The Dying Of The Light

(a rough draft for the pimp)

A sus 47 años Noel Gallagher parece seguir siendo un niño; en muchas ocasiones, a los ojos de la crítica internacional — y de la fanaticada colombiana, o de la indignada turba nacional, que ve con desdén la franqueza y la convierte en una fastidiosa comparación de la falta de humildad de quien la profesa — , Gallagher se convierte rápidamente en un motivo más de odio y de rechazo.

Quizá sea una misma estrategia de Noel para evitarse la molestia de caer bien para vender discos, o exista una arrogancia natural de los hermanos Gallagher que jamás se irá de su discurso.

Pero no es ajeno al arte que el artista busque de forma natural esa forma de rechazo para protegerse de la realidad convencional de los mortales que los siguen adonde quiera que vayan.

Veinte años después de ‘What’s The Story Morning Glory’, muchos siguen pendientes de lo que dicen los hermanos Gallagher, quizá para aferrarse a sus ya sesgados puntos de vista sobre los músicos británicos. Como si ser músico implicara ser una “buena persona”; es decir: aquella que leyó el catecismo y la urbanidad de Carreño, que dice “sí señor”, “sí señora”, “no señor”, “sí señor”, “gracias”, “por favor”.

Peor aún: 20 años después, existe gente que cree que la grandeza de un músico radica en esa cualidad casi divina de no errar en las palabras, de no expresar cierto delirio de grandeza al proferirlas, y que cree que al hacerlo, ese arte que los inquietó en algún momento se deteriora o se desvanece a razón de ser “franco” o “insoportable” como ser humano, convirtiéndolo también en un mal artista.

20 años después también existe gente que sueña con el regreso de Oasis, aún cuando sus fundadores sigan respirando por las heridas de las dos décadas al frente de una gran banda, llegando al límite de decir que se reunirían solo por una suma grandísima de dinero, polarizando aún más el debate inocuo de la generosidad del arte vs el mercantilismo salvaje que acompaña al pop desde las épocas de los Beatles.

Todas estas son excusas y arengas; comentarios incómodos que alejan al transeúnte del arte musical — ese colibrí de nuestra era de streaming — , que entra y sale de la música como quien come de a poquitos en una fiesta los tentempies llamados canciones.

Quizá por eso el señor Gallagher no lanzó su disco “Chasing Yesterday” en streaming sino que hizo que la gente lo comprara primero durante una semana: porque al igual que muchos artistas, no comulga con esa “vulgar” forma de consumo de música, sin que ésta esté mal en la práctica, por supuesto.

Al fin y al cabo ese es el irremediable presente que la conveniencia y la tecnología han puesto a nuestro servicio; una consecuencia de años de avances tecnológicos atados al consumo de canciones vía la radio y de la repercusión inevitable que es la música grabada como una simple acompañante, como decoración o como ambientadora de circunstancias que al arte poco competen, como la cotidianidad del público y sus quehaceres diarios: levantar a los hijos, tomarse el café, coger la ruta, montarse en el bus, sufrir la vida como todos, enviar el reporte, sí señor, no señor, gracias señor, muy amable señora, todo muy bonito, todo soportable mientras haya música de fondo.

Pero volvamos al arte y dejemos por fuera los comentarios incómodos de Gallagher sobre — por ejemplo — Ed Sheeran; olvidemos que exige una fortuna para juntarse con su hermano y hacer felices a fans que aún no se defraudan. Olvidemos por un momento que su “insoportable levedad de ser” se le escurre por los poros y por la lengua como a todo artista conciente debería sucederle, independientemente de lo que las ‘personas de bien’ piensen de su incomodidad con el mundo, de su sarcasmo escudero, de su pendenciera naturaleza.

Y entremos al mundo de sus canciones nuevas, ese disco llamado ‘Chasing Yesterday’, sucesor de ‘High Flying Birds’, del que hemos visto durante los pasados cuatro o cinco meses postales lejanas, fotos del guitarrista y compositor ensimismado en su guitarra, con las mismas posturas físicas que en pasadas décadas se vio a Dylan, encorvado por sus canciones, abstraído de ese mundo real, que seguramente a él lo aqueja.

Y detengámonos en ‘The Dying Of The Light’, que va casi a la mitad del disco y que comienza cansada al ritmo de una batería muy Oasis — ¿y cómo no? — y de un piano que evoca nostalgias reveladas desde el título del álbum (“Chasing Yesterday” significa “Persiguiendo el ayer”).

A sus 47 años, casado y con hijos, el arrogante músico se arrodilla ante la música y la música lo libera despacio y con las lágrimas en los ojos de las tormentas vividas, de las tormentas de días y años pasados, de la lucha incansable de la clase media en la era en que la clase media pereció, en que ni para el pasaje le alcanzó:

I keep on running but I can’t get to the mountain
Behind me lie the years that I misspent
And I’ve been sitting like a flower in the fountain
When all the love I’m gonna need is heaven sent

Gonna try my best to get there
But I can’t afford the bus fare
And the storm that’s rolling over
Man, it makes me wanna cry

Noel Gallagher sucumbe ante el sentimiento de su vida, de sus propias cargas, lastres grandes, pesados, poderosos. Su decepción es la del británico promedio — él es un británico promedio, nació en una familia de clase media, hijo de irlandeses, criado en esa cuna inmensa de influencia musical que ha sido Manchester para todas las clases medias del mundo.

Y acercándose a los cincuenta años, Mr. Gallagher se encuentra de golpe con la mortalidad. Con el peso de sus propios huesos. Se da cuenta que los versos no alcanzaron para satisfacer el hambre causada por la felicidad, la efímera compañera de nuestras búsquedas, las de él, las de su hermano, las de su familia…las de nosotros…

…Aun así queda el romance — o los restos de él — o quizá la esperanza de que quizá, si nos casamos algún día — como lo hizo él — , no estaremos tan solos al final del camino y el invierno no nos dará tan duro: el invierno de las estaciones de otras tierras, el invierno de nuestra desolación:

and I was told
that the streets were paved with gold
And there’d be no time for getting old when we were young
It’s alright, if you dance with me tonight
We’ll fight the dying of the light and we’ll catch the sun

The Dying Of The Light de Noel Gallagher pasarán inadvertida por el ruido gigante del EDM, que quizá esta generación de millenials no entienda porque la juventud se regocija en la felicidad, o en la búsqueda de la misma.

Pero el arte siempre jala hacia los más oscuros pasajes del alma humana, aquellos que no queremos ver ni oir ni sentir. Por eso pasan las épocas y no lo entendemos porque se adelanta a nuestro tiempo, a nuestro presente.

Hasta que llega un momento en que juntos — el músico y nosotros — nos conectamos con el significado del arte mismo, pues de repente, de forma reveladora y por lo general brutal — no necesariamente inmediata pero sí inolvidable -, comprendemos claramente los segundos que pasaron oyendo esta canción y capturamos la esencia del tiempo que tuvimos, controlando el universo por instantes y entendiendo de forma mágica e indescriptible la vida, solo para resignarnos a una inevitable nostalgia.

Esa es la naturaleza del hombre hecha arte.

Es así como una pequeña y triste canción de Noel Gallagher nos hace sentir y entender, como lo deben hacer los grandes artistas — los inmortales -, el significado de nuestras propias existencias.

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