Lo digo de forma figurativa, pues es obvio que el legado que dejan los Ramones está vigente gracias a la música grabada. Lo digo pensándolo desde la perspectiva de eso que llamamos el “etos del punk”, esa filosofía de vida a partir de un movimiento artístico.
Ramone fue clave en el desarrollo de el etos del punk; lo dijo en varias entrevistas. Como manager de los Ramones, Tommy tenía la gran responsabilidad de construir un mito más allá de la música.
Y eso hizo. Ramone sentó las bases para entender qué fue lo que caló en la cultura popular de manera tan significativa para millones de gente joven en el mundo.
La muestra del asunto está en algún comunicado de prensa que circuló Moby en su cuenta de twitter — aparentemente el primero -, redactado por Tommy Ramone, y en el que fácilmente pueden darse a entender las reglas bajo las cuales ese fenómeno se construyó en la conciencia colectiva de una generación que, el viernes en la noche, perdió al último de sus creadores de verdad.
Y es curioso, porque el etos punk está basado sobre la premisa de que no existe un etos, un comportamiento o un grupo de reglas constituidas, un patrón de vida a seguir, una filosofía, un orden, un proceso.
Pero lo cierto es que muchas de las cosas que sucedieron en el punk por combustión espontánea no habrían podido convertirse en el incendio cultural que se perpetuó durante tres décadas, sino hubiese existido un tácito orden, un grupo invisible de reglas.
Tommy Ramone era esas reglas: él representaba el espíritu más puro dentro de un esquema complejo y anárquico de nuevas reglas artísticas. El era el representante de los Ramones, y fue su primer baterista original.
Ambas tareas lo sumergían en diferentes labores importantes para la cultura punk en general, pues sentaron las bases de la cultura independiente también. Al haber escrito piezas memorables para el grupo como ‘Blitzkrieg Bop’ y al tiempo hacer las veces de apoderado de un salvaje grupo de personalidades, Tommy Ramone no solamente era el arte, sino el negocio de los Ramones.
Y para poderlo hacer bien, no había otra forma. Porque en la clandestinidad de su anárquica existencia, el punk cambiaría el mundo sin quererlo, pero lo cambiaría, y de esa responsabilidad jamás se salvó.
Los Ramones fueron epítome de un nuevo orden social que predicaba rebeldía y desorden. Pero no existe un movimiento más radical y organizado que la anarquía.
Fue eso exactamente lo que murió ayer, con el ocaso del último Ramone:
la legitimación de un sentir masivo, generacional, a través de la música, el poder que ésta tiene sobre una sociedad, una generación, que al igual que el etos punk, sufre de exaustión cuando le llegan los años y sucumbe al paso del tiempo inevitable, a la obsolescencia programada que es la sensibilidad masiva.
Con la muerte de Tommy Ramone, la era del punk queda sepultada y sus canciones ahora hacen parte del reloj del tiempo, de un momento clave de la humanidad que las nuevas generaciones conoceran como el pasado.
Pero la música de los Ramones, esa rebelde sin causa, vivirá por siempre.
Email me when Music And Business publishes stories
