Estrategia: menos es más

¿Qué tan detallada debe de ser la estrategia para que sea valiosa?

A partir de un cierto nivel de detalle (no mucho), el valor decrece.

Probablemente una de las lecciones más valiosas del movimiento Agile, que se originó en el desarrollo de software, es el reconocimiento de una verdad cada vez más evidente: el entorno cambia tan rápidamente que si se define, diseña, programa, prueba, y libera de forma secuencial una solución a un problema, lo más probable es que cuando dicha solución esté en manos de la gente ya sea caduca.

Me parece que lo mismo aplica para el trabajo estratégico. Si se dedica demasiado tiempo a definir la estrategia es muy probable que para cuando se ponga en práctica ya no sea la más adecuada.

En muchas ocasiones, la razón por la que definir una estrategia lleva mucho tiempo es porque existe la expectativa de que tenga un nivel de detalle significativo, no solo en la parte de análisis y diagnóstico (lo que no está mal mientras no lleve al analysis paralysis), sino en la parte que describe el cómo.

“Los objetivos son el qué y la estrategia es el cómo”, decimos. El cómo tiende a pensarse como un plan. Dado que es un plan, mientras menos ambigüedades, mejor, ¿no?

No. Veamos la definición en Wikipedia:

Estrategia es un plan de alto nivel para lograr uno o más objetivos bajo condiciones de incertidumbre.

Me gusta esta definición; es precisa y eficiente. Cada palabra arroja luz sobre el asunto.

Es un plan, pero de alto nivel; es decir, no se ocupa de definir una secuencia de pasos, sino de establecer un marco (framework) que permita tomar decisiones en un entorno cambiante para lograr los objetivos.

¿Por qué caemos en la tentación de detallar de más la estrategia? Yo creo que básicamente por dos razones: ingenuidad e inseguridad.

Ingenuidad porque supone que el comportamiento del sistema dinámico en el que nuestro problema vive es pronosticable, así que se puede establecer que vamos a hacer acciones que tendrán ciertos resultados que a su vez nos permitirán hacer otras acciones.

Esto rara vez sucede. Es como si uno pensara, por poner un ejemplo simple, que nuestro oponente en un juego de gato nos dejara tirar donde queramos.

“Si O tira en el centro, ya gané”, piensa X.

Inseguridad porque probablemente los autores de la estrategia (o los que la aprueban) asocien la falta de detalle con falta de pensamiento, aunque esto en realidad se evidencia más con la presencia de obviedades, detalladas o no.

Pero el punto es que muchas veces se elaboran estrategias con mucho más detalle del que deberían, y el problema de esto no es solo que es una mala inversión de tiempo, sino que va en detrimento del valor de la estrategia misma.

Una estrategia sobre-detallada tiene dos problemas: es poco flexible, con lo cual cuando el entorno cambia se tiene que desechar y hacer una nueva; y, quizás más importante, no nos da herramientas para actuar ante las inevitables situaciones inesperadas, por falta de abstracción.

Determinar cuál es el nivel adecuado de abstracción no es trivial, pero hay un ejercicio que puede ayudar: someter la estrategia a un par de escenarios disparatados. Si en alguno de ellos no sabríamos cómo actuar guiados por la estrategia, es probable entonces que se parezca más a una receta que a un framework, y que por lo tanto sea menos valiosa.

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