ωιℓℓιαм(s)ⁿ
May 29 · 3 min read

Esta historia se sitúa cronológicamente el segundo miércoles del mes de julio de dos mil dieciocho. Un día «normal» en mi vida. Según el reloj de flores, quince minutos distan del medio día. El tránsito vehicular está denso, un aspecto común de un día miércoles, bueno, de todos los días en la capital del «país de la eterna primavera». Una reunión laboral exasperante aconteció a esta selva ruidosa de metal y concreto. La velocidad de desplazamiento de la fila de vehículos no pasa del kilómetro por hora; el desdén, la desesperación, el sopor, la ansiedad, la impaciencia y el enojo se apoderan de mi ser; las facciones de los pilotos a mi alrededor esbozan las mismas emociones y sentimientos. El sonido de las bocinas de las camionetas y los ruidos de mi estómago anuncian la exasperación de los pilotos y la hora del almuerzo, respectivamente. A dos cuadras hay un restaurante del payaso colocho; no tolero la comida chatarra, pero en estas circunstancias, no queda de otra, hay que relajar el cuerpo y «hay que llenar el buche» diría mi abuela materna (QEPD). Veinte minutos más tarde, después de aparcar el vehículo, estirar el cuerpo, varios resuellos y saludar al agente de seguridad, me dirijo a pasos agigantados hacia la entrada del restaurante; me gusta dejar el vehículo lo más lejos posible de la entrada para caminar más del promedio.

Ingreso al restaurante. Un «buena tarde, bienvenido al restaurante del payaso colocho» y una sonrisa falsa anunciaron mi llegada; mi respuesta: «buena tarde, gracias» y una sonrisa frescapil 😁. Apenas he entrado al restaurante y al alzar la vista hacia el parqueo me doy cuenta de que el agente de seguridad apunta los datos de mi vehículo, es probable que él esté apuntando el número de placa, el color, el tipo y la hora de mi llegada. Al cabo de un par de segundos, un joven de más o menos veinte años me invita a utilizar las pantallas táctiles para hacer mi orden, sin embargo, con un ademán evito la invitación; decido observar el menú que está frente a mí en una pantalla gigante, espero pacientemente en la fila y observo el entorno.

— Buena tarde caballero, le ofrezco en promoción nuestra deliciosa hamburguesa […].

— No gracias, sólo deseo un menú […]; de bebida deseo rosa de jamaica. ¡Ah! Y también papas grandes sin sal.

— ¡Ka-Ching!

— Gracias caballero, su número de orden es la 2123, que tenga un buen día.

— Muy amable, gracias.

Al cabo de cuatro minutos, mencionan el número de mi orden.

— Número de orden 2123, un menú […].

— Es mi orden.

— Gracias por su compra y buen provecho.

— A usted gracias.

Busco un lugar desocupado, me siento a la mesa, saco mi móvil del bolsillo, activo el WiFi; tras bambalinas el restaurante del payaso colocho registra toda mi actividad en la web mientras degusto mi frugal y poco nutritivo almuerzo, también registra mi comportamiento, interacciones y facciones (datos espesos o datos cualitativos y contextuales) por medio de las cámaras que están omnipresentes en cada rincón del restaurante. «Esto se asemeja más al programa Big Brother que a un restaurante» sentencio in mente.

Concluyo mi almuerzo, me levanto, digo «gracias» después de escuchar «feliz tarde, gracias por visitar el restaurante del payaso colocho»; camino hacia mi vehículo, enciendo el motor, salgo del parqueo, el agente de seguridad vuelve a apuntar algo, quizá mi hora de salida. De camino a mi lugar de trabajo me da la impresión de haber dejado algo más que dinero en ese concurrido lugar, algo que rara vez los comensales analizamos.


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