CREAM
Eran épocas de universidad.
Epocas difíciles para la familia. Estábamos divididos por diferentes partes del mundo, papá, mamá, las hermanas. La pequeña estaba creciendo y la del medio, en la lucha.
Eran épocas de mucho asombro ante la vida, ante el sexo, ante la droga. Venía de una crianza estrictamente cristiana pero traía conmigo una maleta inmensa de curiosidad y de inquietudes sobre la espiritualidad, sobre el amor, sobre nuestro lugar en el mundo, todas esas cosas que le pasan a uno solo una vez en la vida y que vienen acompañadas siempre de algún tipo de música.
Yo venía de los Estados Unidos, de la radio pop, de la radio de Shadoe Stevens, soñando con ser un disc jockey. Me encontré un país muy distinto al país en el que me crié.
Me crié sin vallenatos en el fondo, sin rancheras en la lejanía suburbana, a duras penas con vagos recuerdos de discos de Galy Galiano y cositas de Octavio Mesa que ponía mi tío Emilio en un equipo de sonido Zenith que mi tío Duván le había regalado a la abuela Mercedes en la casa del barrio San Jorge, de la que partí muy niño recordando una zanja en una tercera escalera estrecha que parecía un agujero negro, entapetada a las malas con grapas, las tablas enceradas para el regreso de papá a la casa de sus papás, su casa.
Crecí sumergido en la cultura anglo. No me avergüenza para nada, así los trolls intenten por diferentes formas hacerme sentir una mala persona por mi spanglish, así me critiquen por mi inglés, así digan que me creo mejor persona porque lo hablo y lo escribo bien. Nada de qué avergonzarse por aquí, move along.
Crecí oyendo la radio top 40, rodeado de vinilos de Michael Jackson al principio y luego de discos compactos que fueron formando mi pasión por la música internacional, y en particular por aquella que permeaba el inmenso y bonito mercado norteamericano.
Pero tenía idea de quién era Clapton y durante los años preadolescentes lo descubrí gracias al Rainbow Concert que mandó papá en cassette antes de nuestra migración al sur de la Florida. Lo repetía una y otra y otra vez en una grabadora Philipps que papá había dejado atrás, y que yo había empotrado en la cama de arriba del camarote de la habitación, en la que convivía rodeado de colecciones enteras de revistas de Mecánica Popular, revistas coloridas y exóticas chinas, propaganda comunista de Mao, libros apocalípticos sobre el fin del mundo, enciclopedias del Mundo de Los Niños y cientos de curiosidades más.
Con los audífonos que heredé de Joe Marín comenzó mi pasión por la música y más adelante, mi pasión por la radio. Y empezó entre otras cosas muy variadas, con Clapton y con ese concierto que se llamaba “Arco Iris” porque era una reunión de todos los amigos del gran guitarrista, que aún eludía mi conocimiento: Daltrey, Winwood, Capaldi, Townshend, Wood.
Tenía 11 años y mamá esperaba a Laura; me trasnochaban Radioacktiva y las piernas de Clara Inés, una valluna voluptuosa que me despertó los primeros deseos de sexo; y en la noche, cuando extrañaba a papá, sacaba a Clapton, y entre la masturbación pecaminosa y el club de corazones rotos y solitarios de Ovidio Morales de Radioacktiva Medellín, escuchaba ‘Presence Of The Lord’.
Y no entendía nada de lo que oía, pero podía imaginármelo: un espacio gigantesco, con un eco como un tiranosaurio, un rugido inmenso de una canción que se expandía y se hacía chiquita y volvía y crecía. Era una carcasa blanca el casete.
Fue así como conocí a Clapton y en ese disco estaba ‘Badge’.
Pero sería más adelante, cuando llegué a la universidad y empecé a andar con los cuyabros y a ampliar mi mundo musical al ritmo de los primeros romances, de las primeras clases, de las primeras trasnochadas de whiskey y marihuana, ante la aterrada mirada de mamá, que volví a cierto momento de claridad, a una capacidad de asombro causada por el descubrimiento del sentir del blues, tan ingenuo como nuestras vidas, tan peligroso como nuestras drogas, tan bonito, tan sensual, tan “cremoso”…
Había oido años antes, viendo ‘Goodfellas’, el famoso riff de ‘Sunshine Of Your Love’, en una escena de esas sórdidas de la peli de Scorsese, pero la canción solo había acompañado un momento cinemático.
Lo que pasó en la universidad fue la expansión de los oidos; la lentitud alucinante de la que sufren las viejas sicodelias, cargadas de humo y de una inocencia similar a la nuestra en la universidad, cuando tanto nosotros en el 97, como Clapton, Baker y Bruce en el 68, soñaron con cambiar al mundo y crearon estas canciones.
Un día como hoy se reinventaba el asombro. Se reinventa por años, décadas, una y otra vez, como un círculo que no deja de girar, que no se detiene, el círculo hermoso de nuestras grandes experiencias, aquellas que nos enamoran de la música y que nos hacen jóvenes eternamente, como las canciones de Cream.