EL CASO DE KESHA CONTRA DR. LUKE

El caso de Kesha contra Dr. Luke no es un caso de abuso sexual sino un asunto de derecho e independencia artísticos. Es un tema de explotación laboral que le estalla a la industria en la cara y que por razones personales – muy convenientes para quienes controlan dichos derechos – termina ahogado en la marea informativa a la que nos expone la época.

La emotividad resultante en la indignación generalizada de la opinión pública en redes sociales a partir de una fotografía – en la que la artista de Los Angeles llora desconsoladamente ante la negativa de una jueza de Manhattan de otorgarle a la cantante libertad de su contrato con Kemosabe Records – ha desvirtuado el debate, convirtiéndolo en un escándalo más, de los millones de virales que explotan a diario en la red y que con el mismo poder con que aparecen, se esfuman.

Kesha reafirma el poder que ejercen las grandes casas discográficas cuando éstas tienen todo el control sobre los artistas. Construida por Dr. Luke dentro de su reconocida maquinaria de hits, la cantante norteamericana es el ejemplo de algo que durante décadas viene pasando en la música pop, algo que la gente no logra descifrar y que no entiende, pero que quizá en esta ocasión, pueda revelarse finalmente a ojos y oídos del consumidor final de música, si deja a un lado el escándalo, la solidaridad de género, comprensibles en casos de esta índole y de tan graves consecuencias para las personas involucradas.

Esa verdad, dicha a medias por la misma turba enfurecida de tweets y comentarios, de opinión, es que Kesha no es una artista: Kesha es un producto.

Y como producto ha sido tratada desde el comienzo de su carrera; sus canciones, al mejor estilo de la producción en serie, han entrado y salido de las programaciones radiales del mundo como salchichas, y al mejor estilo de las producciones en masa de Gottwald, han perpetuado el gran poder de las maquinarias discográficas, enriqueciendo al productor y sometiendo a la rutina de lo pop a una mujer que en varias ocasiones dejó ver destellos de talento opacados por la masividad y por la necesidad de hacer dinero, no música.

Nadie sabrá a ciencia cierta qué sucedió a nivel personal entre Gottwald y Kesha salvo ellos dos. Pero los hechos son claros y son contundentes: esta es la historia de cientos de miles de artistas que, obnubilados por la fama llegan al pop con la promesa que se esconde detrás de anticipos, trampas, engaños y finalmente, la pérdida completa de la autonomía estética.

Que Luke haya violado a Kesha no es descabellado, pero tampoco es un hecho. Que las acusaciones de Kesha, hechas durante el transcurso de 5 años repetidamente, sean crudas y posibles, tampoco las hace ciertas. Que tanto Kesha y Luke estén enfrascados en una pelea por dinero sí apesta en todo lo que se lee, en todos los testimonios, en las declaraciones juramentadas y en la participación activa del gigante Sony Music al poner a su equipo legal a toda marcha para poner freno a un lamentable y amargo pleito en el que ninguno de los dos artistas saldrá ganando al final.

La carrera de Kesha, como lo dijeron sus abogados con certeza y conocimiento de causa, ha sufrido daños irreparables a causa de un contrato leonino. La reputación de Luke ha sido manchada de por vida, y si bien ha sido exonerado completamente de los cargos de abuso sexual gracias a las evidencias presentadas a la corte por el equipo legal de Luke y la misma Kesha, el jurado ciego y sin argumentos reales que es la opinión pública – y que con frecuencia adora su posición de verdugo – ha dado su veredicto sin conceder el beneficio de la duda: ante las feministas, los fans, algunos músicos – incluyendo muchos de los que han trabajado con él -, Dr. Luke es un violador.

Pero nadie tiene derecho a decir quién tiene la razón en esta historia desde la indignación, pues si se ve con amplitud, en la amarga pelea entre Dr. Luke y Kesha ambos son culpables.

Todos los grandes artistas de pop se han rebelado contra sus amos en algún momento; Michael Jackson se rebeló contra Berry Gordy, con quien terminó a la fuerza su contrato en la Motown Records para emprender su carrera de solista después de haber sido exitoso con los Jackson 5; Marvin Gaye también lo hizo contra el mismo Gordy, quien insistía que Gaye produjera solo canciones de amor cuando el artista deseaba producir un disco conciencia, un álbum conceptual (What’s Going On). Kelly Clarkson se rebeló contra Clive Davis, y Davis lo tomó tan a pecho que la destruye en su autobiografía.

