Anatomía de un amargado
Poco antes de irse de mi bar, El Amargado dijo: “Fran y yo nos llevamos bien”. Incorrecto. La oración más precisa hubiese sido negativa: “Fran y yo no nos llevamos mal”. Eso sí. Mejor.
Escribo de El Amargado porque, en mi sesgada opinión, representa a un tipo de hombre muy común en estas tierras que piso de la Sierra Sur jiennense: infeliz, cabreado, de espíritu pobre. Le llamo yo El Armargado no por obviar su nombre de pila, sino porque si el nombre es la identidad de la persona, la del hombre que protagoniza este relato es la amargura, la existencia sufrida, insatisfecha.
¿Qué sé de El Amargado? Lo primero que hay que decir es que no tiene pelo. Pudiera ser éste un asunto trivial; en absoluto, un varón sin cabello ya ha vivido una derrota. No descarto que la “malafollá”, ese humor casposo, de El Amargado naciese en plena decadencia capilar, como si por cada mechón al suelo brotase un rebuzno a modo de contraataque. Sólo es una teoría.
Cuando habla de política subyace en él un odio comprensible a quienes cobran la prestación del desempleo sin necesitarla. Yo ahí coincido de pleno con El Amargado hasta tal punto que en un momento de euforia parecemos un tándem perfecto para asaltar el Palacio de San Temo y vaciarlo de socialistas. Me temo, ya cuando lo analizo en calma, que mis ideas libertarias no casan con las suyas, eminentemente conservadoras.
-Votar al PP en Andalucía no es cambiar -le dije un día.
-¡No! ¡No! ¡No me malinterpretes! -rebuznó él, la cabeza echando humo.
-Sólo digo que noto cierta mejoría económica en mi trabajo. Yo votaré a quien quiera -cerró, con sentido caciquil del diálogo.
Bueno, es de derechas. No pasa nada. Lo preocupante es que le cueste reconocérselo a sí mismo. Tampoco es tan malo; hay gente que ve Canal Sur.
Una de sus preocupaciones, tal vez la que más le duele, es que a sus cincuentaitantos años no tiene “un gran patrimonio”. El dinero.
-El otro día me enteré de que uno se ha comprado una finca. Mira, se me subió una cosa por aquí -me contó, señalándose desde el torso hacia arriba, en evidente gesto de asco.
Yo, con la timidez del que sabe que al otro lado no hay un escuchante, sino un charlatán, le argumenté que las adquisiciones que emanan del esfuerzo honrado, del sacrificio diario, me parecen más que legítimas. A mí no me molesta que haya personas con chalés, con fincas, con coches grandes. Creo que incordian más las personas que las fincas.
Si uno hiciese caso de los testimonios de otros vecinos, El Amargado, que refunfuña entre güisqui y güisqui, quedaría retratado como hombre de escasa producción propia: no son pocos los que aseguran que su casa es una bendita herencia de su suegro. Y, como su vivienda, su empleo.
Me confesó una tarde este hombre, al que la felicidad le es esquiva, que su clientela le debe cerca de un millón de las antiguas pesetas. A mí me tranquilizó el dato: ahora ya sé por qué racanea con tanto descaro. Parece que con cada céntimo que no me paga su conciencia descansa más a gusto. “Ya me deben menos, ya me deben menos”, debe de musitar por las noches cuando llega a la cama, junto a su esposa.
Y el amor. El amor es un territorio tan particular de cada pareja que el teclado ahora me tiembla. Cuando veo a ese tipo con su mujer percibo que ella habla en tono muy bajo, como reprimida.
No quiera ser yo la mujer de El Amargado. Aunque si lo fuera tendría material de sobra para continuar este relato, e indagar a fondo en las maneras de ser un amargado.