SÍMBOLOS

El inquietante símbolo del riesgo biológico

La historia de un pictograma que salva vidas

Iván Leal
Apr 20 · 6 min read
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En los años 60, Charles Baldwin, un ingeniero de la compañía química americana Dow, venía desarrollando sistemas contenedores de material biológico para el National Cancer Institute, perteneciente a National Institutes of Health (NIH, una red de instituciones orientadas a la investigación médica). En 1966, en sus visitas a los distintos laboratorios, Baldwin se dio cuenta de la multitud de símbolos que éstos empleaban para identificar zonas, materiales o deshechos con riesgo biológico: cada cual había desarrollado y empleaba su propia simbología. Y es que por aquella época no había estandarización en torno a esto; durante años, distintos organismos habían usado sus propias representaciones gráficas.

Pero, ¿qué importancia tiene que no haya un símbolo compartido?

Bueno, no solo es importante: es vital.

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El contexto

Durante años, los laboratorios de microbiología dedicados a la investigación de enfermedades infecciosas asumieron los contagios accidentales de su personal como algo inevitable, como gajes del oficio. Poco a poco, algunos estudios demostraron que hombre, algo se podía hacer para evitar esos accidentes: se impulsó la mejora del equipamiento de seguridad pero, sobre todo, se puso énfasis en el diseño de sistemas y protocolos, concebidos a modo de barreras de contención que ayudan a gestionar el riesgo.

Un requisito clave para hacer efectivos esos sistemas de contención es tener localizados los agentes infecciosos en todo momento; saber perfectamente qué equipamiento, material, habitaciones o conductos de ventilación están contaminados y suponen un peligro de infección. Un riesgo que no se ve, no huele, no tiene sabor y no es audible necesita un símbolo para adquirir la entidad que necesita, y la falta de consistencia al representar gráficamente el riesgo biológico estaba incrementando la confusión, el peligro de exposición y los contagios accidentales.

Sin un símbolo gráfico universal adecuado que sea reconocible por cualquier persona, en cualquier momento y en cualquier lugar, las personas corren el riesgo de no identificar escenarios y objetos biológicamente peligrosos.

Seguro que conoces el pictograma de peligro radiactivo, o el de láser (si eres de la época de los lectores compactos de CDs, habrás visto una pegatina amarilla con una línea horizontal a modo de rayo). Bien, estos símbolos universales ya existían en la época de la que hablamos pero, sorprendentemente, hasta entonces nadie había diseñado uno para el peligro biológico.

El enfoque

Viendo este panorama, ingenieros y diseñadores de Dow se pusieron manos a la obra. El símbolo que ves a día de hoy no nació a la primera, fueron necesarias más de 40 pruebas; para no empezar a diseñar propuestas sin ton ni son, comenzaron por definir los criterios que debería cumplir:

  1. Llamativo, para captar inmediatamente la atención;

2. Único y no ambiguo para evitar ser confundido con otros símbolos con un propósito distinto;

3. Memorable y fácilmente reconocible;

4. Diseñable con facilidad;

5. Simétrico, para ser identificable desde cualquier ángulo que se viera;

6. Válido para distintos contextos culturales y étnicos.

Creo que es lo mínimo que se le puede pedir a un símbolo de este calibre, pero hay un factor más a tener en cuenta, el más importante en mi opinión: el significado (o más bien, su falta de). En palabras del señor Baldwin:

We wanted something that was memorable but meaningless, so we could educate people as to what it means.

El estudio

Desarrollaron múltiples propuestas y, para determinar la ganadora, llevaron a cabo un estudio nacional dividido en dos partes: en la primera parte (meaningfulness score) 300 personas de 25 ciudades debían identificar o adivinar el significado de 24 símbolos, seis diseñados para el proyecto y 18 símbolos comunes, algunos tan notorios como la Cruz Roja, la estrella de Texaco o la esvástica.

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Una semana más tarde, se analiza la memorabilidad (memorability score): las mismas 300 personas deben indicar qué símbolos recuerdan haber visto en la primera parte del estudio, de entre un conjunto de 60 elementos (los 24 iniciales y 36 más).

El símbolo que actualmente conocemos fue el ganador en ambas puntuaciones: fue el más fácil de recordar (memorability score más alto) y el más difícil de vincular a un significado concreto (meaningfulness score más bajo). Esto último es especialmente importante para no ser confundido o asociado con otro significado que no sea indicar un peligro biológico.

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El símbolo

El símbolo elegido cumple perfectamente los requisitos impuestos al inicio del proyecto.

Forma

Usa como base una forma de trébol denominada trefoil, un diseño de tres anillos superpuestos que la humanidad ha empleado desde hace siglos (curiosamente otros símbolos, como el de radiación o el de reciclaje, adoptan esta misma estructura). Sus tres lados idénticos y simétricos hacen que ningún lado sea correcto ni incorrecto, por lo que es reconocible sea cual sea el ángulo en que esté orientado (muy útil ya que se usa en infinidad de formatos: carteles, contenedores, ropa…).

Estructuralmente parece sofisticado pero, como puedes ver en el diagrama (ésta es la composición original), su diseño a base de círculos lo convierte en algo simple de construir:

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Color

Para que sea bien visible en prácticamente cualquier circunstancia, el color seleccionado fue el denominado safety orange o blaze orange, un naranja muy intenso que se usa en expediciones polares. En Estados Unidos también se aplica en señalización de obras, y es el color oficial usado para evitar que los cazadores se peguen tiros entre sí por error.

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La difusión

Pero el trabajo no terminó con la elección del símbolo definitivo: todavía era un cascarón gráfico sin un significado propio. Para dárselo, definieron una serie de indicaciones sobre cómo y cuándo usarlo, apuntando a que

“el símbolo debe ser empleado para indicar la real o potencial presencia de riesgo biológico e identificar equipamiento, contenedores, salas, materiales, animales experimentales, o combinaciones que contengan o estén contaminados con agentes infecciosos.”

Y definiendo la expresión “riesgo biológico” (Biological hazard o biohazard) como

“aquellos agentes infecciosos que presentan un riesgo o potencial riesgo para la salud humana, directamente en forma de infección, o indirectamente mediante la alteración del entorno humano.”

Con estas pautas y su posterior testeo durante seis meses en distintos contextos como el NIH o los laboratorios biológicos del ejército estadounidense, publicaron los resultados en Science para presentarlos a la comunidad científica en 1967. Adoptado por importantes organismos como los Centers for Disease Control (CDC), no tardó en convertirse en el símbolo estándar y universal del peligro biológico que todos conocemos.

Desde entonces, ha asimilado y extendido su nefasto significado, integrándose en la cultura popular (a veces hasta banalizándose su uso). En cualquier caso, décadas después sigue cumpliendo su función: indicar dónde está el riesgo para poder proteger millones de vidas.

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