Nadie tiene la razón porque nadie ve el “big picture”: nadie se ha puesto a pensar cómo llegó Kesha a las radios del mundo, ni por qué Luke y su colega Max Martin tienen tanto poder sobre la música que le vendemos a las masas los medios de comunicación. Hasta hace cinco o seis años, Kesha hacía parte del gran bulto de mediocridad que la gente asimila como quien come McDonald’s porque es rápido y barato, y su impacto en la cultura mundial se reducía a las altas rotaciones en medios y por supuesto, a las grandes sumas de dinero que acarrean.

Resulta asombrosa la hipocresía de la misma “comunidad artística” que ahora “apoya a Kesha”, aún teniendo en sus repertorios canciones de Dr. Luke y hasta fotos con el productor alabándolo y echándole flores.

Nuevamente la vulnerabilidad de la mujer en la industria de la música se convierte en el motivo de discusión, cuando el motivo debe ser la vulneración de los derechos de los artistas con la complicidad de la ley. ¿Cómo cambiar esta sistematización del talento? ¿Por qué las artistas que protestaron no se rebelan contra sus propios contratos? ¿Con qué derecho viene Ariana Grande a decir que apoya a Kesha si hace unos años adoraba a Dr. Luke públicamente en su twitter? ¿Y por qué está tan calladita Katy Perry, a quien Gottwald le ha hecho prácticamente toda la carrera?

La verdad la hemos tenido en la cara todo el tiempo. No es necesario saber a ciencia cierta si Luke drogó y violó a Kesha Sebert: solo basta con ver los vídeos de su música para ver cómo hace parte de una larga línea de explotación artística y sexual. No es necesario tampoco saber si Luke obligó a Sebert a verse más flaca en los vídeos. No es la primera vez que pasa en el pop, no es sino ver a Taylor Swift para darse cuenta que el pop las quiere flacas y langarutas y que el público las quiere así también. Y basta con ver lo que pasó con Christina Aguilera cuando se engordó.

Este asunto va mucho más allá del abuso y se acerca al sexismo como regla y verdad absoluta de la música pop, a las etiquetas que avalamos cuando ponemos estas canciones, cuando las oímos, cuando magnificamos a estos productores a través de la adoración ciega a estas artistas, cuando hacemos click en los videos para verlas sacudir el culo, cuando nuestros hijos llegan a ellas por la misma maquinaria que intenta, a toda costa, vender canciones e ídolos de mentira.

Y ha pasado siempre: Menudo. Backstreet Boys. El mismo Michael Jackson. Britney Spears. Pero en el caso de Kesha Sebert hay una puerta abierta, una puerta hacia la verdad de la música.

Kesha, firmada por Lukasz Gottwald a los 18 es, 10 años después, otra persona y por supuesto, otra artista, contra los deseos de su casa discográfica y las críticas de su mentor. Ha buscado por todas partes desprenderse de sus obligaciones contractuales, pero nadie te obliga a firmar contratos, y mucho menos si eres Kesha. Quizá por ignorancia, como suele siempre suceder en los negocios, Miss Sebert sucumbió ante el oropel, la fama, la sexualidad rampante, la droga y el mundo del entretenimiento. Y cuando abrió los ojos era demasiado tarde.

Ahora deberá cumplir el contrato a como dé lugar. Cinco discos debe grabar para Sony Music. Con o sin Dr. Luke, esa no es la excusa, Sony le da total libertad de grabar con quien quiera, pero TIENE que cumplir su contrato, le dijo la Juez a Kesha el pasado viernes – así es, una mujer negó el requerimiento en Manhattan, y una mujer representa a Dr. Luke en la querella.

Quizá uno de esos cinco discos dé resultado, dada la gigante ola publicitaria que tanto detesta Taylor Swift cuando le sucede a artistas que no son ella – y seguramente la razón por la que sus publicistas intentan opacar el drama detrás de la falsa caridad de donarle 250 mil dólares para mojar prensa a costa de otro artista (¿recuerda la carta a Apple, abogando por los derechos de los artistas? Qué pantallazo, Miss Swift).

La carrera de Kesha como artista de pop ha terminado. El repertorio de Kesha se queda en Sony. El productor ya se hizo el dinero y seguirá facturando. El público seguirá gritando en redes, “Free Kesha, Free Kesha, Free Kesha!”, mientras repasa ‘Tik Tok’ y ‘Timber’ en Youtube, saciando el morbo de una indignación más en redes y esclavizando a una artista a un yugo que parece propio, pero que nunca lo fue: el largo purgatorio del derecho de autor que se entrepierna de manera obscena con el estado de derecho al servicio de las corporaciones, el grillete enorme de la propiedad intelectual, el triste camino truncado de una artista que se quedó sin canciones.

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