Castillo de Naipes

En el pináculo de su carrera evangelística, lo ví elevarse entre las multitudes desperdigando con gracia su mensaje. Tan divertido como penetrante, Pereira abrió congregaciones en todo el país, recibió jefes de estado en su despacho y terminó construyendo el templo más grande del continente.

A pesar de su fama, no dudaba en quedarse más tiempo después de los servicios ofrendando una última oración por los fieles que se apiñaban a su espera. Con esa sonrisa calcada posaba en una foto tras otra, todos querían un pedazo suyo, tocar su manto, llevarse la bendición.

Hijo pródigo, testimonio de vida, hombre de familia, frases que se usan en el entorno para construir una reputación que pende siempre de un hilo. Una revelación y el castillo de naipes se derrumba.

Pasaron años. Nunca dije nada. Mi trabajo era recibir el dinero y pasarselo a la señora para mantenerla callada. No voy a negarlo, sentía cierto poder en guardar el secreto. Miraba las masas por televisión y disfrutaba ese instante casi orgásmico en que me tildaban de incrédulo, sarcástico, hombre de poca fé.

¿Hacía falta contarle a todos lo que hizo el Pastor? Fuí el caballero que él no supo ser. Les dejé disfrutar su fantasía. Yo el cielo ya lo heredé, cada noche en mi repisa.

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