Nuestro pobre machismo

Tiendo a reincidir en mis errores, particularmente en aquel de ingresar a Grindr con esperanzas de encontrar a alguien neurológicamente normal y dispuesto a tener relaciones sexuales conmigo.

Mi perfil es bochornoso, por supuesto, pero no tan bochornoso como podría ser. Aún no me he rotulado como “masculino”, “macho”, o “masc x masc” (hombre masculino que busca a otros hombres masculinos), si bien los panes de este sandwich de cringe se aplican a mí.

En un comienzo, gustaba de los hombres femeninos. Con el gimnasio y con la edad, mis gustos se han volteado: Ahora prefiero a muchachos masculinos. Esto es mi problema, por supuesto, y sería absurdo que lo compartiese en este contexto, si no estuviese absurdamente politizado.

¿Puede, una erección, ser considerada como una declaración política? ¿Hasta qué punto “lo personal es político”? Para comenzar, ¿Qué es lo político? ¿Es acertada la idea de que lo político lo permea todo? Gustaría de abordar estos asuntos procesando, a través de ellos, tendencias y comporamientos a los que estoy expuesto.

Obviamente, hay algo político en lo personal, como ya he mencionado en cierta ocasión, divagando sobre la “ficción política”; pero lo personal no es puramente político. El deseo no es una declaración política per se, y puede contradecir los ideales políticos de uno. Recientemente, Alex Jones, un criptofascista vendedor de conspiraciones y píldoras homeopáticas, fue atrapado con pornografía de mujeres trans en su celular. Jones desea sexualmente a gente cuya existencia considera una señal de que fuerzas demoníacas están corrompiendo nuestras sociedades.

Si bien el deseo en sí, la pulsión, no es política, las restricciones que se ponen a su expresión, el carácter moral que se le atribuye, y una larga lista de etcéteras contextuales tienden a serlo.

No hay nada inherentemente malo en sentirse atraído hacia hombres masculinos. No hay nada inherentemente malo en conformar ciertos parámetros de masculinidad. No hay nada inherentemente malo en su contrario, tampoco. Plantear la masculinidad o su apreciación exclusiva como una falencia moral en sí misma no sólo es un sinsentido, sino también una intormisión indebida en la intimidad y la identidad de los demás.

Habría un problema, a mi parecer, en dos instancias, de causales comunes:

  1. Meramente, homofobia internalizada, una creencia de que la masculinidad es superior a la feminidad, y que, para un hombre, ser femenino es una falencia de carácter seria.
  2. “Masculinidad” entendida como agresividad, asertividad desmedida hasta doblegar voluntades ajenas, etcéteras, “masculinidad tóxica”.

1.a. Homofobia internalizada

En Internalized Homophobia and Relationship Quality among Lesbians, Gay Men, and Bisexuals (Homofobia internalizada y calidad de las relaciones de lesbianas, hombres gay, y bisexuales), Frost y Meyer definen la homofobia internalizada como:

“…un conflicto intrapsíquico entre experiencias de afecto o deseo hacia personas del mismo sexo y la necesidad sentida de ser heterosexual…”

La mayoría de los hombres homosexuales y bisexuales se sienten atraídos hacia la masculinidad. Esta es una tendencia que, como expuse brevemente hace algunos párrafos, comparto.

A mi parecer, esta atracción exclusiva sólo se vuelve problemática si se plantea como una suerte de aleccionador, o, mejor dicho, como una manera de poner blanco sobre negro sobre lo que se cree que un hombre debería ser. La dupla “No fats, no femmes” (“Ni gordos ni femeninos”) es un cliché del Grindr anglosajón, parte de una fauna heterogénea de formulaciones despectivas hacia aquellos a quienes no se desea.

Bien uno podría decir “Oh, bueno, ¿Cuál es el problema? Muchos hombres homosexuales se sienten atraídos sólo hacia hombres delgados/atléticos, y masculinos? ¿Qué problema hay?” El problema radica en el planteo del deseo por la negativa, y, más aún, en el planteo de aquel que no se desea como repulsivo.

Una estrategia de supervivencia, si se quiere, de los hombres homosexuales es cierto egocentrismo sarcástico y sincericida que muchos de nosotros sastreamos a la medida de nuestras sensibilidades y nuestras experiencias. Esa estrategia para lidiar con resultarle repugnante a una buena porción de la población votante (con la angustia y el temor profundos que eso genera), pronto se vuelve maladaptativa. Algunos de mis conocidos homosexuales me resultan desagradabilísimos, porque aprendieron a ser desconsiderados y poco amables, incluso con quienes se abren a ellos, porque no han podido constuír su personalidad demasiado, más allá del personaje que tuvieron que interpretar, primero, para que “nada les afectase”, luego, para ser aceptados en un entorno en el que la mayoría de la gente es así… Me recuerda a cierta escena de cierta película, en la que un payaso intentaba removerse el maquillaje, sin éxito. No pasaba demasiado tiempo hasta que realizaba que ese era su rostro ahora, que era más probable que se lesionase en un intento de remover la pintura, que que la pintura cediese.

