Salvando el alma del internet

Hay un truco básico para ganar popularidad rápidamente en internet: provocar controversia. Es prácticamente infalible: se toman posiciones extremas, y tanto la gente que piensa que eres un imbécil, como la que piensa que eres uno de los últimos valientes que dice las cosas como son, se encarga de propagar tus puntos de vista en Facebook, Youtube, Twitter, y hasta en redes como LinkedIn.

La razón por la que esto funciona es porque nuestra naturaleza en internet casi no tolera ambigüedades —los grises nos incomodan, lo blanco o lo negro es preferible. No es que nos transformemos en otras personas al estar en internet (no necesariamente, pues). Es simplemente que muy poca gente tiene motivaciones o incentivos para expresar opiniones en las que se está un poco de acuerdo o un poco en desacuerdo con algo.

Hace tiempo, por ejemplo, leí una entrevista con Jeff Bezos en la que decía que la gran mayoría de las reseñas en Amazon eran de cinco estrellas o de una. Muy pocas de cuatro, tres, dos. Su explicación era que, cuando alguien tiene una experiencia con un producto o servicio, la única razón para tomarse la molestia de entrar a hacer una reseña era porque le encantó, o porque lo odió. Tiene sentido.

De esta forma, el contenido en redes sociales y otros espacios digitales tiende a ser polarizador. Y los que explotan este fenómeno pueden llegar a tener enormes audiencias y también enormes beneficios económicos.

Creo que todos podemos estar de acuerdo en que no debería de ser así; es por esto que en México tenemos a personas como “Callo de Hacha”, por dar solo un ejemplo, que tienen un megáfono de oro que tanto admiradores como detractores contribuimos a forjar.

Increíblemente, estas personas básicamente nos secuestraron el internet, están contribuyendo a la ruptura del tejido social, y además se están forrando de dinero en el proceso.


La solución a este problema está precisamente en el dinero. La razón fundamental por la que este fenómeno existe es porque se puede vivir de ello.

¿Cómo se vive de ello? Gracias a la publicidad, por supuesto.

Las marcas han financiado a estas personas. Probablemente sin saberlo, probablemente echándole la culpa a sus agencias de medios, o a los agregadores de audiencias. Probablemente haciendo como que no saben.

El punto es que son responsables —y tienen que actuar como tales.

En Estados Unidos, la presión ejercida por la sociedad civil (léase consumidores) ha hecho que muchas marcas retiren la publicidad de medios que promueven discursos de odio, o que propagan fake news, o ambas cosas.

Hay organizaciones que han sido instrumentales en esto, como Sleeping Giants. Lograron concientizar a muchas marcas sobre la importancia de no financiar a medios como Breitbart a través de publicidad.

Gracias a esto, ahora las marcas ya están mucho más atentas a estos asuntos y a veces actúan antes de que se les empiece a exigir públicamente que lo hagan, como por ejemplo en el caso reciente de Laura Ingraham.


Combatir este problema no es algo que sea fácil para, digamos, Facebook o Google. Es contrario a su ADN. Pero las marcas pueden hacerlo.

Como usuarios/consumidores, ¿alguna vez nos imaginamos que podrían ser la salvación del internet, aunque fuera a regañadientes?

Marcas: este es el momento de brillar.

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