Televisión y memoria: los conflictos entre la realidad y la ficción

La televisión es una caja mágica que revive a los muertos. Ya lo ha hecho desde su existencia y sigue haciéndolo. El 14 de agosto del 2018 Ecuavisa estrenó su nueva novela Sharon, la Hechicera, para contar la historia y resucitar a la diva de la tecnocumbia.
Edith Bermeo Cisneros, como se llamó originalmente, falleció en 2015. La muerte de Sharon fue incluida como un caso de feminicidio, donde su pareja fue declarado culpable, y se convirtió en un fenómeno mediático. Ella como artista, igual a su muerte, tuvieron tal importancia que tres años después llega su novela para contar la historia de ‘La Hechicera’ y la televisión se introduce, una vez más, en el ámbito de la memoria.

Cuatro meses antes de la novela de Sharon, Netflix lanzó Luis Miguel — La serie, que desató un debate constante en el público de si las escenas mostradas son reales o no. Desde medios de comunicación como el diario El Comercio hasta el portal Infobae se han puesto en la labor de encontrar errores entre la serie y lo documentado sobre la vida de Luis Miguel.
Así mismo, personajes retratados han manifestado la discordancia. Uno de ellos es el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu que manifestó que “hay demasiadas imprecisiones en la manera en la que se maneja la información”, ante una supuesta intromisión de él entre la relación que tuvo Luis Miguel con una de sus parejas, Mariana Yazbek en 1987.
La telenovela de Sharon no queda atrás. Desde el primer capítulo se muestra el personaje Santera, una tecnocumbiera que se encontraba en su escala a la fama pero con problemas de alcohol y drogas. La cantante Jazmín, conocida como ‘La Tumbadora’, -supuesta rival de ‘La Hechicera’- se sintió aludida y dijo al que ese personaje no se parece a ella ante los señalamientos de su similitud en las redes sociales.
Aunque las quejas sobre la poca concordancia entre la realidad con la telenovela de Sharon o la serie de Luis Miguel, las dos inician con una advertencia: “lo que verá a continuación es ficción”, por lo que la veracidad no es tan necesaria. Aun así, estas producciones entran en la categoría de biopic (películas o series biográficas) y es tal su éxito que se desarrollan más en el espectro televisivo internacional, sabiendo que Amazon Prime dio luz verde para la realización audiovisual de la vida del exfutbolista argentino Armando Maradona.

Otro caso que saltó a las noticias es la serie Narcos, lanzada en el 2015. Las dos primeras temporadas fueron enfocadas en la historia de Pablo Escobar y el Cartel de Medellín desde la perspectiva de los oficiales de la DEA Javier Peña y Steve Murphy. La serie atrajo polémica.
Juan Pablo, el hijo de Escobar, arremetió contra la serie y contra de Netflix por los errores en la historia. “Los traficantes en Cali están viendo Narcos y nos les gusta. Les molesta que sus nombres y sus ciudades sean utilizados para contar cosas que no son ciertas. Contar mal la historia puede llevar a conflictos en la vida real”, dijo en el 2017 al diario inglés Daily Mirror después del asesinato de Carlos Muñoz, asistente de producción de Narcos en México.
Por otro lado, Sergio Fajardo, excandidato presidencial y exalcalde de Medellín (2004–2007), publicó una columna de opinión en The New York Times en Español en 2016. El texto muestra la premisa de que los guionistas de Narcos solo presentan una visión enlatada y caricaturesca de lo que sucedió en Colombia. “La industria de la televisión juega un papel importante en todo esto”, concluye.
En el programa Sí o No, el poder de los argumentos, realizado por la Universidad Javeriana y el portal colombiano La Silla Vacía, se debatió la función de la televisión en la memoria histórica en 2013. La antropóloga e historiadora María Victoria Uribe apeló que aunque el guionista investigue sobre los hechos, no tiene la metodología para corroborarlos; además de que el objetivo de una serie o telenovela es que el tema “sea atractivo para el público, que sea convincente en su tratamiento y que aparte sea entretenida, se venda y acumule rating”.
La misma antropóloga clarifica, que es necesario que la televisión tome la responsabilidad sobre su efecto en la memoria y señale que lo que hace es ficción, cuando los espectadores -hablando especialmente de los colombianos- “leen muy poco, ven demasiada televisión y sienten una atracción fatal por los bandidos y los criminales (en alusión a las narconovelas)”.



¿La industria televisiva qué responsabilidad lleva? Aparentemente Fajardo y Uribe concuerdan con el sociólogo argentino Daniel Feierstein. En su libro Memorias y representaciones (2012) establece que la lectura de productos mediáticos están dentro del proceso de construcción de memoria. Con lo que complementa lo que la catedrática Charo Lacalle menciona en su texto El espectador televisivo (2001): que los espectadores relacionan la ficción con los hechos y completan los vacíos que tienen sobre la historia.
Las ficciones biográficas, como la de Sharon y Luis Miguel, en televisión abundan: desde la serie de Juan Gabriel realizada por TNT, la novela del salsero Joe Arroyo producida por el canal colombiano RCN, o la miniserie sobre la vida del Papa Francisco lanzado en Netflix. Aunque no se enfocan en realidades políticas y violentas como las narconovelas, son un reflejo social del país donde se desarrolla la historia. Existe el conflicto de la delgada línea entre la ficción y la realidad, que el espectador debe ser consciente y la televisión debe recordarlo siempre.
Publicado en: edición 357 de la revista Cartón Piedra (7 de septiembre del 2018).

