La selfie como confesión. Apuntes sobre la curiosidad visceral

Cada día diseñas tus representaciones. Me pregunté qué dicen las representaciones de las personas que buscan pareja por Internet acerca de sí mismas en términos culturales, y de qué valores y deseos nos hablan.

Retoque con Photoshop. Fuente: Photoshop Fantasy

Supongo que ya lo sabías. Mientras encuadras tu rostro, sonríes levantando la comisura derecha, ladeas la cabeza y angulas el celular para que aparezca la vistosa cortina de tu baño, dejando fuera de la escena el inodoro, estás tomando una serie de decisiones estratégicas para presentar a los demás la mejor versión de ti misma/o.

Cada día diseñas tus representaciones. Cuando eliges la indumentaria que usarás, te cortas el cabello, te maquillas y/o rasuras. Incluso mientras duermes, tu inconsciente aplica los lineamientos que has practicado durante la vida diurna para producir versiones y visiones de tu persona con las que dialogas interiormente.

Este fenómeno de gran complejidad tiene muchas entradas y salidas posibles. Por mi parte, decidí hacer de éste mi motivo de estudio durante una década. Me pregunté qué dicen las representaciones de las personas que buscan pareja por Internet acerca de sí mismas en términos culturales, de qué valores y deseos nos hablan. En otras palabras, realicé una exploración de la consciencia colectiva con base en las fotografías y las palabras de las personas que buscan conocerse por Internet. Aunque me centré en plataformas anidadas en la web, los hallazgos son aplicables a servicios que se acceden en el celular y funcionan mediante geolocalización como Bumble, Grindr, 3nder, entre otros.

Cuando publicas tu perfil en una de estas aplicaciones, pones en juego una serie de pautas de comunicación adquiridas durante tu socialización primaria (cuando siendo apenas un bebé tus papás te enseñaron a sonreír y quedarte quieto/a, mirando fijamente hacia la cámara), mismas que utilizas para descifrar los perfiles de otras personas, sistematizando decenas, quizás cientos de atributos sutiles que al combinarse resultan en una idea acerca del Otro como individuo susceptible o no de tu atención y tu contacto.

Todo viaje de investigación comienza por una curiosidad que se experimenta en la panza. Es una pregunta ineludible que te roba el sueño y tamiza tus observaciones y conversaciones informales. Yo no sólo quería, sino que necesitaba saber qué se esconde detrás de los retratos y las palabras de la gente que busca a otra gente mediante un servicio de vinculación en línea (una celestina virtual, por llamarla de algún modo). No era relevante el éxito o el fracaso de la búsqueda de estos usuarios, sino el secreto oculto en las sonrisas, las miradas, las expresiones del deseo.

Me embarqué en esa pesquisa y muchas cosas sucedieron a lo largo de los años. En una etapa preliminar entrevisté a algunos usuarios, así corroboré que muchas decisiones de diseño se toman de manera consciente. De esta fase experimental surgió el libro de ficciones breves titulado Pobre amor heterosexual.[2]

Después realicé un estado del arte sobre los sitios de citas por Internet, lo cual me permitió entender que mi curiosidad no tenía nada de original y que muchos otros estudiosos alrededor del mundo estaban preguntándose lo mismo que yo, diseñando caminos muy ingeniosos para hacer sus averiguaciones. Finalmente encontré la manera de adaptar un mecanismo de análisis adecuado (espero que ingenioso también), inspirado en el cruce entre la semiótica (la ciencia de los signos) y la antropología (la ciencia del Otro); una especie de alambique monumental que después de meses y años de trabajo arrojó unas gotas preciosas de información hiper-condensada acerca del comportamiento colectivo en un tiempo y espacio específicos.

Ese modelo analítico se convirtió en un software que hoy se encuentra en etapa beta. Se llama KAPA y es un sistema para analizar de forma sencilla los datos multimedia que recabé durante la indagación, mismos que mantengo en reserva porque pertenecen a sus dueños, es decir a las personas que por una razón u otra decidieron romper las reglas del cortejo para abrir sus cartas, asumiendo de manera abierta los anhelos de su corazón.

Si les da curiosidad esto que les he contado, encontrarán los parámetros y resultados de este estudio en el libro “Busco pareja, ¿es demasiado pedir?” Un análisis sobre las representaciones de Internet (Editorial Bonobos, 2017).[3] También publiqué un adelanto de este trabajo en dos entregas de la revista 404 del Centro de cultura digital, disponibles aquí y un artículo acerca de cómo diseñamos el modelo de análisis en la revista Entretejidos del Instituto de Investigación en Comunicación y Cultural.