Pero, retornando al núcleo del asunto, ¿Es inherentemente mala la atracción exclusiva hacia hombres masculinos? ¿Puede serlo porque (como escuché decir a cierto activista conocido mío), “excluye a las disidencias del mercado del deseo”? ¿Qué es “la disidencia”? ¿Qué coño es “el mercado del deseo”?

1.b. “El mercado del deseo” o “La teorización paranoide y patológica en la que creen los Incels, Femme Edition.”

La metáfora del “mercado del deseo” es empleada a menudo, en círculos de incels y “pick-up artists” (“artistas de la seducción”).

Los incels, “pick-up artists”, y otros miembros de la “manósfera” plantean que el mercado del deseo está dominado por los “chads” (hombres extrovertidos, naturalmente atractivos y habilidosos en los deportes), quienes constituyen apenas el 10% de la población masculina (sus porcentajes, no los míos), y “acaparan” a la enorme mayoría de las mujeres.

El asunto del mercado del deseo es una metáfora inepta para referirse a la sexualidad de gente que no la usa para fines comerciales. ¿Cuál es ese lugar al que uno arriba ofertando y demandando “deseo”? ¿Las nociones hegemónicas de qué es atractivo, afectan realmente la vida romántica de la gente? Hay una diferencia entre tener una baja autoestima porque uno nunca llegará a la portada de Vogue, y no encontrar con quién acostarse. La mayoría de la gente tiene sexo, y la mayoría de la gente es fea. ¿Cómo podemos aplicar la teoría de la oferta y la demanda al “mercado del deseo”, si ni quiera intervienen en la toma de decisiones de las partes, las presiones que intervienen en la toma de decisiones de demandantes y ofertantes en el mercado de bienes y servicios? Quiero ver un modelo microanalítico del comportamiento del consumidor del mercado del deseo. No se trata sino de un constructo absurdo cuyo único objetivo es la manipulación emocional de quienes no están dispuestos a “hacer negocios” (mantener relaciones sexuales) con gente que no le atrae.

¿Qué solución es posible, regular el mercado del deseo? En Return of Kings, una colección de panfletos misóginos curada por el “pick-up artist” Roosh (Daryush Valizadeh), un tal Thomas Hobbes plantea lo siguiente, bajo el título “La Desregulación del Mercado del Deseo”:

“…La realidad ya no puede ser ignorada, la desregulación del mercado sexual ha dejado desposeídos a millones de hombres jóvenes a lo largo del mundo occidental. Los Elliot Rodgers están, meramente, entre los ejemplos más extremos…”

Elliot Rodger, por cierto, terminó su vida el veintidós de marzo de 2014, a los veintidós años, tras perpetuar una masacre a modo de venganza contra las mujeres que lo habían ignorado, y los hombres beneficiarios de su afecto.

Esta retórica del sexo como un mercado tiende a involucrar la idea del deseo como un tipo de poder (idea que considero válida), así como voluntades de redistribución de ese poder.

Esto me recuerda a cierta pieza de propaganda de activismo gordo, que encontré hace un tiempo:

¿Es “gordofóbico” no desear acostarse con gente que padece (o disfruta, o vive empoderada con) sobrepeso? ¿Es transfóbico no querer acostarse con una persona trans?

Para comenzar, ¿Es transfóbico no querer acostarse con una persona trans?

Depende. Para comenzar, creo que la discusión está enmarcada de una manera incorrecta. Es contraproducente poner en juego si una persona en cuestión es transfóbica por cómo maneja su sexualidad. Se siente raro, si hay contextos en los que uno tiene derecho a cualquier clase de discriminación, es en los contextos sexuales. Yo no me he acostado con ciertas gentes porque tenían pésima ortografía, porque vivían lejos, porque su cabello era ridículo, porque se vestían de manera estrafalaria, porque eran políticamente irresponsables, y por todas las anteriores. Cualquier excusa es válida. Uno debe establecer sus límites seria y claramente, porque, de no hacerlo, se lo cogerán, es así de sencillo.

Por otra parte, alguien podría negarse a mantener relaciones sexuales con una persona trans por una miríada de razones, siendo su transexualidad sólo una de ellas. Si alguien se niega a acostarse con una mujer trans porque tiene pene y el individuo en cuestión prefiere las vaginas, está en su derecho de hacerlo. Si alguien se niega a acostarse con una persona trans post-operatoria porque le da asquito lo que solía estar allí — ¿Sucede eso, en absoluto? Supongamos que lo hace: el individuo en cuestión es, a mi parecer, demasiado quisquilloso y, quizás, transfóbico. Si considera que la mujer trans en cuestión “es un hombre disfrazado” o “nunca llegará a ser mujer”, eso es transfobia. Negar la identidad de una persona trans, humillarla, o negarle derechos por ser trans es transfóbico. El acceso carnal no es un derecho. Si alguien dice no sentirse atraído hacia personas trans del género al que se siente atraído habitualmente, a mi parecer, eso es algo sobre lo que reflexionar. No propongo la reflexión en un sentido pasivo-agresivo y sutilmente punitorio sólo lo hago porque, en muchas ocasiones, cuando alguien piensa en una persona trans, no sabe muy bien sobre qué está hablando, cómo podría verse su cuerpo, o cómo podrían verse sus genitales.

