos de espaldas con el cuello tenso y las manos apretadas sabiendo que si nos volvemos será peor, o podremos imaginar que le tocamos el brazo o tocarle el brazo sin imaginarlo, o el hombro, que también es casta y noblemente tocable sin adquirir el compromiso que quizá deberíamos pero no es tan fácil, y aún así transmitir nuestro estar allí haciéndonos cargo, o sentiremos un cierto desprecio culpable ante la debilidad o el llanto que nos parezca falso o injusto porque no dejamos de ser un poco justicieros qué daño nos ha hecho el blanco y negro y el tecnicolor, y además no todo el mundo, ni los pacientes ni los camareros ni los perros lazarillos, nos van a caer igual de bien, aunque alegre o triste, muera o crezca sea nuestro trabajo estar, muy entre paréntesis, para todo lo que existe)