Pero, ¿cómo se relaciona todo este periplo con la innovación? ¿Qué lecciones útiles puedo compartirles después de años dedicados a resolver esta curiosidad visceral? ¿Cómo puedes aplicar este saber al ejercicio profesional y a los negocios? A continuación comparto algunas reflexiones que espero les resulten útiles.

1. Haz de tu curiosidad una profesión. Es posible que la curiosidad haya matado al gato, pero tú no eres un gato (y si lo eres, ¡miau! eres un prodigio). Tengo un conocido que es académico de tiempo completo, especialista en erotismo y pornografía: es el epítome de cómo una gran curiosidad puede tornarse en un trabajo y por consiguiente en una fuente de ingresos, alegría y placer. Así que dale cuerda a tus afanes por aprender y averiguar cosas nuevas que puedas monetizar sin que te maten.

2. Transforma el error en una oportunidad. En “Busco pareja…” dedico un apartado entero al tema del error, a las metidas de pata que cometí durante el estudio y a cómo se convirtieron en empujones providenciales que me impulsaron hacia el hallazgo. Hacer del error una oportunidad es un cliché, pero lo es por buenas razones. Vivimos en una cultura que nos vuelve fóbicos a las equivocaciones; cuando los políticos se tropiezan al leer los rostizamos con memes, en Internet se publican compendios enteros de personas cayéndose de nalgas, cuando cometemos una equivocación garrafal en el trabajo sabemos que eso puede ser motivo de despido, sólo por mencionar algunos casos que seguro te resonarán.

G.S. Altshuller, fundador de la Teoría de la Resolución de los Problemas de Inventiva (TRIZ por sus siglas en ruso), calculó que para lograr una creación de carácter paradigmático es preciso estar dispuesto a equivocarse al menos un millón de veces, así que afloja el cuerpo. Cierto es que no todas tus estupideces te conducirán al éxito y la epifanía, pero quizás alguno de tus errores enmascara un descubrimiento que conviene analizar con más detalle.

3. La innovación opera como un lenguaje. Es muy común que las personas hablen de la innovación como un fin en sí mismo que conlleva un bienestar indiscutible. Sin embargo, la innovación opera más bien como un lenguaje. Es de carácter colectivo (no se puede innovar en solitario, aun cuando el hallazgo tenga un autor único éste precisa de otros para idear, comunicar e implementar), no necesariamente atiende a fines constructivos (podemos construir un arma de última tecnología para vaporizar al enemigo) ni surge como resultado de un pase mágico. El lenguaje no es bueno ni malo y no es un fin en sí mismo: es un medio para comunicarnos, humanizarnos y concretar cosas.

En mi camino para producir conocimiento nuevo −espero que también innovador− dialogué con muchos expertos, me enfrasqué en sesudas reflexiones con profesionales de diversas disciplinas, leí a colegas que comparten conmigo temas de interés, les escribí para manifestar mi adhesión o distancia de sus ideas, entre muchas otras actividades que fueron posibles gracias al lenguaje. De hecho, una investigación es una manifestación del lenguaje y sólo es posible mediante éste, lo mismo ocurre con la innovación. Aunque tu idea sea extraordinaria y debas protegerla como propiedad intelectual o industrial, es preciso dialogar con otros para transformarla en una mejora significativa en términos de productos, servicios, estructura organizacional o forma de comercialización (siguiendo la definición de innovación del Manual de Oslo).

4. No es posible innovar sin investigar. Mis estudiantes suelen pensar que la investigación es una actividad aburrida, que requiere muchas horas de dedicación pero poco ingenio. Lo cierto es que la investigación (es decir, el sistema que nos permite resolver las curiosidades viscerales) es tan aburrida o entretenida como quieras hacerla. La puedes convertir en un moodboard, un artículo, un libro, una pieza de arte, una patente, un taller o cualquier otra cristalización que se te antoje para darle sentido. Quienes piensan que para innovar hay que ser muy chispa y que ser chispa te evita arrastrar el lápiz, se equivocan rotundamente. Una revisión superficial de la base de patentes de la WIPO te servirá para ilustrar el hecho de que el conocimiento es relacional y generativo: el saber trae consigo más saber y no es posible resolver problemas significativos sin un poco de investigación preliminar. Si quieres innovar en materia de relojes, no estaría de más explorar las más de 160,000 patentes existentes en relación a este objeto en apariencia tan simple.


Coordinadora de investigación en CENTRO. Mail: cirilathompson@gmail.com. TW @cirila_thompson

[2] Podrás encontrarlo como epub en Amazon y Gandhi y como libro impreso conmigo. Escríbeme si te interesa tener un ejemplar.

[3] Escríbeme para informarte en qué librería cerca de ti se encuentra disponible.