Ahora sí: ¿Es gordofóbico no querer acostarse con una persona gorda, porque es gorda? A mi parecer, no.

La ONG The Body is not an apology (El cuerpo no es un pedido de disculpas), define el “estigma de peso” como:

“…actitudes negativas y comportamientos hacia la gente gorda; actitudes y comportamientos que significan que la gente gorda no sea capaz de participar en la sociedad de la misma manera que la gente más delgada. Es teóricamente similar a la estigmatización por género (…) excepto que está sucediéndole a la gente gorda…”

Una vez más: El acceso carnal no es un derecho. ¿Sería constructiva la difusión de visiones del eroticismo que incluyeran a la gente gorda? Sí, por supuesto. ¿Existe una noción del gordo como ser asexuado y de presencia inherentemente jocosa? Sí, lo hace. ¿Deben, individuos, intentar solucionar esto forzándose a mantener relaciones sexuales con quienes no les atraen?

2.a. “Masculinidad tóxica”

A menudo, activistas (y, vale la pena aclarar, pocos activistas son científicos) refieren a la “masculinidad tóxica”, un concepto derivado de aquel de “masculinidad hegemónica”.

La “masculindad tóxica” es definida como una adhesión intensa e inflexible a ciertas expectativas de género, que repercute entre otras cosas, como un deseo del varón de mostrarse siempre dominante, una restricción del rango emocional a expresiones de ira, y una tendencia al pensamiento maniqueo.

Aclararé aquí: Creo que, si el concepto de “masculinidad tóxica” es uno respetable, también lo es el de “feminidad tóxica” (tendencia a la manipulación emocional y a la vicimización, reticencia a responsabilizarse por sus acciones…), que, si bien está discusión, no lo estará en esta pieza en particular.

Si bien muchas mujeres exhiben comportamientos que pertenecen al cluster de lo que se denomina “masculinidad tóxica”, y hombres exhiben comportamientos a los que podría asignárseles el incipiente concepto de “feminidad tóxica”, estos términos rotulan comportamientos que son degeneraciones nocivas de las expectativas de género.

No se trata sobre juicios de valor sobre los comportamientos de individuos, una mujer que es físicamente abusiva y emocionalmente distante tiene peligrosas fallas de carácter tan severas como las de un hombre que comparte estas características, pero el comportamiento de este hombre hipotético podría procesarse como, parcialmente, una consecuencia de expectativas sociales. El hombre puede haber sido influenciado por presiones sociales de las que la mujer abusiva fue libre.

Los mandatos de inmutabilidad, dominación y agresividad fueron usados durante la historia como pilares del discurso de adoctrinamiento de la máquina de picar carne que es la guerra. [Más sobre derechos de los hombres y el discurso bélico, aquí].Una masculinidad hiperbólica no sólo daña a quien la ejerce, deformando su emotividad y forzándolo a comportamientos autolesivos, sino que también puede poner en riesgo a quienes lo rodean.

El problema de la masculinidad tóxica no es una falencia de los hombres, y no creo que sea rampante. Es un problema de salud mental que se retroalimenta.

“Los hombres no lloran, hablar de tus sentimientos es algo que las mujeres hacen”, por lo que pedir ayuda es humillante. Entonces, quienes tienen tendencias a la agresividad y un débil control de sus impulsos tienen impedido pedir ayuda, por el mismo discurso que venera esa agresividad y ese temperamento corto.

Si parte de lo que hace a un hombre un gran hombre es mantener relaciones sexuales con muchas mujeres, los hombres gays arribamos a la línea de partida rengueando. No podemos ganar. Esta idea de que somos peores hombres, o, mejor dicho, “menos hombres” que los heterosexuales puede llevar a una sobrecompensación. Esta sobrecompensación puede tener como consecuencia el desprecio hacia hombres femeninos. No es una posición poco común, aquella de que la homosexualidad no es problemática siempre y cuando no sea notoria. Esta es una concepción con la que las lesbianas deben lidiar tambien. No es raro escuchar que los hombres gays femeninos “nos hacen quedar mal a todos”.

Luego de pensar al respecto frente a usted, no puedo sino concluír que el planteo agresivo de estas preferencias no es sino una consecuencia de la homofobia. Nuestra sexualidad se nos brinda con una burbuja de veneno. Toda una esfera de nuestras vidas está contaminada por un estrés que le es preexistente y que será el ruido ambiente del ejercicio de nuestra sexualidad.

La mejor manera de luchar contra aquello a lo que se refiere como “femmefobia”, y contra la gordofobia, es luchar contra la homofobia, no antagonizar con otros maricones que padecen mecanismos adaptativos más torpes.